Friday, August 15, 2014

 
Mujeres de ayer y hoy
por Teresa Iturriaga Osa



  
        Leer en la Playa de Las Canteras es placentero también en las tardes de verano. Parece que el Atlántico aviva las neuronas y se ven mejor las cosas, aunque la humedad vaya destrozándole a una, poco a poco, la garganta, le duelan las articulaciones, y el salitre vaya achicándole la piel. Pasan los estíos por el alma y nos merecemos cada vez más el tiempo de un café. El libro y yo. Yo y el libro. Nosotros. Me siento en el paseo frente al mar. Es ferragosto y es la rama robada, el hijo, la ausencia, el cóndor, la infinita, la noche en la isla, el viento en la isla, la pregunta en la isla, el daño, el sueño, la muerta, el amor del soldado. Y hoy quisiera compartir un descubrimiento, invitándoles a la lectura de un libro que me llegó inesperadamente a las manos y que muestra la realidad de la mujer canaria de ayer: Mujeres, de Bárbara Hernández.
        A las personas que nos gusta investigar, como el impertinente Jaimito que se pasa el día preguntando por las cosas y su porqué, no deja de sorprendernos la historia de la cultura, es curioso que el pasado siga aún latente en muchas esquinas mohínas de nuestra sociedad. Desde luego, en Canarias, los mayores conocen bien ese ayer, pero no ocurre así con los jóvenes, de manera que es bueno que hagamos periódicamente un ejercicio de estiramiento cerebral con dosis de lectura y memoria como medicina preventiva para enfermedades congénitas. Por si acaso a aquellos rejos de calamar se les ocurre sacudirse el letargo y salir a dar un paseo disfrazados de modernos. Nunca se sabe. Informarnos del ayer es volver a recordar lo que se resignaron, ignoraron y sufrieron muchas de esas mujeres canarias que aparecen en las fotos antiguas y, desgraciadamente, no tan antiguas. Se trata de un libro sólo apto para mayores de edad, en otras palabras, que hay que leer con frescura y sin resentimiento. Es formativo, no destructivo, entiéndanme. Tampoco va de feminismo ni de machismo, es esencialmente antropológico, desde mi parecer. Y optimista, porque, sin duda, les ayudará a mirar hacia delante con más fuerza que nunca y a respirar a pleno pulmón el aire de este mar, felices de haber nacido en los días de la invención del bikini y del tanga.
         El libro sintetiza todo el universo de la mujer canaria desde finales del XIX hasta mediados del XX (1850- 1940). Subraya la autora que, para la mujer de aquella época, lo primero era la familia: “A principios de siglo, el doctor Bethencourt Afonso, en una reseña sobre la consideración de la mujer en estas fechas, señala que es ella la que lleva la voz cantante en los asuntos de familia. Nada se hace sin su consentimiento o su beneplácito”. Sin embargo, en el mismo capítulo, a esta consideración se le añade “un pequeño detalle”, y es que no se excluían, en muchas ocasiones, las palizas y otros hábitos matrimoniales de signo negativo que también formaban parte de la tradición.
        Seguimos avanzando en la lectura donde la autora hace un recorrido acompañado de fotografías por los momentos clave de la vida social de la mujer: matrimonio, divorcio, etc. Tengo que confesar que, para mi mentalidad, es alucinante observar que el adulterio femenino escaseaba en aquellos años, pero, en cambio, eran muy frecuentes los masculinos. Sin comentario. Y fíjense en esto, en lo que se escribía de la vida de aquellas mujeres de entonces... Por ejemplo, en un artículo titulado “La manigua de La Isleta”, en 1932, el cronista Hurtado de Mendoza afirmaba que la mujer obrera del barrio grancanario de La Isleta paría hijos constantemente y sólo acudía al médico en contadas ocasiones por costarle 8 pesetas, justamente “lo que se gastan las mujeres burguesas en medias o en jabón”. Y sigo leyendo. El cronista añadía con una lucidez de hombre del siglo XXI que “el matrimonio es el RIP en la vida de una mujer”. También se habla en el libro de la dote con la que una mujer llegaba al matrimonio, que consistía en muebles, o bien, en la ropa de la casa, o que, por ejemplo, los gastos de la celebración en la iglesia eran costeados por los padrinos, y estos eran elegidos por los novios. En el libro, no hay que perderse tampoco la fotografía de un joven hablando desde la calle con una chica asomada a su ventana, se titula “Enamorando”. Eran tiempos de “cortejo”, algo que a los jóvenes de hoy les debe de sonar a chino...
 
