Thursday, May 24, 2018

 

El mandala de Malick

RELATO
 
Teresa Iturriaga Osa 
 

"…Ahora se daba cuenta de que en los momentos más altos del deseo no había sabido meter la cabeza en la cresta de la ola y pasar a través del fragor fabuloso de la sangre."   (Cortázar, Rayuela, 92)

Retumbaba "Entre dos aguas" por el cielo de la Playa de las Canteras mientras Lara leía al sol, aislada del bullicio playero con sus auriculares, añorando la intensidad. Esa intensidad se llamaba Julio. Cada vez se distanciaban más. Se suponía que eran amantes, no de forma clandestina, porque no estaban casados, pero algo no acababa de encenderse… Quizá el problema estaba ahí, en que nada les estaba prohibido y esa certeza vital les restaba fuerzas para amarse. Él viajaba constantemente por el mundo disparando su cámara fotográfica como reportero de Le Monde Diplomatique y no tenía ni un minuto para respirar, su sosiego se cotizaba muy alto. Sin saldo, sin cobertura, sin domicilio fijo, sin noticias de su paradero (no habían mediado palabra en tres meses), la ausencia había construido entre ellos una extraña relación. No se veían desde octubre, cuando coincidieron en una exposición sobre África, organizada por el Museo Guggenheim Bilbao. Por eso, la voz de Julio en el móvil llenó en un instante el hueco de edredón que había dejado su silencio.

- ¡Lara, Lara! ¡Estoy en París! Acabo de llegar de Bamako, ¿te ha llegado mi carta? Te envié unas fotos de la gente en la calle, en el campo… No he parado… ¡Ha sido genial! ¿Y qué tal?, ¿qué tal tú por ahí?
- Bien, bien… acabo de cogerla del buzón y aún no la he abierto, estoy en la playa.
- ¡Niña, qué bien vives! ¡Qué envidia! Bueno, dime… ¿qué estás escribiendo?
- No he dejado de escribir como una posesa desde que llegué de Marruecos hace dos semanas. Me invitaron a un seminario sobre mujeres creativas en la Universidad de Kenitra. Ha sido un viaje muy interesante, un poco surrealista, pero único. Una tarde en Rabat, mi amiga Leila me llevó a una terraza increíble sobre el mar…
- Ya veo que aún no has aterrizado… cuéntame más…
- Se llama Le Café Maure, una pasada. Al atardecer, entramos por La Kasbah des Oudayas y bajamos por sus calles de color blanco y azul, llenas de geranios, fuentes, tinajas, mucha influencia andaluza. Descubrí una casa enfrente del café, medio dormida entre las hiedras, fuera del tiempo… me entraron unas ganas locas de comprarla…
- Bueno, eso es muy fácil, vende tu casa de la playa y múdate allí… Querer es poder.
- No lo entiendes, no es un capricho. Te he dicho mil veces que hay sitios así por todo el planeta, me da igual el nombre del santo o de la santa, el cartel religioso, el idioma o el silencio que recen en él. Existen.
- Sigues como siempre… una mística incurable.
- Bueno, allá tú… si te resistes a la evidencia… pero yo percibo cada vez más esa fuerza telúrica. Y, desde luego, no a través de la razón. Con la cabeza nunca se llega hasta el final. Y te digo más: si yo tuviera mucho dinero, con manos de zahorí, péndulo en mano, iría comprando atalayas derruidas por aquí y por allá, una en el Adriático, otra en Sicilia, otra en Estambul, otra en Mallorca… y hasta en el mismísimo Tíbet tendría una estancia especial.
- Un poco complicado lo del Tíbet, ¿no crees?
- Sería la excusa perfecta para ir y venir, hay que abrir las ventanas para ahuyentar las humedades del invierno...
- Te lo estoy diciendo de coña… no te enfades conmigo… que te veo venir…
- Sé lo que piensas de mí… que estoy loca de remate… pero yo paso de todo lo que me digas. Una vibración me lleva y me trae. Olas, olas, olas… Por eso, no invento nada cuando escribo, es que lo vivo así, así y así.
- Eso es verdad, deberías llamarte Clara, como la musa del maestro.
- Sí, claro… pero la diferencia es que nadie ha plantado un hueso de durazno en mi nombre ni se ha quedado a fotografiar ningún árbol en mi jardín…
- No me jodas… ¿Por qué siempre tiras a matar? Sabes que lo que me pides es imposible. Imposible.
- Lo sé, por eso no me llamo Clara, sino Lara. Y tampoco tú te pareces a Rulfo, ya me gustaría… Pero lo nuestro… En fin, Julio, ya no me lo tomo a mal… es lo que hay.
- No, entiéndeme, ya te lo dije la última vez… no es eso… Soy un trotamundos a la fuerza, por mi trabajo… Dime… ¿Qué quieres que haga? No… no… Oye… me estoy quedando sin batería… te llamo esta noche… Oye… Lara… … … Lara… … … 

