Monday, October 13, 2014

 
POESÍA
 
Teresa Iturriaga Osa
 
 
 

 
 
 
FE
 
Lo que hoy necesito y pido
son mil luciérnagas, juntas
podrían iluminar toda la oscuridad
con un quásar de juventud.
 
Manos, puentes y ramas...
una tienda entera de trenzas...
velas, ofrendas de incienso...
dibujos desplegados al viento...
 
Cualquier eco
plantado en tierra de bondad,
todo me vale en esta hora
en que se inicia la luz.
 
Cerezas de sol o estrella,
llamas de buena suerte,
estamos aquí y ahora,
como hemos estado siempre.

 
 

Sunday, September 28, 2014

Entrevista a Teresa Iturriaga





Por Teresa Dovalpage

Playa de Las Canteras, septiembre 2014.
 
 
Teresa Iturriaga Osa nació en Palma de Mallorca y desde 1985 reside en Gran Canaria. Es doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y su investigación académica se centra en la traducción de la literatura, la publicidad turística y el periodismo de viajes. Ha colaborado en seminarios y proyectos de investigación europeos de la ULPGC, el CSIC y el Instituto Cervantes. Fuera del ámbito académico, ha publicado en prensa, revistas literarias y portales digitales como “Biblioteca Digital Letras Canarias”, “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”, “Aula Intercultural”, “La Casa que Grita”, “Baúl de Aire”, “Sendebar”, “La Tapa”, “Agenda Bohemia” y “Mugak”.

Teresa Dovalpage: Eres doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. ¿De o a qué idiomas traduces?

Teresa Iturriaga: Traduzco del inglés y del francés al español, aunque confieso mi debilidad por la lengua francesa, quizá por la emoción que me produce su cadencia, me resulta muy poética. En efecto, soy doctora en Traducción e Interpretación desde 2003 por la Universidad de las Palmas de Gran Canaria (España). Durante cinco años realicé mi tesis bajo la dirección de la Dra. Zinaida Lvóvskaya y el Dr. Vicente Marrero, que me apoyaron en un trabajo apasionante de investigación sobre la traducción del periodismo de viajes en la década de los noventa. Precisamente, esa época de cambio de siglo, en que nacía la nueva Sociedad de la Información, afloraban géneros informativos de creación entre el periodismo, la literatura y la publicidad.

       El objetivo final de mi tesis era el de evaluar la traducción al inglés de los reportajes de viajes de las revistas de las compañías aéreas comerciales. El corpus incluía 35 reportajes de viajes extraídos de las revistas de Ronda Iberia (revista de difusión gratuita en los aviones de la compañía aérea española Iberia), publicados desde enero de 1990 hasta enero de 2000, y seleccioné siete de ellos para su análisis textual desde la perspectiva de la traducción. Sus autores -José Manuel Caballero Bonald, Luis Carandell, Juan Jesús Armas Marcelo, Raúl Guerra Garrido, Manuel Rivas, Ana Puértolas, Joaquín Araújo-, de reconocido prestigio literario, colaboraron amablemente conmigo resolviendo mis dudas traductológicas. Mi intención era plantear la complejidad que supone la traducción del español al inglés –considerado como lingua franca del comercio y del turismo mundial- y reivindicar la labor del traductor especializado. Este género, perteneciente al estilo funcional periodístico, se caracterizaba por tomar prestados elementos de otros estilos funcionales, géneros y subgéneros, y su hibridismo me resultaba muy interesante para la investigación textual desde cualquier disciplina comunicativa, y, en mi caso, desde la traducción.

        Fue un tiempo dedicado a la investigación de una peculiar situación de lectura en una vida de viaje, estableciendo una clara distinción entre pasajero-turista y pasajero-viajero. Seguí los entresijos del marketing, el concepto de la empresa periodística, los nuevos estados cognitivos del Tercer entorno, los perfiles de los destinatarios en la era de la globalización, etc. Una investigación de campo en toda regla, tanto en la cultura origen española como en la cultura meta (cultura turística internacional).

Teresa Dovalpage: Debe haber sido una investigación fascinante. ¿Qué es lo que más disfrutas de esa difícil (y no siempre reconocida) labor que es la traducción? ¿Y qué me puedes decir sobre la “localización”?
Teresa Iturriaga: Sinceramente, pienso que es una labor absorbente y agotadora. A los traductores nos lleva hasta el límite de la indagación, pues nos obliga a  acercarnos lo máximo a la intención del autor del texto original, con una aproximación rigurosa al lenguaje y al contexto extralingüístico para ser fieles a su interpretación. En ese sentido, entiendo el término “localizadora”, porque persigo las huellas del autor del texto original, oigo sus latidos escondidos entre líneas, descifro sus marcas de identidad. Yo diría que soy una “rastreadora” del alma que traduzco. Y aun así, el texto traducido nunca será absolutamente equivalente, del mismo modo que no hay dos individuos iguales. Ese estilo personal e intransferible es lo que denominamos el idiolecto del autor. Se trata de tocar lo más de cerca posible el sentido del texto original. No es nada fácil, pero es un desafío que nos sostiene. Por ello, hay que tener muy en cuenta las circunstancias y el mundo anímico del que se expresa. Sin embargo, creo que la labor de traducir nos enriquece mucho y, al cabo del tiempo, nos va dejando un poso de sabiduría gracias al esfuerzo que nos exige. A través de la traducción, podemos encontrar informaciones contrastadas, opiniones fundadas, interpretaciones diversas, que contribuyen a hacernos tolerantes y a aceptar al “otro” con naturalidad. Siempre he afirmado que la traducción ha sido, es y será una herramienta fundamental para el desarrollo de culturas de paz y no de confrontación y ostracismo.