 
 
 
        Bien, seguimos. Avanzo en la lectura y el libro se va poniendo cada vez más interesante. Se trata el tema de los partos, los hijos naturales, las comadronas, etc. Sin embargo, lo mejor llega hacia la página 12, donde se nos explica esa costumbre marital que se llamaba “el zorrocloco”: “Según la tradición, el marido de una mujer recién parida, una vez levantada ésta, se acostaba y recibía a las visitas y sus presentes, especialmente alimenticios (caldos de gallina, vino, dulces, etc.)”. Aquí es para llorar o para explotarse de risa... Para que luego digan que las flores no caminan y yo veo aquí una caminando (uno de los piropos más bonitos que me han dicho, al pasar al lado de un grupo de mendigos). Puro surrealismo. Créanselo.
        El libro también trata de la educación de las niñas, ya que los conceptos de la educación y el trabajo eran diferentes según el sexo. El texto se acompaña de fotografías y, especialmente, destaca una imagen que recoge a un grupo de niñas a la salida de la escuela en la calle de Triana. Se les ve muy felices. También se va explorando el mundo del ocio femenino de la época, diferenciado por sexos y clases sociales: “En lo que respecta al ocio de las mujeres canarias, tanto en el tiempo que se le dedica como las actividades que se realizan, están perfectamente diferenciados los sexos; igualmente, aparecen marcadas las distancias entre las mujeres del campo y la ciudad y, aquí, entre las burguesas y las obreras”.
        En cuanto a las fiestas, ya casi al final del libro, aparece una imagen muy ilustrativa de la participación de la mujer en las celebraciones: “Desde la ventana”. Una imagen vale aquí más que mil palabras. Ustedes dirán. En la página 57, una fotografía muestra cómo las chicas se divertían los domingos en la plaza, ya que ese espacio suponía para las chicas su único tiempo de diversión. También se describen las nuevas formas sociales de las mujeres que, una vez casadas, debían comportarse con cierta distancia en público. Las buenas formas del matrimonio. A partir de ahí, prohibido todo desmán. Es interesante comprobar cómo se criticaba a las mujeres inglesas por la manera de saludar y despedir con un beso a sus compañeros masculinos en el Metropole. ¿He leído bien? ¿Ni un beso?
        Asimismo, se van describiendo cuáles eran las verdaderas expectativas de una mujer en aquellos años. En general, no se deseaba nada más que casarse y tener una familia. También se relatan las normas sociales del cortejo, es decir, las entradas y salidas del novio en la casa de la novia. Muy divertido aquel sistema de vigilancia y control...
        Entramos en el mundo de la ropa femenina, especialmente, en la mantilla como el símbolo de la mujer canaria: “La prenda femenina más importante y característica de la vestimenta tradicional, especialmente en Gran Canaria, es la mantilla canaria. Durante los siglos XVIII y XIX, los colores utilizados eran el negro, blanco y rojo, aunque según las localidades destacan el azul y el verde”. Estos complementos fueron evolucionando y a la mantilla se le añadió el sombrero, posteriormente, sus colores fueron sólo dos: “blanca (cruda) para las jóvenes y negra para el luto”. Su valor de atuendo cotidiano se fue reduciendo hasta que adquirió un significado meramente religioso: “Entrado el siglo XX, el uso de la mantilla se reduce a la prenda para asistir a misa que se lleva con un alfiler bajo el mentón o sin nada”.
 
 
        Y, para terminar, hay que resaltar la fotografía de unas señoritas participando en una fiesta en carrozas, reinas por un día.
        En fin, vale la pena que le echen un vistazo al libro Mujeres, de Bárbara Hernández; es muy instructivo y silenciosamente elocuente y alentador. ¿Qué les parece? Visto lo visto, han cambiado mucho las cosas en este lado del mundo y lo que tienen que cambiar aún... para que de verdad se cumpla esa igualdad entre todos los seres humanos de cualquier sexo y condición. En ese sentido, cualquier tiempo pasado nunca fue mejor. Y no, no siento ninguna nostalgia por aquel pasado de mujeres enfundadas en color sepia. Las mujeres de hoy sabemos que hay cosas que no se venden. Ya no. Por ejemplo, la libertad. Por ejemplo, la vida. Vida, en ti vacilo, caigo y me levanto ardiendo. Eso me lo enseñó Neruda. Un beso.
 
