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Sunday, June 17, 2012

RELATO



DOÑA PINO, LA TONINA HUMANA

Dolores De la Fe





Doña Pino (Pinito para la familia), bondadosa y servicial amiga de sus vecinas de toda la vida en el mismo barrio (señora Dolores, la majorera; Libradita, la espiritista; Chonita la de Gáldar; Soledadita, la Malcasada…) fue siempre un ama de casa fiel cumplidora de todas las tradicionales rutinas caseras. Es decir, gofio y quesito tierno como inseparables acompañantes del potajito diario, con las numerosas variaciones que encierra tan nutritivo plato. Los domingos, sopa de fideos y bistec de bichillo con papas fritas y rodajas de tomate (siempre le había hecho mucha gracia aquella pícara copla que se cantaba en Fuerteventura: “Fui al monte y encontré un chiquillo, le bajé los calzones y le vi el bichillo”). Los viernes de Cuaresma, sancocho… En fin, alimentar a la familia como Dios manda, sin caprichitos ni requilorios por parte de ninguno de sus numerosos miembros, que salieron todos muy bien criados, gracias a Dios.



Lo que viene equivaliendo a que doña Pino se pasó la vida, prácticamente, en la cocina. Así que cuando, andando los años, a Pepe, su marido, le cayó no se sabe bien qué tipo de indemnización, a la señora no se le antojó ninguna otra cosa (por ejemplo, ya que nunca habían viajado, darse un saltito a Lanzarote o a cualquier otro sitio al que alcanzaran las perritas inesperadas…), no, señor: el dinerito se emplearía en renovar la cocina, es decir, a hacer realidad uno de los más antiguos y ardientes sueños en la rutinaria y decentísima vida de doña Pino.



Pepe, siempre poco amigo de discusiones, se encargó de los engorrosos trámites de todo lo material imprescindible para hacer realidad el sueño de su mujer. Ésta lo tenía todo tan claro que los propios trabajadores se asombraban de lo fácil que les hacía la señora su trabajo. (Y no como otras mujeres que ellos trataron, que un día querían blanco y al otro día negro. Incluso, una de Ciudad Jardín, que quería escalones redondos…) Bueno, para no cansarles, el sueño se hizo realidad en el más corto espacio de tiempo. El día que doña Pino pudo sentarse en una de las sillas nuevas, mirar a su alrededor y darse cuenta de que sus sueño estaba allí, ante sus ojos húmedos de lágrimas de felicidad, se sintió la mujer más feliz del mundo. “El domingo, cuando vaya a misa, le encargo al cura una misa de acción de gracias”, se dijo a sí misma, humildemente agradecida.



Según se iba amañando, privada, a su entorno, tan nuevito todo, llegó a escucharse, asombradita, canturreando un viejo tango de Carlitos Gardel, música que desde hacía siglos dormía allá en el fondo de sus recuerdos juveniles. Si los suspiros de satisfacción engordaran, doña Pino se hubiera convertido en una tonina humana. La palabra felicidad, de la que han dudado desde siempre una infinidad de seres humanos que la desconocían, por carencia absoluta de ella, hasta podía pronunciarse con mayúsculas por lo que a Pinito se refería. Qué feliz se sentía… qué humildemente agradecida de lo que le regalaba su monótona existencia…



Y un día, mientras colgaba el delantal del gancho habitual y ponía en sus sitio los guantes de goma, tras dejar recogida la cocina, le vino a la mente una idea que le provocó una placentera sonrisa: iba a mandar a hacer una reproducción exacta de su cocina, como si fuera ella una niña que recibe ese juguete en Reyes.



Llamó a Panchito el Múo, buen carpintero conocido de toda la vida, y le explicó lo que quería. Panchito se rascó la nuca, que lo hacía con frecuencia, y cuando acabó de digerir la propuesta, dijo que sí, que bueno, que vamos a ver… (Panchito no era mudo, gracias a Dios, sino que el nombrete le venía de su bisabuelo, que ése sí.) Y un buen día, apareció con la más primorosa y exacta obra de arte digamos doméstico-artesanal: la cocinita de doña Pino. ¿Podía nadie sentirse más feliz que ella? A los pocos días, calladita la boca, se dio un salto a la planta de juguetes del Corte (hasta vergüenza le daba decirle lo que quería a la servicial dependienta de la sección) y regresó a casa triunfante portando los minúsculos objetos que requería para completar la miniatura de cocina: unos cacharritos para colgar en las diminutas paredes.



Bueno, pues pasaron los años… el bueno de Pepe, el marido, también pasó a mejor vida… el barrio empezaba a sufrir inevitables cambios, ausencias entrañables… en fin, así es la vida.


 



 
Pero un día, doña Pino, Pinito, cayó en cama para no volver a levantarse más. Sus dos hijas casadas se turnaban para atenderla cariñosamente, ya que también tenían que cuidar de sus respectivas familias. Doña Pino, que pese a la enfermedad conservaba todavía su cabeza bastante bien, tuvo tiempo de redactar una rara especie de testamento, ni notarial ni hológrafo: escribió, bien clarito, que no quería que la incineraran, por si acaso. Que compraran un nicho y la enterraran con su cocinita de juguete. Que le dijeran las misas gregorianas y que se llevaran bien siempre que fuera posible… Las vecinas que la sobrevivieron la lloraron muy sinceramente y a partir de entonces no dejaron de mencionarla cuando rezaban el rosario… etcétera, etcétera: lo que está mandado.



Bueno… No hay fuentes fidedignas, que conste. Mi alma la quiero para Dios. Pero Libradita, la ya viejísima espiritista del barrio y antigua amiga de la difunta, una vez quiso “conectar” con ella, que le parecía como que se lo pedía el cuerpo, o algo así… Volvieron a reunirse en su casa las pocas viejas vecinas que quedaban, se deshicieron en lágrimas recordando a doña Pino, se tomaron un buchito de café (aunque supieran que no iban a pegar ojo en toda la noche) y Libradita, la espiritista, con voz temblorosa y dramáticamente entrecortada, les comunicó el “mensaje” que había recibido del Más Allá o como se llamara aquel misterioso sitio: que a doña Pino, pese a su bondadosa existencia y méritos correspondientes, no se le habían abierto las puertas del Cielo… Seguía “Abajo”, jugando a las casitas con su adorada cocinita.

 
***



Del libro REVUELTO DE ISLEÑAS


FUNDACIÓN CANARIA MAPFRE GUANARTEME, 2010.

© De los relatos: Dolores De la Fe y Teresa Iturriaga Osa


© De las ilustraciones y portada: Sira Ascanio


Friday, June 15, 2012

RELATO



PALABRAS… PALABRAS…

Dolores De la Fe







(“Words…, words…”,

Shakespeare)





Al mediodía, al volver del colegio a la hora de almorzar, la chiquilla se encontró en casa con la curiosa y alegre sorpresa de que la cocinera nueva, que empezaba ese día, ¡era una chica joven! Por primera vez en su corta vida, veía en la cocina alguien completamente distinto al estereotipado “modelo” de mujer entrada en años, con el eterno moño canoso apretado con horquillas negras en la mismísima coronilla, faldas negras hasta los tobillos, medio cubriendo unos pies deformes calzados con alpargatas, un delantal grisiento, a rayas, con bolsillos abultados…



Le encantó el cambio. Además, la chica era sonriente, lo opuesto a la tradicional cara arrugada de expresión melancólica que solían ofrecer las “cocineras de toda la vida”. A ésta se le formaban hoyitos a los lados de la boca. De haber tenido que puntuar, la chiquilla le hubiera puesto un rotundo diez.