Teresa Dovalpage: Tienes toda la razón. Mientras más conocemos “al otro” menos motivos hay para temerle. Y de todos los textos que has traducido, ¿cuál es tu favorito?

Teresa Iturriaga: Recuerdo el impacto que me produjo traducir al español un ensayo sobre la inmigración senegalesa. Lo había escrito en francés Seydi Ababacar Mbaye, un senegalés afincado en nuestra isla de Gran Canaria, relatando el viaje en patera por el Atlántico desde su país hasta las costas canarias. Traducir Modou Modou, para mí, fue una forma de entender la vida y la muerte. Mientras traducía el libro, se me plantearon diversas cuestiones lingüísticas que no conseguía descifrar, seguramente, por mi desconocimiento de la cultura africana. De manera que, en varias ocasiones, bajo el pretexto de pedirle una explicación del habla senegalesa al autor, lo llamé y quedamos en vernos para clarificar mis dudas. En realidad, lo que yo pretendía era preguntarle por su visión del mundo y ver su interior expresándose en sus silencios, en sus gestos, en su mirada y atención, en sus reacciones emocionales, porque la lengua no es un sistema aislado de la realidad, sino que adquiere cuerpo y vida profunda en cada uno de nosotros. Entonces, el ímpetu de las palabras de Seydi Ababacar Mbaye me llevó de la mano a esa vaga sensación que dejan los sueños que el cerebro no comprende, pero es el lugar donde se mueve la intuición.

        El sueño de los inmigrantes africanos interpeló mi conciencia al recordarnos a los occidentales del siglo XXI que debemos iniciar una vida llena de sentido universal, mestizo, cosmopolita. Tenía mucha razón el autor al decirnos en su libro que la tierra no nos pertenece. Cierto, la tierra es una madre que nos acoge por igual a todos los caminantes sin distinción de razas. ¿Puede acaso una madre imaginarse el horror de perder a un hijo en medio del océano o en el desierto y no saber nunca nada más de él? Amores rotos a pedazos por la pobreza y la distancia en medio del carnaval de muecas de los traficantes de sueños, ilusionistas que engañan a tantos y tantos inocentes que deciden emprender el viaje hacia el paraíso occidental. Casi cuesta entenderlo, no es fácil situarse al otro lado. Personalmente, me conmovió mucho el pasaje del joven senegalés que un día se encaramó a la rueda de un Airbus pensando que las alas de aquel pájaro le llevarían al cielo de Europa. Y así fue. Con esa voluntad que le habían inculcado desde niño como virtud para enfrentarse al sufrimiento, quiso arriesgar su propia vida, era una cuestión de dignidad buscar una vida mejor para sacar adelante a su familia. Había preferido enfrentarse a su cita con el ángel de la muerte que quedarse entre los suyos como un joven sin futuro, sin sueños, sin nada que llevarse a la boca. Fue entonces cuando lo comprendí todo.

        Por eso,  traducir Modou Modou me ayudó a entender los esquemas mentales de los inmigrantes que llaman a nuestras puertas del bienestar. Los modous -como los senegaleses llaman a sus emigrantes- nos enseñan que, en su existencia, hay una dignidad que debería sobrecogernos a los toubabs -como nos llaman a los blancos-, porque ellos aún disfrutan, viven la utopía necesaria, la ilusión que nosotros perdimos hace mucho tiempo.

Teresa Dovalpage: ¡La utopía necesaria! Me encanta esa frase. Y al leer sobre el joven que se encaramó en la rueda del Airbus pienso en un compatriota que usó un método bastante similar para salir de Cuba: se ocultó en el tren de aterrizaje de un avión (¡de Iberia!). Todos somos algo modous.  Sobre tu propia creación, entiendo que te dedicas tanto a la narrativa como a la poesía. Háblame un poco sobre cada una. ¿Tienes una por la que te inclina más o esto depende de los vaivenes de la musa?

