Saturday, May 22, 2021

 


PALABRA DE GOURMET 

Teresa Iturriaga Osa


Próximamente

Ed. La vocal de lis, Barcelona, 2021.


Sunday, May 9, 2021

 

GATA EN TRÁNSITO


POESÍA / GATA EN TRÁNSITO de Teresa Iturriaga Osa
 
 


EDITORIAL ALHULIA, GRANADA 2011. Colección Palabras Mayores



Prólogo de J. M. Caballero Bonald

“PASAJERA A BORDO DEL SUEÑO”


Tengo la impresión de que Teresa Iturriaga escribe poesía por lo mismo que necesita hablar con los demás. Quiero decir que su actividad como poeta está expresamente relacionada con sus cotidianos hábitos comunicativos. Basta con elegir un poco al azar alguno de los poemas que se reúnen en este libro para comprobarlo. Teresa Iturriaga ha ido elaborando Gata en tránsito como si realmente se tratara de un diario en el que fuera informando a sus lectores –o a sus oyentes- de las relaciones que mantiene con la vida que la rodea. Por ahí se filtra efectivamente una serie de confidencias y reflexiones que van poniendo de manifiesto la personalidad humana y literaria de la autora. Y por ahí se estabiliza un concepto general del acto de escribir que remite a la vez a una educación de delicados matices emotivos y a una sensibilidad de muy fervientes conexiones con lo que se entiende por vocación.

Hay en estos poemas un reiterado empeño de interpretación de la poesía misma. Elijo dos ejemplos entre otros posibles: “la poesía es una suerte de enfermedad”, o bien, “la poesía sobrevive frente a la barbarie”. Afirmaciones como estas exteriorizan bien a las claras uno de los principales objetivos de Teresa Iturriaga: el del trasvase a un cauce poético de las enseñanzas propias de cada día vivido. En Gata en tránsito se buscan respuestas a todo ese almacén de preguntas interiores. “Pasajera a bordo del sueño”, la autora usa unas formas escuetas, explícitas para narrar un mundo personal que tiene mucho que ver con la experiencia del paisaje. Abundan ciertamente en el libro las referencias a una flora y una fauna que constituyen de hecho el escenario de una poesía a la vez susurrante y extrovertida, no exenta a veces de secretas ramificaciones. Cuando Teresa Iturriaga escribe “Tú, túnel del yo”, está sacando a flote esa parcela de la expresión poética que precisa de ciertas dosis enigmáticas para ser más sugestiva. Gata en tránsito cumple sobradamente con esos atributos.

                                                                J.M. Caballero Bonald
 
 





Thursday, May 6, 2021

 

¡UNA DE ALIOLI!

 


   Y sírveme otra copa de eso que tienes ahí,

de ese licor añejo que en la etiqueta pone “Vida”.

 

        Sabíamos que, al salir del aeropuerto, la mesa en el restaurante de Las Coloradas tenía que estar reservada. Eran demasiados meses sin probar aquel sabor delicioso del pan con matalauva y el alioli que nos ponían de entrante desde que las niñas eran pequeñas. Una tarrina duraba muy poco, se acababa en segundos. Y es que una familia vasca sin apetito es como una playa sin arena, algo inconcebible. Doy fe. El caso es que aquel bautismo sensorial se había convertido en un dogma de fe, una religión cuyos preceptos seguíamos a rajatabla cada vez que nuestras hijas llegaban de visita. Su hambre de alioli era tan voraz que ya les habían contagiado esa pasión a sus compañeros de vida, adictos sin remedio a los mojos y salsas canarias. Por eso, nada más sentarnos a la mesa, Estefanía gritaba muy alto la comanda de cocina: ¡Una de alioli! ¡Que ya están aquí! Toda una ración para bañarse en ella.


        Era octubre, habían venido a celebrar mi cumpleaños como mandaba la tradición. La terraza estaba repleta de comensales, el aire estaba limpio, el salitre del océano inundaba el nivel del alma. Una sensación de placer nos confundía de piel, atravesando las barreras de las otras personas. No solo podían oírse nuestras voces, sino también las suyas, nítidas, flexibles, libres de peligro. Cuando esto sucedía, el tiempo de ausencia se llenaba de presencia. Qué felicidad. Fuera de la ciudad, tras largas jornadas de viaje, como en épocas anteriores, el alboroto se hacía fiesta en el caravasar. Era hora de comer y de brindar. Primero pedíamos las lapas a la plancha, los calamares saharianos, las papas arrugadas con mojo y los berberechos salteados. Después, le tocaba el turno al agriote, la merluza salvaje del Atlántico. Una delicia de sabor. Poníamos los ojos en blanco. Todo regado con vino canario. Y cuando llegaban los bombones helados de La Peña la Vieja, empezaba lo mejor, con el café, los mojitos y el limoncello. Practicábamos el juego de echarnos un pulso, un rito ancestral. Madre y padre con hijas, yernos con suegros, hermana con hermana, cuñado con cuñado y cuñada… era muy divertido. Un jolgorio de arengas y risas se hacía espacio sobre la mesa de apuestas familiares.