Le preguntó:



-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Calme, pa’ selvisle.



(Primero que nada estaba el almuerzo, que había que volver al colegio)






Durante la merienda, comentó con Tiadre:



-La nueva se llama Calme, ¿verdad?

-No, mi niña, se llama Carmen, como yo.

-¿No va a saber ella cómo se llama?

-Es que lo pronuncia de otra forma… En el Risco hay gente que pronuncia distinto…

-Y si la llamo Carmen, ¿sabrá ella que es a ella?

-¡Claro que sí, mujer…!



La cuestión onomástica quedó saldada, al menos, de momento.



Pero a la chiquilla le seguía gustando la nueva cocinera. Era habladora aunque fuera mal pronunciadora. La chiquilla se metía en la cocina en cuanto tenía ocasión, para oirla hablar. Un día dijo:



-Mi marío tá pa la cojta… vastá toa la safra…



La chiquilla casi alcanza el éxtasis auditivo al escuchar una frase absolutamente incomprensible. ¿Hablarían en el Risco un idioma nuevo? ¿Tendría el padre un diccionario de ese idioma, como el que tenía de Inglés?



A tal maravilla de frase añadió la muchacha un broche de oro:



-No me ejó preñá…



La chiquilla creía flotar en una nube inenarrable. Desde siempre, las palabras ejercían en ella un efecto casi mágico. Adoraba oír palabras nuevas y la excitación que le producían hasta que se enteraba de su significado, la tenían en vilo. (Alguna vez la decepcionaron, como le ocurrió con “chisgarabía”. Qué pena, una palabra tan divertida…)



Otra de las fascinantes novedades que ofrecía su cada vez más admirada Calme, era la de freír cantando. La muchacha se plantaba junto a la sartén donde preparaba la fritura, agarraba con mano firme la espumadera y repiqueteaba con ella el guiso. Al mismo tiempo, se iba repasando los dientes con la lengua, se detenía un segundo apenas en un colmillo, como si lo chupeteara, y lo más curioso todavía, también al mismo tiempo, ¡cantaba! Siempre la misma cancioncilla:



“Vivo siega enamoráa

de unombremoreno

que me trae loca”



Y volvía el repiqueteo en la sartén, con la espumadera, y el chupeteo del colmillo.



La chiquilla llegó a pensar, intrigada: ¿Le cantaría eso al marío? ¿O sería rubio?



En la casa se comía con bastante frecuencia un plato de huevos que les gustaba a todos. Consistía en algo así como quitar las cáscaras a un montón de huevos duros, ponerlos luego en el fondo de la bandeja de horno, cubrirlos luego con aquella cosa blanca que también servía para hacer croquetas, y acabar echándole por encima pan bizcochado molido y unas bolitas de mantequilla. Se metía en el horno y poco después toda la casa olía riquísimo.



Bueno, pues esa mañana estaba Calme pelando huevos duros, que estaban extendidos sobre la mesa de la cocina. Siendo como eran una familia tan numerosa, la cantidad de huevos tenía que ajustarse a la de gente a comer. (En números, la chiquilla no hubiera podido calcularlos, nunca le gustaron, si acaso el número siete, que le hacía gracia, le parecía un número con bigote.) O sea, que la mesa casi parecía que estaba cubierta por un mantel de forma rara.



Calme trabajaba muy ligerito: cogía un huevo, le daba un golpito contra la mesa, que lo dejaba medio estrellado, lo pelaba en un santiamén, lo cortaba por la mitad y lo colocaba dentro de la bandeja, con cuidadito.



La chiquilla, silenciosa, la veía trabajar. Se fijó en los huevos crudos, que de toda la vida se ponían en un gran cesto de verguillas, en el esquinero junto a la mesa. Los traía a la casa la mujerona del “cinco a dos”. Tiadre le había aclarado tan enigmática frase cuando la chiquilla le preguntó: quería decir “cinco huevos, dos pesetas”; al parecer, por Cuaresma las gallinas ponían más y entonces la oferta variaba a “seis a dos”.



Tras unos segundos de contemplar a Calme con el trasiego, a la chiquilla se le encendió en el magín una idea torina: por primera vez en su vida tramó una mataperrería. En lo que Calme se acercó a la alacena, ella agarró un huevo fresco del cesto de verguillas y lo mezcló con los otros que esperaban su turno para pasar a la bandeja. Esperó, nerviosa, el corazón en un puño, asustada… (Hay que tener en cuenta que era la primera mataperrería de su vida…) Por fin le llegó la vez al huevo fresco… Calme, inocente, lo cogió… ¡plaf!, sobre la mesa se extendió la clara rodeando una yema aún sin romper… Otros tres huevos duros flotaron un momento por la clara…



Calme se sulfuró, parecía que echaba chispas… Gritó:



-Mira que sos ruinita, mi niña… y paresía una mosquita muelta…



La cobardica de la chiquilla se echó a llorar, arrepentidísima de la ruindad.



-Y ahora la señora me va a echá la curpa a mí… ¡Sús, madrita’l Pino, ta afrenta…!, juraíto poldió que cuantito güerva mi marío de la safra, me lalgo desta casa, como pepe que me llamo…



Desde el cuartocostura, la madre sintió unos escorrosos en la cocina y fue a ver qué pasaba. La chiquilla, llorando como una magdalena; Calme, sulfurada y toda “elementada”.



La madre (¿por las cuentas que le traía?) calmó a Calme, asegurándole una fe absoluta en su inocencia; cargó la mataperrería en la cuenta personal de la chiquilla, con la trilladísisma frase de “ya sabe cómo son los chiquillos…”



-Y aquí no ha pasado nada.



(Por una vez, también la primera, el ídolo no tenía los pies de barro, sino la idólatra).



 
Aunque no tocara en clase al día siguiente, la chiquilla solía repasar con frecuencia la Historia Sagrada. En verdad, no acababa de entender con claridad la lectura, pero tal vez por eso mismo, por la sensación de enigma, de misterio que sugería, no perdía el interés. Incluso las mismas palabras cuyo significado ignoraba, le dejaban siempre un buen sabor.



Por ejemplo, durante un montón de tiempo, estuvo dándole infinidad de vueltas a todas las ideas que traía a su imaginación ese asunto de la expulsión del Paraíso Terrenal, tema que llegó a constituir para ella un auténtico filón.



Le dio mucha pena que Adán y Eva se quedaran, más que nada, sin su jardín y sin ni siquiera contar con la posibilidad de sustituirlo por un patio, por lo menos… Qué pena, perder tantos árboles raros que ni siquiera tenían los nombres de los de aquí (plataneras, naranjeros, higueras…), sino nombres tan exclusivos y raros como Árbol de la Vida o Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Eso del Bien y del Mal obligaba a la chiquilla a relacionarlo con las notas al pie de los problemas de aritmética.



¿Cómo serían las hojas de ese árbol? Traerían por una cara aquella bobería, por ejemplo, de “Si un obrero tarda una hora en hacer su trabajo, ¿cuánto tardarán dos?”.



… Rumia que te rumia, todo lo bíblicamente que fuera, un buen día se sorprendió dándole la vuelta a la tortilla –y nunca mejor empleado el término. Porque fueron apareciendo en sus fantasías bíblico-mentales infinitas variedades botánicas para nombrar a los árboles de nueva creación, todos ellos nombres muy sugerentes, pero, ay, fatalmente relacionados con su cotidiana y gastronómica realidad, teniendo siempre como telón de fondo las ricas comidas que guisaba Calme.