Teresa Iturriaga: Creo que esa definición es muy exacta, Teresa. Sí, depende de los vaivenes de mi musa, siempre y cuando no me propongan o me ilusione con un proyecto narrativo como me ha ocurrido en varias ocasiones. Por ejemplo, destaco mis últimas publicaciones sobre mujeres, que normalmente adquieren la forma del relato para acercar al lector su realidad más cotidiana. En la colección Desvelos, hace ya tres años, recogí las experiencias de ocho mujeres que en su día fueron acogidas en los recursos para mujeres víctimas de violencia de género de la Red Insular del Cabildo de Gran Canaria. Con el objetivo de encontrar vías para la recuperación de mujeres víctimas de la violencia familiar, este trabajo les sirvió para bucear en su propia memoria al contarme su experiencia de maltrato y cómo reaccionaron para superarlo. El conocimiento de los hechos y de nuestra situación frente a ellos es tal vez una de las formas más rápidas de terapia y nos ayuda a reconocer nuestras debilidades y nuestra fortaleza, incluso cuando han pasado muchos años desde la agresión. La mujer maltratada asimila el castigo al propio comportamiento y acaba sintiéndose culpable, con remordimientos, por no haber hecho mejor las cosas sin llegar a esos extremos. Es tan baja su autoestima que no sólo no sabe reaccionar, sino que su espíritu se inmoviliza y no puede salir del dolor y la confusión. Las historias del libro están teñidas de la vergüenza que sufrieron durante años, del temor a protestar y a denunciar, y de los cambios que se produjeron en ellas y en sus familias hasta volver a sentirse personas. En los relatos, podemos descubrir el carácter, la timidez, la valentía o la esperanza de todas ellas. Escribir sus historias fue un verdadero honor.

        Pero también he escrito una prosa más lúdica, por ejemplo, Revuelto de isleñas, una colección de relatos sobre la escritura y la cocina con la escritora canaria Dolores de la Fe -recientemente fallecida-, además de relatos  sobre mujeres importantes en la Historia, como la amante polaca de Napoleón, María Walewska, o la pintora surrealista Leonora Carrington, por citar algunos. En estos momentos, preparo una nueva colección titulada En la ciudad sin puertas.

        Ahora bien, el territorio de mi creación por excelencia es la poesía y, de algún modo, mi prosa está impregnada de ella por contagio. La prosa me lleva siempre a la metáfora, a la belleza de las imágenes y de las formas, podría decirse que en mi idiolecto, poesía y prosa emanan de la misma fuente estética. En su prólogo a mi libro de poemas Gata en tránsito (www.alhulia.es, Ed. Alhulia, Granada, 2011), titulado “Pasajera a bordo del sueño”, el maestro José Manuel Caballero Bonald, lo define así: “Tengo la impresión de que Teresa Iturriaga escribe poesía por lo mismo que necesita hablar con los demás. Quiero decir que su actividad como poeta está expresamente relacionada con sus cotidianos hábitos comunicativos. Basta con elegir un poco al azar alguno de los poemas que se reúnen en este libro para comprobarlo. Teresa Iturriaga ha ido elaborando Gata en tránsito como si realmente se tratara de un diario en el que fuera informando a sus lectores –o a sus oyentes- de las relaciones que mantiene con la vida que la rodea. Por ahí se filtra efectivamente una serie de confidencias y reflexiones que van poniendo de manifiesto la personalidad humana y literaria de la autora. Y por ahí se estabiliza un concepto general del acto de escribir que remite a la vez a una educación de delicados matices emotivos y  a una sensibilidad de muy fervientes conexiones con lo que se entiende por vocación”.

Teresa Dovalpage: Eres multitalentosa, sin dudas. Y ya veo que resides en Gran Canaria, una hermosa isla. ¿Cómo influye el entorno en tu creación literaria?

Teresa Iturriaga: Mi ventana se abre a la Playa de las Canteras. El océano sonoro constantemente susurra en el interior de mi casa. Es una compañía serena al escribir, a veces ni siquiera lo oigo, porque su sonido ya me pertenece. O quizá debería decir que nos pertenecemos, pues me ha engullido sin darme cuenta. Me gustaría que mi poesía tuviera la forma de las olas y el color de los atardeceres que veo morir sobre el mar desde mi azotea. En el espacio sensible de la playa, hay colores, sabores, aromas que presienten las emociones de todos los seres humanos que se desplazan hasta sus orillas en busca del paraíso. Esta playa es un ejemplo de convivencia, las mareas la han convertido en una escuela de respeto a lo sagrado, a lo natural, hoy acurrucado en silencio sobre el bullicio de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Un lugar donde el caminante, pasajero o peregrino, se detiene a sanar sus heridas con el mar. Un templo espiritual, un jardín de infancia, un patio de recreo, un balneario de paz abierto a todas las culturas. ¿Cómo no va a influirme esa belleza al escribir?

Teresa Dovalpage: ¡Dan muchos deseos de visitar esa bellísima playa!  Y espero que publiquen la foto con el mar como fondo…¡muy representativa!

Me gustó mucho Hiperestesia:

“La poesía es una suerte de enfermedad,

una suerte de dolor de placer de oración.”

Teresa Iturriaga: La poesía es compleja, un ramillete de emociones que surgen del interior. A veces, esos sentimientos son ardientes, una explosión de color, pero en muchos momentos, también emergen de un estanque de soledad, desesperanza y ansiedad. Sucede igual con las estaciones del año, cada una tiene sus hojas y flores, las hay de verano, otoño, invierno y primavera. El ciclo de la vida hace que cada instante tenga su aroma y su paisaje. Creo que las flores más bellas pueden encontrarse entre los desechos, en un risco peligroso, en desiertos o en cimas heladas difíciles de escalar, sin embargo, están ahí, esperando pacientes a que al menos algún insecto las polinice para no morir sin sentido. Por eso, cuando escribo, dejo salir todo aquello que siento en mi interior y si me duele la herida, el poema llora y, si estoy contenta, el poema ríe conmigo. Un arrebato de luz y oscuridad se da cita en la poesía, por eso se convierte en oración cuando trasciende a otros planos. Todo depende de la estación del corazón.