        Aquel día, entre pulso y pulso, María fue al servicio y detuvimos la contienda unos minutos para descansar, pero al regresar, se percató de que había olvidado sus flamantes gafas de sol en el lavabo. No se sabe cómo pudo suceder, pero no estaban allí, desaparecieron por arte de magia, un robo a plena luz del día. Fue la movilización general: Andrea y Matthieu removieron Magazzini con Brocéliande para dar con ellas, Maite iba levantando discretamente los manteles y miraba por el suelo, mientras nosotros rastreábamos los gestos de los clientes que entraban y salían del local. Fue inútil volver a revisar minuciosamente el baño de señoras y dar noticia de la pérdida a las camareras del salón interior. Nadie las había visto. Unas gafas de sol de marca Swarovski no podían pasar desapercibidas; sin duda, alguien las había cogido. María estaba segura de que la joven que coincidió con ella en los aseos se las había quedado. Era una sensación muy justificada por su forma de bajar la mirada cuando se acercó a su mesa a preguntarle. No dejaba de ser curioso que ella y sus amigos no tardaran ni cinco minutos en pedir la cuenta, levantarse y salir corriendo del lugar. Y en medio de aquel teatro, con la desfachatez de su cara de inocencia, la muy hipócrita se acercó a nuestra mesa para despedirse y desearnos éxito en las pesquisas. Entonces, se acabó el paripé. Había traspasado el límite de la paciencia. María la miró fijamente.

 

¿Quieres un pulso? espetó.

¿Cómo dices?le respondió la ladrona.

Digo que vayas sacando las gafas del bolso.

¿Pero… mira?, ¿pero tú de qué vas, enterada? tartamudeaba de ira.

Mira... mira… toleta… Yo ya no tengo edad para ser Blancanieves... que a fuerza de madrastras y de enanos, he hecho músculo, y ahora.... te puedo. Dame mis gafas y piérdete –pronunciaba aquellas palabras con tanta firmeza que se oyeron por toda la terraza, ante la audiencia de un público expectante.

 

        Y, por supuesto, se perdió, y con ella, las gafas. Nunca aparecieron, pero alguien aprendió la lección. Eso seguro. Quién sabe si la loca y sus secuaces las lanzaron rabiosamente desde su coche hacia El Confital y las recogió algún peregrino sediento de sombra para ayudarle en su camino. El cosmos suele equilibrar el caos con su fluir ondulante. Tiempo al tiempo. Mientras tanto, abre el ojo y desparrama la vista.





 

Monday, May 3, 2021

 

La esfinge biónica 

Teresa Iturriaga Osa

 


     He bajado a tierra hoy, 15 de octubre de 2120. Creo que este ciberespacio es perfecto para descansar de mis travesías solitarias. Quizá sea la tierra de la que me habló Aorix en aquella sesión de óleos sagrados: Avalon, la isla mágica del Rey Arturo. “Ramas plateadas de un manzano de flores blancas, los pájaros te guiarán, serán el símbolo de tu inmortalidad”. Pero no he hallado más que destrucción ecológica, basura cósmica y ningún Árbol de la Vida… Y de mi pasado, mi memoria sólo conserva una imagen: yo tallaba en la piedra lo que la piedra ya había visto antes que mis ojos. Pero necesito recordar más cerca... Pido telepáticamente un cambio de chip con más estimulación transcraneal.

 

  



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   

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     Soy traductora, siglo XX, año 1998. Recibo un e-mail de una institución de Bretaña invitándome a colaborar como intérprete de Aorix, un monje ortodoxo que imparte conferencias sobre El Arte sagrado de la unción. Me seduce la idea. Hay algo entre místico y erótico en ese juego de palabras: aceites sagrados… ¿Nos hablará del Bosque de Brocéliande, donde Merlín vive con Viviana? Tengo miedo, quizá no esté a la altura. Dudo entre lo real y lo falso mientras observo los dos cuadros de la pared en mi despacho. En efecto, son casi idénticos, como la foto y su negativo. El bodegón de la derecha brilla con blancos y verdes de tono pálido, forman figuras de pájaros con picos abiertos, como crías piando a su madre desde una taza de leche. La jarra de agua no se mueve, ni se inmuta, bajo esa elegancia de quien se sabe que necesaria para la vida. Sin embargo, el lienzo de la izquierda es un espectro que surge de la taza de leche, que ya no es taza, y, ni por asomo, quiere ser leche. De repente, como por arte de encantamiento, los pájaros han descendido hasta el passe-partout y amenazan con invadir mi mesa con sus rejos amarillos y ahogarme desde el ordenador, atada a la silla azul...