El Árbol del Potaje… El Árbol del Huevo Frito… (pero a éste, sin saber por qué, lo imaginaba siempre como algo más achaparrado, casi arbusto.) (¿?)



(Y por si fuera poco, qué raro era aquello que había dicho Calme aquella vez: “Con la cuchara que coja, con ella comerá…”)


 

***
 
 
Del libro REVUELTO DE ISLEÑAS


FUNDACIÓN CANARIA MAPFRE GUANARTEME, 2010.


© De los relatos: Dolores De la Fe y Teresa Iturriaga Osa

© De las ilustraciones y portada: Sira Ascanio






Wednesday, June 13, 2012

RELATO



CULINARIA DESDE DISTINTOS PUNTOS DE VISTA


Dolores De la Fe


 





Cuando Mariele se enamoró de Hansi, el alemán más guapo que, de momento al menos, se movía incombustible por la pequeña sociedad de aquel entonces, fue un enamoramiento fulminante, telúrico, podría decirse. Un flechazo de proporciones extrasensoriales, ultrahumanas, vamos, de Primera División. Eso provocó al mismo tiempo que Hansi dejara de ser incombustible: pasó a arder en la misma llama.

Lo curioso fue que la magnitud del mutuo flechazo llegó a rozar, increíble, a las amigas de toda la vida. No es que surgiera el flechazo amoroso en todas ellas, ¡no, por Dios, qué horror!, sino que en aquel mismo instante de producirse el disparo clásicamente consabido de la flecha lanzada por Cupido, las amigas, cada una en sus ocupaciones (Pepi cocinando spaghetti; Loli aplicándose su esperanzadora crema de día; Chita suspirando a solas en la oficina, soñando con los Carnavales; etc. etc.), sintieron un misterioso estremecimiento que las paralizó sin acertar a explicarse qué había pasado. De haber existido una escala de Richter para estas extrañas cosas del amor, el número marcado hubiera superado el cien.

Tratándose de un alemán de pura cepa, tras los primeros e inefables procedimientos usuales en una pareja enamorada ardientemente, Hansi pasó a preparar las bases de un feliz futuro que se suponía inmediato, es decir, empezó a hablar de boda. Igual hubiera podido ponerse a hablar de estudiar Astronomía o Ciencias del Más Allá, porque para Mariele todo sonaba igual, es decir, todo lo que emitiera la boca de Hansi le sonaba a gloria pura.

Así fue como la familia de ella se vio implicada en menesteres hasta entonces innecesarios (como por ejemplo, pasaporte, ropa de abrigo…), porque Hansi, que aparte de guapo disponía de un status económicamente poderoso (además de familia en su Alemania natal), había decidido que Mariele asistiera en ese país a un curso Culinario que le garantizara un futuro gastronómico también de Primera División. Sobre todo, repostería o, concretando, tartas de manzana.

Los respectivos teléfonos sirvieron, una vez más, de vasos comunicantes para las amigas de toda la vida. Gozaron un sinfín de días del indiscutible poder de la comunicación, del intercambio de opiniones, envidias, porqués… aún latía, invisible pero persistente, aquella misteriosa vibración.

Pepi, poniendo el horno a 250 grados, marcó 15 minutos en el avisador del tiempo. Se lavó las manos y se dirigió al teléfono del cuarto de estar, por el motivo de que así descansaría las piernas el cuarto de hora prefijado. De memoria se sabía el número de Loli, que respondió casi instantáneamente.

Pepi, reconocida cocinera y amante de la Culinaria desde que su madre, años ha, la enviciara en tales menesteres, comentó con Loli esa cosa maravillosa, fabulosa, increíble, que le había tocado en suerte a Mariele: ¡que el novio le pagara un viaje a Alemania para aprender cocina germánica!

Loli, reconocida enemiga de cualquier tipo de cocina y no menos reconocida entre sus amigas por estar siempre, digamos, en números rojos, situación que le impedía realizar sus sueños de convertirse en una especie de Holandés Errante, guardó unos segundos de silencio al escuchar los comentarios de Pepi. Luego, replicó:

-¿Sabes lo que te digo? Que si a mí me cayera un novio que me pagara una estancia en Alemania para que aprendiera a cocinar… ¡no volvería a verme el pelo en toda su vida!


***
 
 
 
Del libro REVUELTO DE ISLEÑAS 

FUNDACIÓN CANARIA MAPFRE GUANARTEME, 2010.

© De los relatos: Dolores De la Fe y Teresa Iturriaga Osa

© De las ilustraciones y portada: Sira Ascanio







Tuesday, April 3, 2012

COLECCIÓN QUE SUENEN LAS OLAS



TU NOMBRE ES VÉRONIQUE

Teresa Iturriaga Osa








Después de aquella visión, el universo entero se le cayó a pedazos, como si fueran trozos de carne que le aplastaban sobre su cabeza de niña. Tenía trece maravillosos años, una fortuna que alguien quería dilapidar sin ninguna razón.

Soñó que dos regueros de sangre corrían por sus piernas en un lugar sucio y oscuro. Se había pasado toda la noche pensando y gritando en voz alta... Una anciana mujer le susurraba al oído cosas extrañas y le torturaba con su voz... ¿Sería una curandera? ¿Y qué era aquello crudo que le bajaba hasta los pies como la sangre de los meses lunares? ¿Y qué le agitaba el cuerpo como un vómito de noria? ¿Qué querían hacerle? ¿Por dónde se adentraría en su cuerpo aquel instrumento punzante que le mostraba la mujer del sueño? A saber... mejor no pensarlo... cuando despertó. La luz entraba en su habitación. Ya era hora de levantarse. Debía ir a clase.

En cuanto llegó al colegio, Regina saludó a Irine, su compañera de pupitre. Todo el mundo la miraba con un silencio culpable. Ella no podía entender nada, parecía que sus compañeras sabían qué había pasado por su mente aquella noche. La cara de tonta que debía de tener mientras aquellas enteradas del reino cuchicheaban entre ellas... pero, de repente, se levantaron todas a la vez cuando la profesora de francés entró en el aula y dio comienzo el protocolo de saludos... Bonjour mes élèves, bonjour mademoiselle, asseyez-vous, merci mademoiselle.

Durante la clase, Regina sintió náuseas y pidió permiso para ir al servicio. Al principio, la profesora la miró con cierta desconfianza, pero asintió. Entonces, notó una rara sensación: era como si estuviera acompañada. Allí dentro, no sé qué o quién dormía, pero ese alguien le gritó su dolor esclavo desde el vientre, une voix bouleversée par l’angoisse... No se trataba de una voz conocida, era como un rumor de hojas agitándose en remolino. En el baño, entre ráfagas de asco, le sobrevino el recuerdo de aquel hombre que unos meses antes le había hecho daño. Él exploraba las sombras, una noche de abril, cuando ella volvía de los campos de su abuela. Ya no recordaba su cara, pero sí aquellos dedos traficantes de babas y palabras... Entonces, por primera vez, pensó que podría estar embarazada.



-No lo intente... oiga...

-No llores, por favor, no te pongas así, por favor, no llores...

-Déjeme... no vuelva a tocarme.

-Por favor, dime al menos... ¿cómo te llamas?

-Ni... me... to... que.