Ella daba clase en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, su asignatura era la traducción especializada literaria. Le entusiasmaba la antropología, el estudio de las religiones, la simbología, la hermenéutica. Últimamente, se sentía atraída por el budismo, llevaba un tiempo imbuida en el ambiente esotérico de las doctrinas de los maestros orientales y todo aquello le parecía muy interesante para centrar su vida, darle un sentido o, al menos, una justificación. Semana tras semana, en la Librería Tao, muy cerca del Teatro Cuyás, Lara iba comprando sus libros como una coleccionista de extrañezas. Se estaba haciendo una budista radical, dejándose llevar por el sonido misterioso de aquellos títulos: El Camino Medio, Las Cuatro Nobles Verdades y El Noble Sendero Óctuple. El discurso iniciático le parecía (¿cómo decirlo?) alucinante, grandilocuente, acojonante. Tan altas eran las palabras que ella no comprendía nada, pero en medio de la certeza de su pérdida, vivía. 

Esa mañana en la playa, tenía el corazón encogido por la charla con Julio y estaba muy inquieta. Desde muy temprano, había colocado su toalla cerca de la orilla y leía sin mucho interés el primer sermón de Buda: El primer giro de la rueda del Dharma. Imposible concentrarse. Observó a los trabajadores de la limpieza de la playa. Recogían algas con un rastrillo. Le llegaba un fuerte olor a seba, el aire sabía a marisco, casi podía masticarse. Lara aspiró profundamente. Al rato, se percató de la presencia de un joven subsahariano que ayudaba a un operario poco ágil en la faena de agacharse. El ángel negro iba reuniendo festones de algas con la soltura de un bailarín en plena coreografía. Pasaba la gente, pasaban las olas, pasaba la vida, mientras Lara escudriñaba al extraño. Su imponente figura de ébano, su presencia serena, la armonía y el ritmo de sus movimientos, contrastaban con el vocerío de una pandilla de adolescentes malcriados que saltaban sobre las toallas de la gente, tirándose bolas de arena y escupiendo su desorden sobre la orilla. 

Lara recordó a tantos y tantos muchachos como él, los había visto en las estaciones, en los metros, en los bancos de los parques de todas las ciudades europeas, Las Palmas, Lisboa, Barcelona, Madrid, París… Los “sin papeles”, inmigrantes de las antiguas colonias hacinados en los barrios periféricos, excluidos de las élites occidentales, llorando su fantasía del paraíso blanco. Pobres y osados concursantes, los nuevos esclavos de este siglo, estafados por un sinfín de ilusionistas al bajarse del cayuco. Amores rotos a pedazos por la pobreza y la distancia en medio del carnaval de muecas de los traficantes de sueños. 

Era difícil sobrevivir a ambos lados de la orilla, pero quedarse en el país era mucho peor. Por eso, Julio había ido a Bamako, le habían encargado un reportaje sobre los niños de la calle. Según los informes de las autoridades malienses, a principios de año, había más de 5.000 mendigos buscándose la vida a la intemperie. Algunos llegaban a robar las monedas que la gente dejaba en los cementerios. Toda esa gente había ido llegando del campo a Bamako en busca de un trabajo inexistente. Otros se convertían en talibés, dejándose enredar por las palabras de un marabout, un supuesto maestro de enseñanzas coránicas que les comía el coco hasta más no poder y, luego, salían a mendigar por voluntad divina, como mandaba la tradición.

Lara se giró hacia el mar, buscando la mirada del joven agachado en la orilla para regalarle una sonrisa, agradecida por su generosidad. Pero, entonces, sintió que él le devolvía el aprecio clavándole los ojos de una forma muy intensa y ella, automáticamente, cerró el libro. La verdad es que no esperaba una respuesta tan directa… No sabía cómo reaccionar. Buscó las fotos de Julio en el bolso, estaba tan nerviosa que rompió el sobre y se puso a removerlas como una baraja de cartas. Una de ellas se le cayó fuera de la toalla. Después de limpiar el pringue de la arena, la observó. En ella podía verse a un adolescente africano, casi un niño, trabajando en un taller mecánico al aire libre, rodeado de neumáticos y maquinaria de segunda mano. Su rostro era el rostro de África, pero se distinguía del resto porque Julio había escrito su nombre al dorso: Malick.