Teresa Dovalpage: Aparte de esa bella definición, ¿tienes otra para la poesía?

Teresa Iturriaga: Creo que la mejor forma de definir mi poesía es recitando un poema. Se lo dedico a la Playa de Las Canteras, patio de todas las culturas y terapeuta de la ciudad:

        Y la playa descendió

sobre el esqueleto de nuestras almas.

         [Nadie estaba allí para escuchar

         la angustia, jaca negra

        que no suelta su presa

        aunque en ello pierda la pinza]

        Recuerdo que portabas en tus brazos una toalla.

Era febrero o abril, era primavera en el paseo,

era el celo de los amantes.

        Recuerdo el salitre que tragué al besarte,

tu gesto al subirte a las rocas para abrigarme los sueños.

Traías un tridente, un cubo, una pala,

arena, mucha arena,

unas gafas, anzuelos, redes, cebo.

Me llevaste contigo hasta otras playas,

otros brazos, otro tiempo…

a las cuevas de las niñas.

        Recuerdo que la playa traía aquella tarde

su cabeza envuelta en una bruma de colores

encarnados, magenta, púrpura,

sudaba los dolores de sus orillas,

viejos reumas, artrosis de gentes y lágrimas,

los estíos más duros,

las huellas de los adioses.

        Recuerdo la paciencia del salitre

que disolvía todos los llantos.

Teresa Dovalpage: Gracias por el regalo de este bello poema. Me ha llevado a la playa, de vuelta…siempre de vuelta al mar. En “El día de Dahira”, que también me ha encantado, dice

“Ahora teje sus tules en penumbra, sueña con su tierra natal y los dientes se le afilan al paso de una guagua que rasga descaradamente su túnica de colores preferida. “Guagua” allá en las Canarias ¿significa autobús, como en Cuba?

Teresa Iturriaga: Sí, por supuesto, la guagua aquí es el autobús. La conexión de Canarias con Cuba es evidente y comparten palabras, comidas, folclore, ritmos, viajes, etc. Es toda una historia de familias desplazadas entre las islas por la emigración en el pasado y que llega hasta nuestros días. Hay estrechos lazos de afecto entre ambas.

Teresa Dovalpage: Muchísimas gracias por acceder a esta entrevista y por compartir tantas experiencias interesantes y sobre todo, buenos versos. Un abrazo desde Taos.

Teresa Iturriaga: Muchísimas gracias a ti por darme la oportunidad de cruzar el Atlántico sobre tus alas. Hasta siempre, Teresa.

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Autora de la entrevista: Teresa Dovalpage
 
Teresa Dovalpage nació en La Habana en 1966 y ahora vive en Taos, Nuevo México. Tiene un doctorado en literatura y es profesora universitaria. Ha publicado cinco novelas entre las que se encuentran Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), A Girl like Che Guevara (Soho Press, 2004) y El difunto Fidel, premio Rincón de la Victoria (Renacimiento, 2011) así como varias colecciones de cuentos. The Astral Plane, Stories of Cuba, the Southwest and Beyond es su último libro, publicado por University of New Orleans Press en 2012.
REVISTA SUB-URBANO / Sub-Urbano es una revista editada en Miami, que busca reivindicar la literatura hispanoamericana en Estados Unidos y difundir las artes en todas sus formas. Nació en el 2009, y ahora, gracias al esfuerzo de su equipo, y al apoyo de sus más de 20,000 lectores mensuales, apunta a convertirse en un referente cultural hispano en el país. Una de sus metas es crear un puente cultural entre EEUU ,España  y Latinoamérica, para que así, tanto escritores, como artistas y lectores, tengan un espacio común donde manifestarse. Sub-urbano es un espacio que reúne artistas de distintas nacionalidades. Son perspectivas diversas. Son puntos de vista encontrados. Es un medio de expresión libre y sin censura,
 

Tuesday, September 2, 2014

 
Eres
Teresa Iturriaga Osa
 
 

(a mi padre)

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hueles a hierba y a rocío.

Eres una campa de manzanos en flor.

Me siento en tus rodillas.

Me bendices la cabeza entre las manos.



Sigues andando, andando, andando por tus propios pies...

Frotas el anillo. Viertes la sal.

Me acurrucas los párpados.

Y nos escapamos juntos.

Vuela sin freno, espléndido caballo negro.

Llévanos hasta el final.

 
 
[Antología Versos en el aire III
Ed. Diversidad Literaria, 2014.]
 