Pero la tocó. Y lo cierto es que ahora Regina estaba muy delgada y tenía toda la pinta de estar embarazada, aunque, como la mayoría de las niñas de aquella región, podía estarlo y no saberlo. No había ningún centro sanitario en aquella zona fronteriza que aún padecía las secuelas de un antiguo conflicto bélico. Oficialmente, la guerra había terminado, pero la Carta Internacional de Derechos Humanos no tenía ninguna validez en aquel medio. La comida era también escasa, así que la pérdida de peso en las niñas era frecuente, debido a su deficiente alimentación y a la anemia que sufrían. La falta de controles médicos hacía que éstas vinieran a darse cuenta de su estado muy tardíamente y, en ocasiones, se veían obligadas a asumir un bebé no deseado por miedo a ser expulsadas de su entorno familiar. Llegado el momento, una partera acudía a casa y aplicaba sus conocimientos tradicionales que de nada o de muy poco servían ante las posibles complicaciones del parto. Muchas morían, también los bebés. Todo era muy grave, verdaderamente triste: ni material sanitario, ni médicos, ni ambulancias, ni quirófanos. El abandono y el olvido seguían ejerciendo una sutil pena de muerte.

En los últimos años, la cifra de estudiantes adolescentes embarazadas en el centro escolar de aquella aldea alejada de la capital se había elevado mucho y la mayoría había abandonado el colegio. Todas recordaban con cariño a la joven Agnès, una estudiante excepcional que un año antes se había quedado embarazada. Ella siempre quiso estudiar periodismo, pero tuvo que dedicarse a amamantar y a cuidar de su bebé, trabajando de sol a sol porque sus padres la echaron de casa. A explorar la miseria, a tejer cestos, a trabajar con abalorios, a escarbar la tierra... Siempre fue duro ser madre soltera.

Sin embargo, Regina no estaba por la labor de seguir los pasos de Agnès, abandonando sus sueños. Durante la clase de francés, pensó que se lo contaría todo a sus padres y que ellos lo comprenderían. Ella no era culpable de haber sido violada por aquel desconocido que vagaba por los montes de su aldea masacrando la inocencia. Tendría al bebé. Estaba convencida de que su madre la ayudaría para que pudiera regresar al colegio y continuar con sus estudios. Se había prometido a sí misma llegar a ser médico y ese pacto de honor consigo misma no podría quebrantarlo nada ni nadie. Sabía que valdría la pena su esfuerzo por mejorar su formación, y que, incluso siendo madre soltera, sería una madre responsable.

¿Y enamorarse de alguien?, ¿y de quién y para qué? Estaba harta de no encontrar la altura suficiente, nadie que le llegara al tacón de elegancia que había escogido para vivir... y de no encontrar más que eso... brutos, torpes, primates. Bestias. Sólo los cobardes abusan de los seres indefensos.

Regina buscaba la belleza de un amor cara a cara. Alguien a quien pudiera remar y que también le remara a ella. Sólo un jinete inquieto podría seguirle sin temor, con sus brazos en regatas, subiendo y bajando los rápidos, por rutas salvajes, como una anguila que vuelve al río. Su olfato de hembra fértil se escondía en un refugio donde sabía que al final se encontrarían. Fais-moi des bisous... Nadar, bucear, brincar en el aire. Enamorarse sería como renacer a otra vida.

Y así fue pasando el tiempo. Era casi agosto y Regina seguía nadando sin desfallecer contra las corrientes del océano, su fuerza interior era su aleta dorsal y el brazo del remo. Ya estaba de cinco meses y no paraba de hablar con su bebé, que ya le había confesado que era una niña. Una tarde subió a la colina y le mostró su futura casa, una antigua casa colonial abandonada con un tejadillo a dos aguas donde crecían hierbas con líquenes naranjas y amarillos sobre una veranda que ella imaginaba con tules crepúsculo-amanecer.









-Sí, hija, algún día voy a comprarla. Seré médico y tendremos una vida digna, ayudaremos a la gente de la aldea. Nosotras solas lo conseguiremos.



Volaba su imaginación por las cumbres de las montañas mientras hablaba con su hija. Con música danzante, ella dibujaba su futuro y soplaba vida en la casa, iba colocando una a una sus lámparas en el techo, cristales de lágrimas en el baño principal y en el salón de invitados. Después, veía venir a miles de pájaros que abrían el portón del jardín entre trinos, plegarias y un aroma de hierba fresca. Una nube regaba un gran flamboyán con abrazos de agua y brisa de tarde, mientras ella disponía la decoración de las estancias con espejos y termas, vidrieras biseladas, cobres y aguamarinas, arabescos y tatuajes. Un poema de primavera dulce y añejo se fue levantando ante sus ojos. Amatistas, gasas, pareos, telas, tapices, muebles de caoba, palo de rosa, cuero y cristal, arcos de adobe, cojines, velas de luz ocre, pourpre, d’un rouge vif, mes points de crochet, alfombras de crin, manteles, cofres con reliquias, talismanes, túnicas multicolores, tambores, máscaras, ambientes, manjares, libros de arte mezclados con utensilios de cocina. Manuels de savoir-vivre pour enfants et adultes.



-Ya he pujado por la casa. La compraré, hija. En dedal de plata, renaceré contigo. Ven pronto, no tardes, que aquí tienes tu cuarto. Sabes que te quiero. Tu nombre es Véronique.


***

Ilustraciones: Cheres Espinosa



RELATO DE LA ANTOLOGÍA QUE SUENEN LAS OLAS

Colección de relatos escritos por mujeres de Canarias y Marruecos


Editado por LA OBRA SOCIAL DE LA CAJA DE CANARIAS


Cofinanciado por AFRICAINFOMARKET


Primera edición: junio de 2007 en Las Palmas de Gran Canaria


 


Foto: Teresa Iturriaga entrevista a Leila Chafai
en el Gabinete Literario LPGC


Sunday, April 1, 2012

COLECCIÓN DE RELATOS



MUJERES DE SAL



Macarena Nieves Cáceres






No, no. Yo seguí corriendo,

me arrastré y emprendí el vuelo

hasta que del cielo cayeron las tinieblas,

la grava hirviente y los pájaros muertos.

Wislawa Szymborska







Desperdigando pétalos cristalizados por los jardines, las rosas me llevaron a saber de su presencia, a indagar sobre las transformaciones de las mujeres de sal en aquella primavera y en todas las primaveras de todos los mundos, de todos los países, de todas las épocas posibles. Las rosas arrebatadas me condujeron a su altar en un instante efímero. Con la fugacidad propia de una tormenta de verano, que se consume en una emoción sin más. La emoción de contemplar el gesto de la palabra: un pensamiento transparente a punto de accionar un diálogo irreversible.

Cuando sucedió el encuentro yo vagaba por el mundo de las desproporciones, arrastrando hambre vieja, en busca de preámbulos: esa chispa que nos promete un fuego eterno y sólo alcanza a caldearnos el cuerpo. Sin otros latidos que el propio y el fulgor resplandeciente de las flores como guía, logré encontrarla. Verla cercana y entender su lenguaje pese a que hablaba otro idioma. La hallé recubierta de sal. Los ojos, las manos y uñas, las piernas, el sexo curtido. Toda la piel y el cuerpo. Cada poro ínfimo respiraba salitre.