Fotos actuales / Teresa Iturriaga Osa
Las Palmas de Gran Canaria
 

Wednesday, August 13, 2014

 
EL AIRE DE UN TRINO


RELATO

Teresa Iturriaga Osa


 



Las Cadenas del Demonio se deshacen con inocente crueldad en las manos de los Sedientos.”

                                                                             Leopoldo María Panero

 
       
        Cuando hay que decir adiós, me voy del brazo con mi amigo, el de los tristes ojos niños. Por las mañanas, nos vamos a su banco de mendigo y nadamos juntos del parque de las palomas moribundas hasta los finos jameos de un rumor. La luz que nos invade a los dos es ya un bolero perdido en el aire de un trino. Y estamos solos, tan solos como el único beso que no abandonó nunca sus labios. Entonces vienen todas, y las migajas de pan nos recuerdan nuestra historia, el defecto de dar y dar de nuestras manos. Por eso creo que estamos juntos como ángeles albatros.






        Aquel fin de semana, Anna estaba fuera de sí, quería salir corriendo del disparate cotidiano en el que funcionaba sin sentir ningún estímulo, nada le hacía palpitar, nada, nada… salvo el ruido del ascensor. Cuántas horas de desvelo esperando a que Héctor llegara del bar, con copas o sin ellas, lo importante era que aquel desperdicio humano que decía ser “su marido”, por fin llegara sano y salvo al hogar. El viejo motor del elevador era la señal de tranquilidad necesaria para que su cerebro bajara las defensas, agotada por el silencio de la noche que la forzaba sin descanso contra la pared y apretaba con fuerza sus dientes contra el miedo. Sufría el pánico de perderlo. No habían tenido hijos. Por eso, nadie la obligaba a ser una mujer más allá de lo responsable, treinta y cinco años, una chiquilla, pero estaba totalmente desquiciada. Tenía los nervios estallados a causa de innumerables madrugadas sin sueño mientras repetía una frase que retumbaba en su interior: dejadme oír el viento, dejadme oír el viento, dejadme oír el viento…

        A media mañana, según salía del portal, Anna se iba a desayunar al café de un parque cercano. Allí pedía un té, un zumo de naranja y un croissant, y se dedicaba a escuchar el fluir del agua en aquel remanso de paz antes de seguir su camino al supermercado. Uno a uno, iba fijándose en los detalles del jardín, mientras los patos y los cisnes chapoteaban en su cortejo nupcial y los niños arrojaban migas de pan seco al estanque. Cualquier cosa le servía de distracción. Su mirada localizaba discretamente a las parejas de enamorados que escondían sus caricias entre las matas… Observaba al perro corriendo tras la pelota de su amo, a la muchacha con la anciana en silla de ruedas… al ladrón oculto en el tronco de un árbol, al acecho del primer descuido del débil para robarle la cartera… al típico viejo verde con aspecto de bonachón… Un desfile de palomas, urracas, abejas, mariposas, mirlos, gorriones, colibríes y libélulas inquietas, sobrevolaba su cabeza con un gran escándalo de trinos y zumbidos, de orgía en orgía, de seto en seto. Y un poco más allá, en un lugar apartado del parque, bajo la sagrada sombra de los magnolios, vivían los mendigos. Cada uno de ellos tenía su propia jurisdicción, cada banco era su reino.

        Pero ese día, algo llamó fuertemente su atención. Un bulto que asomaba entre los matorrales se movía con convulsiones extrañas. Sintió el impulso de acercarse hasta allí, podría tratarse de uno de aquellos pobres infelices… quién sabe si necesitaba ayuda. Y así sucedió. Bajando la escalera serpenteante de la emoción, en busca del tesoro, Anna se topó con el mendigo, la cara oculta del deseo. Tan ocupado estaba su corazón en las tribulaciones de la noche, que no encontraba en ella el valor suficiente para hablarle. Dudó si estaría muerto. Se preguntó sobre lo importante: ¿hacer la compra?, ¿salir corriendo?, ¿o, tal vez, regresar al nido? Finalmente, pensó que aquel hombre con espasmos era lo primero. El reloj sabría esperar. Cuando giró su cuerpo, aún respiraba. No, no estaba muerto. Aquel peregrino disfrazado de dolor la miró.