 

 

Friday, August 15, 2014

 
Mujeres de ayer y hoy
por Teresa Iturriaga Osa



  
        Leer en la Playa de Las Canteras es placentero también en las tardes de verano. Parece que el Atlántico aviva las neuronas y se ven mejor las cosas, aunque la humedad vaya destrozándole a una, poco a poco, la garganta, le duelan las articulaciones, y el salitre vaya achicándole la piel. Pasan los estíos por el alma y nos merecemos cada vez más el tiempo de un café. El libro y yo. Yo y el libro. Nosotros. Me siento en el paseo frente al mar. Es ferragosto y es la rama robada, el hijo, la ausencia, el cóndor, la infinita, la noche en la isla, el viento en la isla, la pregunta en la isla, el daño, el sueño, la muerta, el amor del soldado. Y hoy quisiera compartir un descubrimiento, invitándoles a la lectura de un libro que me llegó inesperadamente a las manos y que muestra la realidad de la mujer canaria de ayer: Mujeres, de Bárbara Hernández.
        A las personas que nos gusta investigar, como el impertinente Jaimito que se pasa el día preguntando por las cosas y su porqué, no deja de sorprendernos la historia de la cultura, es curioso que el pasado siga aún latente en muchas esquinas mohínas de nuestra sociedad. Desde luego, en Canarias, los mayores conocen bien ese ayer, pero no ocurre así con los jóvenes, de manera que es bueno que hagamos periódicamente un ejercicio de estiramiento cerebral con dosis de lectura y memoria como medicina preventiva para enfermedades congénitas. Por si acaso a aquellos rejos de calamar se les ocurre sacudirse el letargo y salir a dar un paseo disfrazados de modernos. Nunca se sabe. Informarnos del ayer es volver a recordar lo que se resignaron, ignoraron y sufrieron muchas de esas mujeres canarias que aparecen en las fotos antiguas y, desgraciadamente, no tan antiguas. Se trata de un libro sólo apto para mayores de edad, en otras palabras, que hay que leer con frescura y sin resentimiento. Es formativo, no destructivo, entiéndanme. Tampoco va de feminismo ni de machismo, es esencialmente antropológico, desde mi parecer. Y optimista, porque, sin duda, les ayudará a mirar hacia delante con más fuerza que nunca y a respirar a pleno pulmón el aire de este mar, felices de haber nacido en los días de la invención del bikini y del tanga.
         El libro sintetiza todo el universo de la mujer canaria desde finales del XIX hasta mediados del XX (1850- 1940). Subraya la autora que, para la mujer de aquella época, lo primero era la familia: “A principios de siglo, el doctor Bethencourt Afonso, en una reseña sobre la consideración de la mujer en estas fechas, señala que es ella la que lleva la voz cantante en los asuntos de familia. Nada se hace sin su consentimiento o su beneplácito”. Sin embargo, en el mismo capítulo, a esta consideración se le añade “un pequeño detalle”, y es que no se excluían, en muchas ocasiones, las palizas y otros hábitos matrimoniales de signo negativo que también formaban parte de la tradición.
        Seguimos avanzando en la lectura donde la autora hace un recorrido acompañado de fotografías por los momentos clave de la vida social de la mujer: matrimonio, divorcio, etc. Tengo que confesar que, para mi mentalidad, es alucinante observar que el adulterio femenino escaseaba en aquellos años, pero, en cambio, eran muy frecuentes los masculinos. Sin comentario. Y fíjense en esto, en lo que se escribía de la vida de aquellas mujeres de entonces... Por ejemplo, en un artículo titulado “La manigua de La Isleta”, en 1932, el cronista Hurtado de Mendoza afirmaba que la mujer obrera del barrio grancanario de La Isleta paría hijos constantemente y sólo acudía al médico en contadas ocasiones por costarle 8 pesetas, justamente “lo que se gastan las mujeres burguesas en medias o en jabón”. Y sigo leyendo. El cronista añadía con una lucidez de hombre del siglo XXI que “el matrimonio es el RIP en la vida de una mujer”. También se habla en el libro de la dote con la que una mujer llegaba al matrimonio, que consistía en muebles, o bien, en la ropa de la casa, o que, por ejemplo, los gastos de la celebración en la iglesia eran costeados por los padrinos, y estos eran elegidos por los novios. En el libro, no hay que perderse tampoco la fotografía de un joven hablando desde la calle con una chica asomada a su ventana, se titula “Enamorando”. Eran tiempos de “cortejo”, algo que a los jóvenes de hoy les debe de sonar a chino...
 
 
 