Con cada acercamiento mínimo, al contemplarla a la altura del rostro o al acompasar mi respiración a la suya, mucho más tenue, hacía extensible un secreto que prolongaba un brillo anunciador de verdades inciertas; ocultas por tinieblas engañosas y desidias rutinarias. Con cada paso abría viejos senderos y removía grietas nuevas capaces de volverse camino. Y elegí mareas y vientos. Abrigué pasiones que me acompañaran en tal suceso, sin achicarme ante lo que iba descubriendo. Muchas veces, alcanzar plenitudes conlleva dormir a la intemperie. Si se rozan sentidos, la palabra se hace conciencia.
Me bastó tocarla con la punta de un dedo para agrietar maresías. Encontrarle venas azules, como líneas vítreas, que constituían los puntos cardinales de su palpable cartografía. El cuerpo más bello que podamos imaginar se sucedía en una ingravidez atemporal, que nos hacía suponer una realidad onírica. Sólo un hilo minúsculo de sangre, marcándole la comisura de los labios, venía a romper el contorno hermético de su cuerpo, a modo de brasa encendida o plata sellada, regurgitando voces petrificadas. El ahuecarle la sal de los ojos fue abrir un mundo de pureza negra entre tanta blancura salobre; avivar el fuego de una mirada que intuía quebrantada, aunque se mantenía muy despierta y llena de vida. Debajo del gran manto de sal se ocultaba una piel tostada, brillante y lisa, del color del café. El ablandar sus ojos fue abrir un mapa hiriente. Ver todas las miradas de todas las mujeres de todos los mundos y todas las épocas posibles reflejadas en mi propia mirada; como redescubrir un vidrio infinito capaz de conducirnos al llanto abierto, a la lágrima perpetua que viene a reblandecernos la herida. Esta herida nuestra que nos supura siempre del mismo lado, del lado de la pobreza y de las injusticias.

Aquella mujer me hablaba desde su piel, sin saber del sabor de los momentos gratos en que la vida podía convertirse, de los que casi nunca supo su existencia y viceversa. Sabiendo de los placeres máximos por imaginar.

Su figura inerte, condensada en millares de gotitas de sal, fue cobrando vida, convirtiéndose en la prueba veraz de otra multitud de mujeres que nacieron acarreando mutilaciones constantes. Mujeres que desheredadas de un terruño mínimo, a no ser el de la fosa común, se ven excluidas y silenciadas en el abandono. Vetadas de razón y esperanzas de vida…

Su sangre, bullendo por canales transparentes, me lleva a saber de la existencia de mi sangre; de las cavidades de sus senos conteniendo vacíos de agua. Tantas mujeres cruzando fronteras o que se quedan esperando incertidumbres… tantas otras en busca de cuarto propio, donde ir destejiendo sueños…

Siempre como las olas, que nunca se detienen, en constante vaivén.

La mujer de sal podía inventar las mareas que erradicaran las distancias y el desasosiego. Tendida en su cama de helechos iba narrando múltiples historias, enarbolando pétalos de rosas de las formas más variopintas que se puedan enarbolar pétalos de rosa.








Ante mi curiosidad por su hacer, me dice que incesantemente la rosa se convierte en otra rosa, como ya escribiera, hace mucho, el hombre de arena. Que ahora nos tocaba escribir a nosotras de otros vuelos.

Viendo mi perplejidad por su saber y des-hacer comenzó a sonreír, tímidamente, hasta terminar su risa en sonora carcajada.

No creas que sé tanto, -me dijo- ¿No viste, al entrar, la enorme sala de computadoras? Ve donde los ordenadores y verás. Hoy en día las máquinas dicen todo esto que te cuento y más. O mejor déjate guiar por el rubor de las rosas, o por los latidos del corazón… No me veas como un ser divino. Ni bruja, ni diosa. Si te digo que presiento la llegada de la lluvia y cae un chaparrón, puede ser casualidad, ¿no crees?

Antes de poder contestarle un trueno hizo de las suyas, relampagueando vapores y cantos que ahuyentaban cualquier miedo posible. Todo el edificio de cristal cobró matices de arco iris, a la vez que una lluvia fina envolvió la estancia apaciguando dudas. Y vuelta a elegir otra vez: vientos de nuevo, pasiones y mareas. Tierra caliente para derretir clausuras involuntarias. Al unísono ventoleras desatando aguaceros. Convocando pájaros y peces hasta su boca, algunos ya muertos por la travesía. Pétalos de rosas invadían su entrepierna.

Ya sabes de las reacciones experimentadas ante el riesgo - me decía desvistiéndose de su traje de sal - aunque tu coraje te trajo hasta aquí, ya conocías los instintos más primarios de huida y defensa; el aturdimiento y la despersonalización que nos provoca el miedo dejándonos sin flujo sanguíneo, incrementando la sudoración de tal manera que podríamos ocasionar desbarrancaderos infinitos.

Debajo de aquella montaña blanca, que se iba deshaciendo cuidadosamente, podíamos sentir el dulce crujir de una escarcha de azúcar abriéndose al sol. Al tocarse la sangre seca recordó su dolor. No pude evitar inclinarme hasta la comisura de sus labios y deshacer su sangre de sal con mi saliva. Sellando su herida con mi boca.

Antes de abandonar su caparazón de sal agradeció mi gesto, convirtiéndose en una mujer de carne y hueso, para incorporarse sutilmente y decirme: el camino de regreso se cierra tras mi paso, pero se abre a la par que la guarda de rosas se mantiene…

La lluvia no pudo resistir la tentación de teñir su corazón de amaneceres, mientras unos rayos de sol se alongan de manera tibia; queriendo ser testigos del alentador andar que el paso de la humanidad va forjando, consecuencia del viaje que la vida supone.

La luna, a punto de estallarme entre las piernas, brilla en la senda frágil que vuelve futuro los pasos. Dejando huellas eternas al lado de las invisibles, a través de las cuales podemos llegar hasta las mujeres de sal. Si queremos descubrirnos en sus ojos y aprender de sus saberes.

Así fue como surgió el diálogo, desde la palabra propia, con el compromiso como cristal, frágil pero transparente. Capaz de crear tejidos diversos, voces hermanas ya no sólo con esta primavera sino con todas las primaveras por brotarles rosas nuevas.



***

Ilustraciones: Acción fotográfica de M.N.C., Proyecto Picacho.



RELATO DE LA ANTOLOGÍA QUE SUENEN LAS OLAS

Colección de relatos escritos por mujeres de Canarias y Marruecos

Editado por LA OBRA SOCIAL DE LA CAJA DE CANARIAS

Cofinanciado por AFRICAINFOMARKET
 
Primera edición: junio de 2007 en Las Palmas de Gran Canaria

Saturday, March 31, 2012

COLECCIÓN DE RELATOS

UN ÁNGEL EN AID EL-KEBIR



Cristina R. Court






En el hotel Es-Safir de Argel una muchacha joven con el cabello revuelto y un penetrante olor a sexo ya corrompido, ofrecía sus servicios entre planta y planta, cerca de un moribundo y reventado ascensor decimonónico.

De más está decir que se trataba de una proeza portentosa, a riesgo de ser tachada inexorable y para siempre de kafir o infiel, que no falasifa o librepensadora, y ser tragada, como ya le ocurrió, ¡ay!, por el sumidero inclemente de la historia, de un afuera no codificado por su tradición.

Se trataba de un hotel dispensado por el tiempo, embalsamado en su propia decadencia, pero muy sólido, donde se podía hurtar el amor pagano, si no sostuviéramos que aquello se parecía más a una cruenta quimera.