     Aorix me ha citado en el Café La Lune. Me ha llamado por teléfono para que busque varios pasajes de la Biblia: el capítulo de la escalera de Jacob (Gén. 28, 12), y también la escena de María Magdalena donde derrama perfume de nardo sobre la cabeza de Jesús (Mc. 14, 3-9). Al leerlas, me pregunto cómo se las habría ingeniado para irrumpir en aquel banquete. Nunca creí que fuera una prostituta. Investigo y confirmo mis sospechas. Sacerdotisa de La Orden de los Esenios, había sido iniciada en los rituales esotéricos de la polaridad femenina. Amaba en cuerpo y alma a un hombre cansado de sembrar desiertos. Miriam de Magdala, la maga de Betania, no fue una mujer pecadora, sino la única persona que podía darle la extremaunción antes de su sepultura... ¿Quién se atrevería a tocarlo sino ella?

     He conseguido libros de plantas medicinales en francés: muérdago, brezo, roble, acebo. He pedido un café, fumo y pienso en la ignorancia de las gentes. Imposible adivinar que a su lado va a asentarse Aorix, un descendiente del druida Merlín con poderes extraordinarios, capaces de anular su consciente y transformarles física y psíquicamente. Ocurre igual con los chamanes, que pueden adoptar múltiples formas, desde lechuzas, grullas, águilas... hasta apariencias humanas irreconocibles. Pero dejemos eso ahora. Ese hombre camina hacia mi mesa con su mirada clavada en la mía. ¿Quién eres? ¿Por qué me miras así? No sigas... Me haces daño. Este semidiós se me antoja demasiado atractivo en todos los sentidos. Un peligro. Me está volviendo loca por momentos. Cierra los ojos como un gato que me acecha. Prístino en su gran sabiduría, ahora me habla del puente sagrado, del tránsito al mundo astral con psicofármacos. Me muero por volar contigo, un paseo por los planos de mi conciencia es todo un desafío.

     Estoy mirando el puente, con su procesión de hormigas, orugas y cucarachas humanas. Ya no veo más que seres del inframundo en el espejismo. Cada vez tengo menos fuerza en la mano que escribe notas con un pulso mortecino. No me gusta nada la sensación de rigidez que siento en las piernas. Todo es muy difuso. Aquí pasa algo raro... Aorix me está subiendo a un coche y me da algo de beber. Parece vino. Leo en la botella las palabras Lacryma-Christi. Me susurra al oído: “Me entiendes demasiado bien y has entrado en mi campo magnético, en la esfera de mi deseo, una vibración de la que ya no podrás escapar. Te será muy difícil huir de la espiral copulatoria de mis fotones, te buscan frenéticos, ma chérie”. Mira que lo sabía: nunca dejar que nadie te absorba el aura, nunca mirar de frente a los ojos, nunca dejar que te impongan las manos. Siempre tan lista, siempre tan tonta, pero al final… decido marcharme. ¡Uno, dos, tres! Salgo.

 

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     Tampoco en esta sesión de terapia he podido llegar al origen de mi psicosis afectiva. Siglo I, Siglo XIII, siglo XX… y ya no sé por dónde comenzará la próxima vez mi bioneurólogo con sus técnicas de exploración artificial. Quizá en la siguiente regresión surja algún signo revelador, alguna señal del interfaz. Es desesperante. Tengo un rostro y un cuerpo de diseño perfecto con wearables, múltiples injertos antiedad y órganos fabricados con biomateriales en impresoras 3D, sin embargo, mi cerebro interno sufre un grave trastorno. No siempre me funciona el acceso al canal bidireccional de comunicación fluida con las máquinas. Por eso acudo a esta consulta mensualmente para revisar mi implante cerebral, pero no mejoro ni asistida por control remoto. Así que antes de desconectarme, escribiré directamente con el cerebro y usaré el ratón mental para controlar mis dispositivos de medición, a ver si me responden. Aunque esta vez algo me dice que debería cerciorarme de mi seguridad… No vaya a ser que el androide que ahora me lee el pensamiento resulte ser un cibercriminal y bajo mi estado de nanohipnosis se aproveche de la situación... Estoy viendo que tiene la misma mancha en el cuello que Aorix...

 

   

 

Antología de relatos “2120” 

VV.AA. MAR Editor, Madrid, 2021.