 
        Bien, seguimos. Avanzo en la lectura y el libro se va poniendo cada vez más interesante. Se trata el tema de los partos, los hijos naturales, las comadronas, etc. Sin embargo, lo mejor llega hacia la página 12, donde se nos explica esa costumbre marital que se llamaba “el zorrocloco”: “Según la tradición, el marido de una mujer recién parida, una vez levantada ésta, se acostaba y recibía a las visitas y sus presentes, especialmente alimenticios (caldos de gallina, vino, dulces, etc.)”. Aquí es para llorar o para explotarse de risa... Para que luego digan que las flores no caminan y yo veo aquí una caminando (uno de los piropos más bonitos que me han dicho, al pasar al lado de un grupo de mendigos). Puro surrealismo. Créanselo.
        El libro también trata de la educación de las niñas, ya que los conceptos de la educación y el trabajo eran diferentes según el sexo. El texto se acompaña de fotografías y, especialmente, destaca una imagen que recoge a un grupo de niñas a la salida de la escuela en la calle de Triana. Se les ve muy felices. También se va explorando el mundo del ocio femenino de la época, diferenciado por sexos y clases sociales: “En lo que respecta al ocio de las mujeres canarias, tanto en el tiempo que se le dedica como las actividades que se realizan, están perfectamente diferenciados los sexos; igualmente, aparecen marcadas las distancias entre las mujeres del campo y la ciudad y, aquí, entre las burguesas y las obreras”.
        En cuanto a las fiestas, ya casi al final del libro, aparece una imagen muy ilustrativa de la participación de la mujer en las celebraciones: “Desde la ventana”. Una imagen vale aquí más que mil palabras. Ustedes dirán. En la página 57, una fotografía muestra cómo las chicas se divertían los domingos en la plaza, ya que ese espacio suponía para las chicas su único tiempo de diversión. También se describen las nuevas formas sociales de las mujeres que, una vez casadas, debían comportarse con cierta distancia en público. Las buenas formas del matrimonio. A partir de ahí, prohibido todo desmán. Es interesante comprobar cómo se criticaba a las mujeres inglesas por la manera de saludar y despedir con un beso a sus compañeros masculinos en el Metropole. ¿He leído bien? ¿Ni un beso?
        Asimismo, se van describiendo cuáles eran las verdaderas expectativas de una mujer en aquellos años. En general, no se deseaba nada más que casarse y tener una familia. También se relatan las normas sociales del cortejo, es decir, las entradas y salidas del novio en la casa de la novia. Muy divertido aquel sistema de vigilancia y control...
        Entramos en el mundo de la ropa femenina, especialmente, en la mantilla como el símbolo de la mujer canaria: “La prenda femenina más importante y característica de la vestimenta tradicional, especialmente en Gran Canaria, es la mantilla canaria. Durante los siglos XVIII y XIX, los colores utilizados eran el negro, blanco y rojo, aunque según las localidades destacan el azul y el verde”. Estos complementos fueron evolucionando y a la mantilla se le añadió el sombrero, posteriormente, sus colores fueron sólo dos: “blanca (cruda) para las jóvenes y negra para el luto”. Su valor de atuendo cotidiano se fue reduciendo hasta que adquirió un significado meramente religioso: “Entrado el siglo XX, el uso de la mantilla se reduce a la prenda para asistir a misa que se lleva con un alfiler bajo el mentón o sin nada”.
 
 
        Y, para terminar, hay que resaltar la fotografía de unas señoritas participando en una fiesta en carrozas, reinas por un día.
        En fin, vale la pena que le echen un vistazo al libro Mujeres, de Bárbara Hernández; es muy instructivo y silenciosamente elocuente y alentador. ¿Qué les parece? Visto lo visto, han cambiado mucho las cosas en este lado del mundo y lo que tienen que cambiar aún... para que de verdad se cumpla esa igualdad entre todos los seres humanos de cualquier sexo y condición. En ese sentido, cualquier tiempo pasado nunca fue mejor. Y no, no siento ninguna nostalgia por aquel pasado de mujeres enfundadas en color sepia. Las mujeres de hoy sabemos que hay cosas que no se venden. Ya no. Por ejemplo, la libertad. Por ejemplo, la vida. Vida, en ti vacilo, caigo y me levanto ardiendo. Eso me lo enseñó Neruda. Un beso.
 
Fotos actuales / Teresa Iturriaga Osa
Las Palmas de Gran Canaria
 

Wednesday, August 13, 2014

 
EL AIRE DE UN TRINO


RELATO

Teresa Iturriaga Osa


 



Las Cadenas del Demonio se deshacen con inocente crueldad en las manos de los Sedientos.”

                                                                             Leopoldo María Panero

 
       
        Cuando hay que decir adiós, me voy del brazo con mi amigo, el de los tristes ojos niños. Por las mañanas, nos vamos a su banco de mendigo y nadamos juntos del parque de las palomas moribundas hasta los finos jameos de un rumor. La luz que nos invade a los dos es ya un bolero perdido en el aire de un trino. Y estamos solos, tan solos como el único beso que no abandonó nunca sus labios. Entonces vienen todas, y las migajas de pan nos recuerdan nuestra historia, el defecto de dar y dar de nuestras manos. Por eso creo que estamos juntos como ángeles albatros.






        Aquel fin de semana, Anna estaba fuera de sí, quería salir corriendo del disparate cotidiano en el que funcionaba sin sentir ningún estímulo, nada le hacía palpitar, nada, nada… salvo el ruido del ascensor. Cuántas horas de desvelo esperando a que Héctor llegara del bar, con copas o sin ellas, lo importante era que aquel desperdicio humano que decía ser “su marido”, por fin llegara sano y salvo al hogar. El viejo motor del elevador era la señal de tranquilidad necesaria para que su cerebro bajara las defensas, agotada por el silencio de la noche que la forzaba sin descanso contra la pared y apretaba con fuerza sus dientes contra el miedo. Sufría el pánico de perderlo. No habían tenido hijos. Por eso, nadie la obligaba a ser una mujer más allá de lo responsable, treinta y cinco años, una chiquilla, pero estaba totalmente desquiciada. Tenía los nervios estallados a causa de innumerables madrugadas sin sueño mientras repetía una frase que retumbaba en su interior: dejadme oír el viento, dejadme oír el viento, dejadme oír el viento…