Quién dijo que cada tiempo de coloniaje se obstina en reproducir las huellas especulares de su propia metrópoli. Los españoles legaron por doquier cuarteles y fortificaciones, ah, pero los franceses, los franceses testimonian su vestigio con grandilocuencia, et voilá, ahí quedaron como hermosas naves varadas, sus monumentales hoteles y palacetes para las nuevas élites.

Estábamos en la fiesta grande de Aid el-Kebir que se celebra cuarenta días después del fin del Ramadán. La tradición exige inmolar corderos, asarlos enteros a la brasa y compartirlos con los indigentes, reverenciados en algunos casos como santos por su renuncia a todo.

Hasta las espaciosas terrazas custodiadas por pesados cortinajes llegaba la llamada a la Umma del almuédano a primera y última hora del día. Desde el cielo se expandían las voces rituales con sus aleyas y azoras de la ley divina. ¿Estarían igualmente postrados hacia La Meca mi dulce y hastiada gacela de los entrepisos con la verga de cualquier pendón atravesada, ó, su anticipado triste rostro torvo ya había averiguado cómo se estaba robando a sí misma?

Cuando la descubrí en la escalera, yo subía parsimoniosa, ensimismada con la imagen del sacrificio del cordero y los santos menesterosos tan menguados porque sólo comen una vez al año. Pensaba en lo que contaba un día Baquero – “no se sueña lo mismo cuando se in-cor-po-ra carne que cuando se in-cor-po-ra pescado, chico” - ¿Y qué se sueña cuando no se come? Sin salirme de mi sombra, a cuestas con mi propia biografía, declaro que, los sueños se tuercen y pueden borrar los recuerdos, y entonces se trocan en pesadillas, porque ya no se puede volver a soñar con el hielo, el mar y los trenes. En definitiva, hacen lo que quieren, los sueños, como le hizo Ana Karenina a Tolstoy, perdió el control sobre ella. Aunque el ruso en aquella época sí comía. Y no se libró de la pesadumbre.

Nos tropezamos casi como desde una pregunta, sin evitarlo, ¿cuánto dura el futuro?, quizá estuviera preguntándome mi pequeña y dulce ramera. La eternidad y un día, le habría contestado yo en nombre de Angelopoulus, pero no, ella quería saber sobre mi abrigo. Lo llevaba sobre los hombros y me lo arrancó, con la determinación de los tiranos, aunque no los que vendieron el mar Caribe con todo lo que tenía dentro.

Me acordé de todos los sidis y la inmolación de los corderos, las gacelas que siempre vuelven al páramo - según un dicho saharaui -, la sagrada tradición de compartir con los necesitados, de los imohag o príncipes de las tierras vacías, de Dar as-Salaam, ciudad de la paz o tengamos la fiesta en paz, ¡eh!, incluso visualicé una gumía afilada y resplandeciente. Qué más da. Quédatelo, querida, ya sé que acaso en tu morada no entran los ángeles, incluso aunque no convivas con un perro. Luego me tocó seductora el cabello - ¿eua stari? –, qué hay de nuevo viejo (con voz piadosa de Bugs Bunny) o algo así, le pregunté. Ella me dijo resolutiva y en su idioma cautivo, el francés - ¡ oh, qué suave, dámelo! -, y acentuando el gesto desquiciado de su mano, quiso arramblarlo.

- Mira no, no es posible. Tampoco es tan dramático. Tú has sido defraudada, vale, por todos los que se atascaron en su miseria, tu padre, tu hermano, y todos los que luego abusaron, qué inmerecido y atroz infortunio, malograron tu vida, mujer, y esto no es nada excelso, lo estoy viendo, no creas – mientras se imponía el cordero degollado entre mis ojos, y Goya con Saturno devorando a sus hijos – querría haberle dicho, mientras forcejeaba con su agarrotada mano.

Se fue calmando cuando le menté a El-Hadji, - mira no, no tengo Hach en mi apellido, nunca fui de peregrina a La Meca, ni provengo de una estirpe de santos. Mi genealogía es la de Sócrates, que fíjate fue un prestigioso pedófilo absuelto, aunque estoy permeable a todas las culturas, ahora no puedo complacerte.

Por una misteriosa asociación recordé en aquel delicado momento a mi abuelo Leo y su negocio de confección de pelucas. En los años sesenta esta actividad tan audaz para el mercado, contenía para mí algo siniestro a la vez que prodigioso. En los campos recónditos las muchachas se despojaban de sus compactas trenzas y se las vendían al viejo. Para la niña pequeña que observaba, esto suponía algo así como traficar con el alma.

También he de revelar que no dejé atrás otro recuerdo, un recuerdo apropiado porque pertenece a un amigo, el hombre de la sangre espesa. Me contó una vez, como su bella amante en La Habana se cortó su larga melena, para cubrir la cabeza ya sin cabellos por una penosa enfermedad de la hija de su amado, él mismo. Destilando su memoria y el rumor de sus abejas, quedó ya para siempre este icono indeleble: la dadora.

Pero no era el caso, afuera empezaba a llover y tenía prisa. – ¡Slama, slama, merbah, vete con dios, adiós, adiós, querida niña desdichada, esto no es el lobby del Waldorf-Astoria, ni está el camarero clónico de Borges sirviéndonos sus deliciosos canapés, Lalla, hiallah! -, me safé indulgente de sus garras.

Empezaba a intensificarse el suculento olor a especias, dulces y carne asada, invadiendo los pasajes y vericuetos de la Kasbah. Un trastorno colosal rugía ya en la calle. La noche en Argel habitualmente estaba tomada, más bien sitiada por hombres, solo hombres, incluso bailaban sinuosos entre ellos, enfervorizados, a modo de sustitución de las hembras. Ninguna mujer en la noche de Argel.

Otra cosa sucedía en las fiestas grandes como ésta: sin amputaciones las familias enteras disfrutaban de unas noches vueltas del revés, abierta la noche, abiertos los bares, abiertas las panaderías y las tiendas, abierta la dicha y la música panza arriba. Desde las aceras subían a mi cuarto las risas y los lamentos, toda la charcutería verbal de las verbenas y las solemnes palabras de amor, que se lanzaban los jóvenes al pasar y tan sólo rozarse. Los venerables ancianos descansaban sentados contra las paredes sin perturbar su intensa calma.

Cuando la lluvia se olvidó de sí misma, yo ya merodeaba la ciudadela. Unas extrañas criaturas con sandalias se quejaban de la comida. Resultaron ser americanos. – Cuando Clint Eastwood tan hierático y recóndito él, entra en un café de los Estados Unidos de América, también le sirven el mismo y siempre igual aguachirle americano – les dije con sorna. Fin de las quejas. Aplausos y algarabía musulmana.

Al amanecer penetramos paisaje adentro, donde la tierra fértil empieza a lindar con la curvatura de la luz. La fiesta trazaba por estos páramos otra grafía del misterio. El desierto se abría obstinado en su más lenta combustión.

La muchacha inspirada de los entresuelos se mostraba mansa y sumida en un hermético limbo. Vino con nosotros a este fugaz viaje, para extraviarse de su condena, para ejercer por momentos su derecho a la indocilidad.

Y entonces sucedió lo extraordinario.

Podríamos llamar arrobamiento a esta situación desprevenida del espíritu, una suerte de laxitud en los gestos del rostro, propiciada por el trance al que nos somete la repentina e insoportable belleza.

Uno está expectante, pasivo, algo indolente y como si de un milagro se tratara, algo inusitado abarca todo el espacio, la mirada focaliza esta rara y singular ofrenda, se suspende el orden natural de las cosas y ya para siempre se nos roba el corazón.