[De repente, una bandada de golondrinas sobrevoló el cielo a una velocidad de vértigo. La llamaron a gritos por su verdadero nombre: “¡Girondelle! ¡Girondelle!”… La invitaron a que se fuera con ellas a darse una panzada de mosquitos detrás de una nube que perseguían como locas y ella, sin dudarlo, se unió al grupo para calmar su tos. Allá, desde lo alto, Lara miró al joven mariscador de seba y descargó su soledad en las palmas abiertas de sus ojos, vertió en su bandeja el moho de sus siglos de andadura. Después, bajó de la nube y se lanzó en picado hacia el mar.]

Y allí seguía Malick, encuadrado en su gran rueda como en un marco circular. Él le servía de excusa para disimular su nerviosismo, mientras el desconocido seguía taladrándola con la mirada. Ella, por su parte, hacía que leía sin entender nada de las enseñanzas del Buda. Al primer giro de la rueda, ya se había perdido por los senderos del mandala. Lara continuó observando la foto y, como las cuentas de un rosario, empezó a descifrar el laberinto mientras imaginaba a Malick limpiando las ruedas gastadas con agua y jabón. Aquella imagen fotográfica venía a rescatar su mundo sumergido en el caos. Tuvo un flash, una revelación. Las cubiertas de segunda mano, lavadas con esfuerzo, se le mostraron como sus cuerpos sucesivos. El ahora sólo se baña en el poder migratorio del ahora. Puro Karma. Un segundo de observación, dos segundos de compasión, y después, el equilibrio circular, el presente reunido, todo estaba allí, mordiéndose su propia cola.

Como en la ceremonia del té, Lara empezó a escribir en su cuaderno. Estuvo más de diez minutos en trance. Después, marcó el número de Julio y leyó de un tirón todo lo que había escrito en el papel, lo dejó registrado en su buzón de voz (sabía perfectamente que su móvil se había quedado sin batería).

- Julio… es tiempo ya de que te diga algo: que he olvidado hasta el segundo en que te pronuncié en Breton. Escúchame, ahora, cuando las velas de este barco se disponen a surcar los mares del deseo. Ya no te llevaré en mi nostalgia, porque ya no me queda nada de ella. Ya eres presente en el carcaj del tiempo. Sólo veo horizontes de sal desde mi orilla navía. El tiempo se ha convertido en una flecha donde las preguntas me sostienen en el mástil.
Enigma, mira, puedo verte en cada gota de este mar que no sé dónde… termina

[pero ahí ahí están mira cómo saltan delfines blancos alados me surcan la cara llena de espuma algas y flores de la tierra me llueven del pico de las gaviotas muchas muchas tótem sagrado de nuestro acantilado me chillan lo que estaba escrito antes del amor antes de la huida del refugio de los partos y de los sueños.]

Escucha… Sólo camina la proa hacia delante. Alimentándome de mi deseo, vivo, aunque mis budas me castiguen sin la inmortalidad. No me importa. Me río del Dios Aburrimiento. Aire. Sobre las olas, yo me levantaré ante todos ellos y caminaré sinuosa sobre sus vacíos hasta las orillas de arena negra, algún día de la eternidad. Y cuando desaparezca el olor del continente, ya sólo me quedará horizonte, ninguna línea del tiempo que quiera vengarse de mí con una carta de amor. Anda, vuela, vuela de aquí, polizón del ayer, pasajero maldito de este barco del olvido que no te llevará a ninguna parte. Estoy a gusto con mis olas de impetuoso mar brillante. Soy una sirena en este velero sin patrón ni marineros, donde mi cuerpo frota el aire y se sube al lomo de un sol que me quema esta piel enrojecida, ya pronto será traje de corsario. Mutante como soy, tendrás que perdonarme también mis soledades. Quizá llegue a algún puerto o cuerpo de musgo verde y amable acogida, buscándote. Repondré allí mis fuerzas, entre los brazos de algún joven extraño que tenga tus mismos ojos de esperanza y, cuando cabalgue los días en su piel negra, volveré a recordarte lejos del barco, a través de sus palabras disfrazadas de ternura. El aroma de la seba me seduce... huyo… y me azota con su arrogante frescura… mira… mira cómo perfuma mi costra de sal.

 
Este relato se incluye en El ojo narrativo. Ecos [2], una antología dirigida e ilustrada por Rafael Hierro. Anroart Ediciones. LPGC.




 
 
Teresa Iturriaga Osa (Palma de Mallorca, España, 1961) es Doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Reside en Las Islas Canarias desde 1985. Ha trabajado en gestión y periodismo cultural, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Ha dirigido proyectos literarios con voces de mujeres de distintas culturas. Ha publicado los libros Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Yedra en vuelo, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito (prologado por J. M. Caballero Bonald), Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas y DeLirium. Sus poemas y relatos se incluyen en varias antologías españolas: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, Ecos II, Doble o nada, Espirales Poéticas, Madrid en los Poetas Canarios, París, Mujeres en la Historia I-II-III, Casa de fieras y Pil-pil y mojo.
 

 


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