        A media mañana, según salía del portal, Anna se iba a desayunar al café de un parque cercano. Allí pedía un té, un zumo de naranja y un croissant, y se dedicaba a escuchar el fluir del agua en aquel remanso de paz antes de seguir su camino al supermercado. Uno a uno, iba fijándose en los detalles del jardín, mientras los patos y los cisnes chapoteaban en su cortejo nupcial y los niños arrojaban migas de pan seco al estanque. Cualquier cosa le servía de distracción. Su mirada localizaba discretamente a las parejas de enamorados que escondían sus caricias entre las matas… Observaba al perro corriendo tras la pelota de su amo, a la muchacha con la anciana en silla de ruedas… al ladrón oculto en el tronco de un árbol, al acecho del primer descuido del débil para robarle la cartera… al típico viejo verde con aspecto de bonachón… Un desfile de palomas, urracas, abejas, mariposas, mirlos, gorriones, colibríes y libélulas inquietas, sobrevolaba su cabeza con un gran escándalo de trinos y zumbidos, de orgía en orgía, de seto en seto. Y un poco más allá, en un lugar apartado del parque, bajo la sagrada sombra de los magnolios, vivían los mendigos. Cada uno de ellos tenía su propia jurisdicción, cada banco era su reino.

        Pero ese día, algo llamó fuertemente su atención. Un bulto que asomaba entre los matorrales se movía con convulsiones extrañas. Sintió el impulso de acercarse hasta allí, podría tratarse de uno de aquellos pobres infelices… quién sabe si necesitaba ayuda. Y así sucedió. Bajando la escalera serpenteante de la emoción, en busca del tesoro, Anna se topó con el mendigo, la cara oculta del deseo. Tan ocupado estaba su corazón en las tribulaciones de la noche, que no encontraba en ella el valor suficiente para hablarle. Dudó si estaría muerto. Se preguntó sobre lo importante: ¿hacer la compra?, ¿salir corriendo?, ¿o, tal vez, regresar al nido? Finalmente, pensó que aquel hombre con espasmos era lo primero. El reloj sabría esperar. Cuando giró su cuerpo, aún respiraba. No, no estaba muerto. Aquel peregrino disfrazado de dolor la miró.

  • Mujer… Ayúdame.
  • ¿Qué tiene?
  • No puedo ni moverme, hace dos días que no orino y siento aquí un fuego que me va a reventar las tripas…
  • ¿Quiere que le lleve a urgencias? ¿Pido una ambulancia?
  • Ya he ido al ambulatorio y me han dicho que tengo una piedra, pero no tengo un céntimo para comprar las hierbas para echarla, cola de caballo y rompe-piedras… eso se compra en herbolarios…
  • Espere… voy a traerle un poco de agua, tiene que beber mucho para expulsarla.
  • Si puede traerme algo para comer, por favor, no he comido nada en todo el día.
  • Vale, enseguida vuelvo.


        Así comenzó la relación entre el mendigo y la mujer anónima el día en que se cruzaron sus destinos. Anna bajaba puntualmente al parque a ver cómo se encontraba, le llevaba un termo con tisana, zumos, bocadillos variados, jabón y cuchillas para el aseo, toallas, ropa, mantas… Y, sin apenas darse cuenta, tras varias semanas de compañía, Juan Francisco se fue convirtiendo en su amigo del alma. Era un verdadero sabio. Por su forma de hablar y de reflexionar sobre la existencia, a Anna no le cabía ninguna duda de que el misterioso pasado de aquel hombre tenía mucho que ver con un vasto conocimiento del mundo, pero también con una formación académica excepcional. Y aunque no tenía donde caerse muerto, era todo un caballero.

        Un mediodía de primavera, él la nombró reina y la sentó en su trono, reservando para ella la mejor parte de aquel banco de mendigo. Día a día, fue contándole muchas historias interesantes, cosas humanas difíciles de interpretar. Para él, ser miembro de la tribu del estigma significaba poseer un rango, un linaje especial que le confería un aire bohemio y ajeno al sistema. Una tarde le confesó que había estado viviendo en un psiquiátrico durante dos años hasta que se escapó. Toda una aventura, pensó la reina. Sin embargo, de todo aquello, de su supuesta locura y de las razones que le llevaron a su estado no le gustaba hablar, pero ella siempre insistía en que le explicara cómo había sido aquella experiencia tan emocionante para su imaginación. Alguna vez, Anna había pensado en la opción de ingresar en una casa de reposo para recuperar el equilibrio. No sabía cómo interpretar sus sueños y pesadillas, frases que le abrían un boquete en el cráneo sin salida lógica, a las que no podía encontrar una solución o explicación sensata. La imagen del mapache bajo la lluvia le había hecho creer muchas veces que estaba medio loca, ¿quizá medio loca de amor por Héctor? ¿Merecía la pena seguirle los pasos? Ese enigma de la verdad le había hecho perder el norte.

(…) Tú no estabas en la frontera cuando sonó la campana.

Sólo un triste mapache me miraba bajo el árbol.