No diré que esto suceda todos los días, pero esta inquietante suspensión, transitará ahora por este relato.

No les importunaré con algunos datos sobre la tradición umbría y misteriosa de los iggauen, cantantes y danzantes del linaje de los hijos de la nube del desierto africano. Tampoco me asistiré de las cosmografías del alfabeto zíngaro o gitano, ni de los incipientes blues del jazz doliente y americano. Y no recurriré a esa percusiva arquitectura del ser, expresada en los ritmos afrocaribeños.

Y sin embargo todo este involuntario repertorio criollo se concierta en la siguiente imagen:

ella se erige repentina desde un humilde escenario en cuerpo, cuerpo de baile trascendido, apenas aún nadie presta atención. Algarada y voces entre los espectadores sentados sobre la tierra polvorienta de la hamada del Sáhara. De pronto la suspensión, el silencio, el rapto, la subyugación, el arrobamiento.

Ella baila como si estuviera amando, amándose a sí misma en ellos, dadora y recolectora de la enajenación que les provoca.

Aquellos altos dignatarios de la política y la diplomacia internacional, minutos antes simulando, ejerciendo y diferenciando sus jerarquías, en el instante del rayo, fueron igualados por la súbita finitud, un gran manto de ecuanimidad cubriéndoles de muerte su vanidad por igual a todos.

Se les podía contemplar en primera fila, tan semejantes por una íntima catástrofe oblicua.

Ella danzaba cada vez más entregada y arrebolada, para ellos, para sí misma, litúrgica en su contención erótica, delicada y ondulante, ensimismada en su propio instinto, los brazos abiertos y las puntas de los dedos como terminales de una energía pródiga y tenaz.

Se podía asistir a esta celebración especularmente desde sus rostros, como hace un haz de luz cuando se reflecta en un espejo. Este azaroso viaje de la luz aquí arribaba a un destino, se vislumbraba en ellos como bailaba la hembra pagana.

Se diría que si ellos hubieran cultivado la verdadera comunicación de los hombres de espíritu, se les habría revelado el secreto sagrado de los santos.

Pero no era el caso, insustanciales y un poco ausentes volvieron de nuevo a su condición medianera, custodios de una normalidad más acomodaticia y lacerante. Y ciega.

En esta hora quieta, no diré que no me acuerdo de ella, la dulce niña malograda, híbrido del no lugar en una nave de locos: a quién pertenecía esta isla flotante, este ser suprimido, soñando una cabellera como la hiedra para asirse en algún borde, alguna arista, alguna esquina del mundo. Busco un país inocente, dijo un poeta y no precisamente ella. No fue Albert Camus el argelino quién vociferó, literalmente, en Argel, en Orán, en Bechar que estaba cansado del coraje y los buenos sentimientos. En efecto. Y supo proclamar ¡no! a todo esto.

Atrás quedó la que ya nunca pudo ser dichosa. Conservaba entre sus piernas el misterio fascinante de una vida futura. Entre sus piernas enfermó un animal al que entre todos inocularon la rabia. La contagiada yace ahora bajo una humilde tumba con tres túmulos de piedra, en las que se inscribe un inteligible y brutal epitafio: “aquí yace el perro maldito y suelto”.

Prometí trocar la huella enlutada del paso de su vida por un “aquí yace la dulce niña malograda por todos”. Finalmente lo conseguí tras ardua batalla con la Gendarmerie del lugar.


***


RELATO DE LA ANTOLOGÍA


QUE SUENEN LAS OLAS

Colección de relatos escritos por mujeres de Canarias y Marruecos

Editado por LA OBRA SOCIAL DE LA CAJA DE CANARIAS

Cofinanciado por AFRICAINFOMARKET

Primera edición: junio de 2007 en Las Palmas de Gran Canaria

Thursday, March 29, 2012

COLECCIÓN DE RELATOS


ENTRE TODAS LAS MUJERES

Dolores Campos-Herrero






El mediquito, rubio, recién salido de la universidad, no se le iba de la cabeza. Cosa rara a esas alturas porque la anciana era un ser pacientemente olvidadizo. Como si aquella facultad de no recordar casi nada fuese algo que le hubiera costado mucho aprender.

Un desacostumbrarse que ha requerido de mucha disciplina.

-¿Se acordó de la pastilla de la mañana, madre?– fue lo primero que le preguntó su nuera.

La anciana no sabía de qué pastillas le hablaba, pero eso no le inquietaba.

Lo que le preocupaba era saber quién era aquella mujer triste, de mirada lacia y como de barro pegajoso.

Una de esas chicas envejecidas, tempranamente ajadas por culpa de la resignación y la mansedumbre.

-Si las conoceré yo- dijo en voz alta.

-¿A qué se refiere?- se inquietó la más joven de las dos mujeres.

Hablar era pura rutina. Estaba acostumbrada a los desvaríos, al ir y venir errático de una mujer a la que comenzó a tratar de usted cuando la enfermedad la transformó.

Fue, en realidad, una nueva costumbre que enseguida se volvió natural. No en vano, desde que la conoció le pareció fría y lejana. Algo antipática, también. Pero, sobre todo, celosa y desconfiada.

La típica suegra que considera que el nuevo miembro de la familia no está a la altura de las circunstancias.

No, al menos, a la altura de sus expectativas, de lo que siempre deseó para su Antonio.

-¿Es que no se puede tener tranquilidad aquí?- replicó, malhumorada, la enferma.

La distancia entre ellas tenía que ver con la enfermedad, sí. Pero también con la culpa.

En realidad, nunca se habían querido. No, al menos, como creía que podían quererse dos personas que tienen en común a un hombre. Ya sea hijo o ya sea marido.

En aquellos momentos le habría gustado sentir ternura por la madre del hombre con el que había estado veinte años casada. Pero no le salía aquel sentimiento tan fácil.

-No sé por qué dice eso. Aquí está muy tranquila y la tratan bien- dijo con voz firme.

-No he dicho lo contrario…

-¿Cómo durmió? Hoy tiene una cara estupenda. Vamos, ya quisiera yo parecer tan lozana- gorjeó ahora, la de la cara triste.

La anciana se había quedado mirando una raya de sol que llenaba de un haz luminoso la habitación. El cuarto parecía sacado de esos cuadros religiosos que se encuentran en las estampas, en las ilustraciones de los libros. Pan de oro y la Anunciación. El ángel del señor y María, la cabeza ligeramente reclinada. Un vestido azul con filigranas ribeteadas.

-Y yo ¿cómo me llamó?- preguntó de pronto.

-María, usted se llama María. Se ve que hoy se ha despertado con ganas de broma- se esforzó la visita.

-María- repitió con dulzura la anciana y se dio una vuelta en la cama. Le dio la espalda a la más joven y cerró los ojos.

-Usted se llama María. Su hijo se llamaba Antonio y yo, aunque no quiera pronunciarlo, me llamo Laura. Me quedé viuda hace ocho meses cuando el horrible coche que se compró su hijo se estampó contra una pared. Se estampó nada más salir de una gasolinera. Maldito sea el coche.

-¿Un hijo? Sí, la verdad es que me gustaría tener uno- susurró la anciana.

Eran agradable, a esas horas, las sábanas recién cambiadas; la almohada que le rozaba las mejillas como una caricia. La caricia del mediquito joven.

-Usted con eso de la demencia senil, como que ni sufre ni padece. Pero aquí me tiene a mí, solita, con los tres niños que su Antonio malcrió- refunfuñó la joven.

