Monday, January 6, 2014




-Intermitencia-

 

        Cruza la calle embozado en su sueño. Palpitan sus nervios en la voz de su sexo de paloma silenciosa. Apura el instante en disimulos de adioses y recatos que ocultan sus cartas de amor apolillado del invierno. Es octubre y todos los ojos esperan la caída de las hojas ocres de otoño mientras un triste pintor de acuarelas dobla sus emociones en un pañuelo blanco planchado e impoluto; allí vierte la mezcla de colores, olores, ata el lienzo a una nube, la rodea con su aliento y piensa intermitente en su musa lejana.

        El semáforo guiña las horas advirtiéndole del peligro del vértigo, dibujando en su mente la magia en el mercado, ella salta los charcos, de alegría en alegría, salpica sus piernas moteadas, cantarina de besos va como loca, esa niña vestida con paraguas de volantes. Fátima envuelta en un vaho de cigarrillo, oscuridad penumbra fuera del harén con el príncipe de los sueños, sus ojos taladros arengan a un ejército de esclavos, activando la tinta y la piel.

        Suena el teléfono. Es ella. Dice pronuncia calla... ella se aparta aspira las letras de una bocanada en espera... dice pronuncia y calla otra vez... El acordeonista ciego del puente toca La Vie en Rose y él se deja llevar al escucharla, su presencia se materializa en un instante, la toma del brazo suavemente, la acerca a través del satélite hasta el parque y sienten su pulso pegados pecho a pecho, susurro a susurro. Bailan y un tul de encaje magenta cae despacio sobre la ciudad de las ausencias. La música cambia el tiempo en llanura y todo se hace más suave, sencillo, dúctil. Es la hora de besar.

        Desde la costa, ella agita un pañuelo arco iris para él, orfebre navegante que llega de tan lejos. Entran en la pobreza aparente de la gruta, un espacio para amarse en la oscuridad, en medio de un aleteo desorden de peces e imágenes, buques entrando y saliendo de sus almas. Él adorna su cuello con collares de piedras del mar, ella coloca su vestido transparente sobre su desnudez y sale a su encuentro. En la cueva de la verdad enmudecen y ríen por los aires sin hacer caso de la tentación de las riquezas.

        Ondea la bandera del amor en el mirador de la esperanza, expuesta queda su colección de cerámicas, las telas al viento, la tierra amasada con las manos que estiran ese canto de hembra, espejo de sus genes. Entra una luz especial en el templo callejero aunque la gente pasa delante del altar sin pena ni gloria. Observa las pinturas sin atender el sufrimiento del óleo, sin percatarse de la quebradura del trazo... Una multitud de transeúntes frivoliza sobre la importancia del color curioseando las láminas, en la más absoluta distracción de la profundidad.

        ¿Cuánta verdad necesitan entonces? ¿Cuántos administradores del miedo? Ninguno se atreve a cometer un desacato al tribunal gris y anodino de los días... Nadie es capaz de oír el crujido, el enigma vegetal que se consume en el caballete del artista, el estrépito de pasiones que arde en pleno atardecer.


Relato de Teresa Iturriaga Osa

 
***

 
Ilustración de José Félix Sáenz-Marrero Fernández



3 comments:

  1. Es una preciosidad de conjunción. Gracias por hacerme sentir partícipe d tu creación . Bs.

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    2. "Los libros de poemas deben tener márgenes largos y muchas páginas en blanco y suficientes claros en las páginas impresas, para que los niños puedan llenarlos de diseños -gatos, hombres, aviones, casas, chimeneas, árboles, lunas, puentes, automóviles, cachorros, caballos, bueyes, trenzas, estrellas -que pasarán también a ser parte de los poemas."

      Mario Quintana, poeta brasileño.

      Gracias por ese bello trabajo de punto y línea sobre el plano, JFSM.

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