Intenté reanimarlo con un beso, pero ya era tarde, habías huido con ella.

El hada de la lluvia era nuestra única esperanza y tú te la llevaste amordazada.

Devuélvemela.

Hicimos un pacto, recuerda.

Sí, ya sé que estás ausente, y que aún necesitas ver el color de mi collar para comprenderme.

Pasarán dos lunas, tres lunas, cien lunas.

Vestiré con las ropas de mi pueblo, danzaré y danzaré…

Entonces, atraeré el alma del mapache y del hada, y no me quedará más remedio que irme o quedarme.

 
        La voz de su maestro le interrumpió el sueño:

  • ¿En qué piensas, Anna?
  • Nada… pensaba de nuevo en Héctor y el mapache… Sabes que sueño con esa imagen y no le encuentro ningún sentido. Me estoy rayando con esa historia, voy a la deriva… y no sé si acabaré en un psiquiátrico… Me obsesiona la idea de estar recluida en esos centros de salud con corredores llenos de personajes que no son de esta galaxia…
  • Durante el tiempo que estuve allí, vi muchos casos de enfermos mentales, encontré de todo, pero conocí a locos excepcionales, artistas, pensadores, científicos, disidentes… gente que antes el mundo llamaba visionarios.
  • ¿Y cómo no nos damos cuenta de eso ahora?
  • Porque no siguen vuestro ritmo de despertador, se alimentan de la fugacidad de los deseos que nada tienen de elementales, ¿es eso suficiente para relegar al olvido a tantos genios en nombre de la cordura oficial?
  • Ya ves.
  • Y piensa en esto… ¿Qué es la ausencia, sino presencia?
  • ¿Quieres decir que parece que están ausentes, pero que, en realidad, están más vivos que nosotros?
  • En efecto. Por cierto, llevo días pensando en lo que me dijiste del mapache, es curioso… ¿Tú sabías que los mapaches se hacen los muertos cuando se ven amenazados? Medita en eso, quizá por ahí encuentres la solución a tus problemas.
  • Sabes que mi problema tiene un nombre: se llama Héctor.
  • Las adicciones también son desórdenes mentales, querida. A veces, sucede que nos hacemos adictos del alma.
  • Eso no es así. No me compares a un hombre con una comida o una droga…
  • No te engañes. A pesar de sus efectos secundarios, ese alimento tóxico nos mantiene vivos durante tanto tiempo que sólo la idea de cambiar de dieta nos puede costar la identidad. Los pilares donde hemos apoyado nuestro edificio vital se caen como naipes ante el temblor de la soledad.
  • Puede que tengas razón. No nos gusta pensar en lo que nos acecha en la sombra, sea bueno o malo, no estamos preparados para las sorpresas.
  • Todos tenemos miedo al cambio, a lo desconocido, al riesgo de jugarnos la vida por algo que puede decepcionarnos, por ese poco de humo que se desprende de la pasión… ¡Oh, miedo, poderoso verdugo!
  • Pues yo no pienso seguir así. Estoy hasta los mismísimos ovarios de vivir muerta de miedo. Esto no es plan.
  • Lo sé, estás harta, por eso me encontraste, pero yo no puedo hacer por ti lo que tú debes hacer. En ti está la solución.
  • Sí, ya lo sé, amigo mío. ¡Uy, qué tarde se me ha hecho hoy! ¡Tengo que irme! ¡Y gracias por tus consejos! Hasta mañana, cuídate.
 
 
 
 




        Anna durmió de un tirón aquella noche, sin pesadillas. Por eso, se levantó muy temprano, como una rosa, más animada que nunca. Héctor acababa de llegar de su juerga nocturna y yacía borracho en el sofá. El salón apestaba a alcohol. El panorama era desolador, pero, por primera vez, su mujer lo miró con una distancia infinita. Abrió la ventana para que entrara aire en la estancia y lo tapó con una sábana. Por supuesto, él ni se enteró. Después, como quien acude a la cita del amado, Anna se duchó y se arregló con más estilo que nunca, preparó su bolso de mano con cuatro prendas bonitas, el neceser, la cartera y un frasco de perfume Eau d’Orange Verte; bebió un vaso de agua, se puso las gafas de sol en el escote, apagó todas las luces, se dio la media vuelta y salió sigilosamente de su casa. Bajó caminando por las escaleras, lejos del ascensor maldito que había golpeado su cerebro hasta machacarle la razón. Necesitaba sentir el sol y el viento a toda vela. Las corrientes que agitaban los trinos de los pájaros. Quería conocer el camino hacia las fuentes que sólo ellos conocen.

         Era un día luminoso y la gente caminaba por la acera con la prisa de la vida, todo se fundía en un abrazo de latidos cromáticos intensos, el gran momento de saltar al ruedo sin memoria, sin culpa, sin miedo. Fue la última vez que la vieron en aquella pequeña ciudad de estricto secano que se balanceaba sobre los rascacielos. Durante meses, la buscaron sin éxito. La dieron por muerta. Pero, al cabo de un tiempo, Héctor recibió una carta de Anna en la que le decía que era muy feliz. Se había ido a vivir cerca del mar, a un lugar donde se oía el galope del viento desde el amanecer.