-No se llama Antonio, se llama doctor Valdés- dijo quedamente la enferma.

-Y por si no tuviera suficientes problemas, a usted no se le ocurre más que rodar por las escaleras de la residencia de ancianos.

-Las escaleras parecían no tener fin- precisó María como si atinara a encontrar un recuerdo que no fuera lejano.

-Y ya ve, como si a mí me sobrara el tiempo… Ahora, todas las mañanas, esta nueva obligación, verla a usted para después contarle a sus nietos que está bien, que se recupera, que no tardará en volver al centro, con su parque, sus cuidadoras, sus canciones y sus amigos.

-Mi madre me decía siempre, niña ten cuidado, no te vayas a subir a ese árbol, que acabarás rompiéndote la cabeza…

-En la residencia, usted se lo pasa bien. Vamos, mejor que yo. Seguro que hasta le habrá echado un ojo a cualquier viejo presumido. Yo no me opondría si se echara novio- se rió, con cierta crueldad, la mujer triste.

-A mí no me gustan los viejos- dijo la anciana con determinación. Y fue entonces cuando dio por terminada la visita. Cuando parecía decirle a la mujer de ojos resecos de tanto llanto

“adiós, muy buenas, que tengas un buen día”.

-Mensaje recibido, adiós María- pronunció la mujer que se llamaba Laura. La mujer que no la quería.

María aquella noche había soñado con un ángel. Sería seguramente el guardián de sus duermevelas.

El de la guarda, al que rezaba de niña arrodillada en la cama y con las manos juntas.

Sí, verdaderamente, podría ser el ángel de siempre, el de toda la vida, el suyo propio, aunque ahora dudaba.

Trató de aclarar este complejo asunto y no pudo. Tuvo que reconocer que, en realidad, no sabía si ese era el de siempre o acaso era un nuevo ángel.

Había en él algo tranquilizador, como habitualmente, pero también un no sé qué desconocido.

No lo había visto entrar. Tal vez se hubiera colado por una ventana abierta.

Igual que una mariposa en primavera o una mosca en días de lluvia.

Como una mosca, no, corrigió ella. Como algo limpio y bonito. El primer soplo de aire cuando en la residencia abre la ventana la chica que limpia los cuartos.








El ángel le tocó el brazo y fue una sensación maravillosa. Nada que ver con ese mariposeo de cuando le hacían cosquillas. No era una mariposa, no. Era un roce tranquilizador. Un roce divino porque el joven custodio tenía una forma suave de animarla. Le daba golpecitos con unos dedos que parecían plumas.

“Dulce compañía”, murmuró ella, en aquel sueño en el que la paloma celestial de cabellos rubios le prometía que nunca la dejaría sola.

Se preguntaba ahora si, en el sueño, se había dado cuenta de que el ángel tenía la cara del doctor Valdés, la misma sonrisa blanda de labios muy finos.

Sí, era su misma cara.

La forma de la cabeza, sin embargo, era distinta. Tenía como un halo, aparecía nimbada con una especie de corona de bruma.

Y llevaba melenita, el pelo más largo.

Los cabellos rizosos y rubios como se usan en el cielo.

Qué tonta, por qué no se fijó en la voz…

¿Qué dijo?

“María, no te asustes, tienes que estar tranquila”… Le parecía que esas fueron las palabras.

O, a lo mejor, no dijo nada.

Esa mañana estaba un poco confusa.

Confusa pero feliz, enteramente feliz, muy feliz.

Si el ángel estaba con ella, no iba a echar de menos nada. No iba a sentir opresión, ni el vacío raro de algunas tardes. O esas rachas confusas que le entraban en la cabeza. Visiones entrecortadas de jardines, bailes de tarde y juegos de cartas en los que siempre había alguien, algún vejete marrullero, que hacía trampas. Retazos pasados de un noviazgo largo y un matrimonio breve, ocho meses de mala vida y después, el abandono.

Estarían juntos. Juntos en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte.

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”, pensó y se quedó turbada. Debía ser la letra de una canción antigua o alguno de esos poemitas que tuvo que aprenderse de memoria en la escuela.

“Blanca y radiante va la novia”, pronunció mentalmente y se dio cuenta de que no sabía cómo seguía aquella oración que tenía ganas de rezar ahora.

El ángel volvió a eso de la una y media de la tarde.

María acababa de comer. Le habían ayudado con la sopa y con la pechuga de pollo, tan tiernita, “coma, coma, ya verá como recupera fuerzas”. Y le habían quitado pacientemente las mondas a una naranja grande y de piel luminosa.

Le sorprendió el sabor agridulce de la fruta y arrugó la nariz y cerró los ojos.

El almuerzo tempranero le había dado soñarrera y se quedó transpuesta.

-María, ¿qué tal la tratan en este hotel?- dijo él y la verdad es que pensó que no eran palabras dignas de un ser casi todopoderoso.

De un volátil, con flechas, alas y plumas.

-¿Qué hotel?- balbució ella y abrió los ojos justo en el momento

en que el angelito sacaba un carcaj dorado y le apuntaba al corazón directamente.

No tuvo miedo. Por el contrario, deseó vivamente que el tiro no fallara, que quedara enquistado en el centro del artefacto, tic tac, tic tac, que hacía siempre aquel ruido travieso.

Ella iba a decir “ay” pero se quedó absorta en la extraña transformación de angelote a angelillo. Y después, de angelito pícaro y sonriente, a doctor Valdés.

- La cosa va muy bien, María- dijo el médico recién salido de la universidad.

Y María quiso ser cortés y decir algo y las palabras le hicieron un borbotón en la garganta y no fue capaz de pronunciar palabra.

Esbozó una sonrisa, eso sí. No fuera a ser que el mediquito, joven, rubio, amoroso como un ángel, fuera a pensar que ella estaba a disgusto.

- Esta tarde le tenemos que hacer otro escáner, María.

- ¿Qué? – apenas acertó a decir ella.

- Una prueba. Ya verá que no le hacemos daño- prometió el doctor y le tomó una mano que temblaba ligeramente.

El doctor Valdés repasó sus notas y caviló un instante, valoró un momento, con la mano agitada de la anciana todavía en la suya, la posibilidad de ajustar de nuevo las dosis de algunos fármacos.

La edad, meditó, que hace que los cuerpos dejen de ser dúctiles y dóciles. Complicadas maquinarias difíciles de mantener a raya.

Ella, en cambio, se vio demasiado niña. La elegida entre un montón de jovencitas lindas.

La única de entre todas las mujeres.

-¿No estará nerviosa, verdad?- le preguntó el doctor y ella imaginó de nuevo al anunciador de su sueño. “Dios te salve, María”, le había dicho.

Movió la cabeza para decir que no. Y ya el doctor se desprendía de su mano y se sentaba un instante en el borde de su cama, y le largaba una perorata incomprensible. Y ya el doctor le prometía que, en menos de un mes, estaría afuera, haciendo su vida normal, cuando ella sintió lo que nunca.

El deseo de que aquel ángel, aquel médico, aquel hombre no se marchara nunca.

***

Ilustraciones: María y María y cúpula, de Sira Ascanio.



RELATO DE LA ANTOLOGÍA



QUE SUENEN LAS OLAS

Colección de relatos escritos por mujeres de Canarias y Marruecos

Editado por LA OBRA SOCIAL DE LA CAJA DE CANARIAS

Cofinanciado por AFRICAINFOMARKET

Primera edición: junio de 2007 en Las Palmas de Gran Canaria