  • Mujer… Ayúdame.
  • ¿Qué tiene?
  • No puedo ni moverme, hace dos días que no orino y siento aquí un fuego que me va a reventar las tripas…
  • ¿Quiere que le lleve a urgencias? ¿Pido una ambulancia?
  • Ya he ido al ambulatorio y me han dicho que tengo una piedra, pero no tengo un céntimo para comprar las hierbas para echarla, cola de caballo y rompe-piedras… eso se compra en herbolarios…
  • Espere… voy a traerle un poco de agua, tiene que beber mucho para expulsarla.
  • Si puede traerme algo para comer, por favor, no he comido nada en todo el día.
  • Vale, enseguida vuelvo.


        Así comenzó la relación entre el mendigo y la mujer anónima el día en que se cruzaron sus destinos. Anna bajaba puntualmente al parque a ver cómo se encontraba, le llevaba un termo con tisana, zumos, bocadillos variados, jabón y cuchillas para el aseo, toallas, ropa, mantas… Y, sin apenas darse cuenta, tras varias semanas de compañía, Juan Francisco se fue convirtiendo en su amigo del alma. Era un verdadero sabio. Por su forma de hablar y de reflexionar sobre la existencia, a Anna no le cabía ninguna duda de que el misterioso pasado de aquel hombre tenía mucho que ver con un vasto conocimiento del mundo, pero también con una formación académica excepcional. Y aunque no tenía donde caerse muerto, era todo un caballero.

        Un mediodía de primavera, él la nombró reina y la sentó en su trono, reservando para ella la mejor parte de aquel banco de mendigo. Día a día, fue contándole muchas historias interesantes, cosas humanas difíciles de interpretar. Para él, ser miembro de la tribu del estigma significaba poseer un rango, un linaje especial que le confería un aire bohemio y ajeno al sistema. Una tarde le confesó que había estado viviendo en un psiquiátrico durante dos años hasta que se escapó. Toda una aventura, pensó la reina. Sin embargo, de todo aquello, de su supuesta locura y de las razones que le llevaron a su estado no le gustaba hablar, pero ella siempre insistía en que le explicara cómo había sido aquella experiencia tan emocionante para su imaginación. Alguna vez, Anna había pensado en la opción de ingresar en una casa de reposo para recuperar el equilibrio. No sabía cómo interpretar sus sueños y pesadillas, frases que le abrían un boquete en el cráneo sin salida lógica, a las que no podía encontrar una solución o explicación sensata. La imagen del mapache bajo la lluvia le había hecho creer muchas veces que estaba medio loca, ¿quizá medio loca de amor por Héctor? ¿Merecía la pena seguirle los pasos? Ese enigma de la verdad le había hecho perder el norte.

(…) Tú no estabas en la frontera cuando sonó la campana.

Sólo un triste mapache me miraba bajo el árbol.

Intenté reanimarlo con un beso, pero ya era tarde, habías huido con ella.

El hada de la lluvia era nuestra única esperanza y tú te la llevaste amordazada.

Devuélvemela.

Hicimos un pacto, recuerda.

Sí, ya sé que estás ausente, y que aún necesitas ver el color de mi collar para comprenderme.

Pasarán dos lunas, tres lunas, cien lunas.

Vestiré con las ropas de mi pueblo, danzaré y danzaré…

Entonces, atraeré el alma del mapache y del hada, y no me quedará más remedio que irme o quedarme.

 
        La voz de su maestro le interrumpió el sueño:

  • ¿En qué piensas, Anna?
  • Nada… pensaba de nuevo en Héctor y el mapache… Sabes que sueño con esa imagen y no le encuentro ningún sentido. Me estoy rayando con esa historia, voy a la deriva… y no sé si acabaré en un psiquiátrico… Me obsesiona la idea de estar recluida en esos centros de salud con corredores llenos de personajes que no son de esta galaxia…
  • Durante el tiempo que estuve allí, vi muchos casos de enfermos mentales, encontré de todo, pero conocí a locos excepcionales, artistas, pensadores, científicos, disidentes… gente que antes el mundo llamaba visionarios.
  • ¿Y cómo no nos damos cuenta de eso ahora?
  • Porque no siguen vuestro ritmo de despertador, se alimentan de la fugacidad de los deseos que nada tienen de elementales, ¿es eso suficiente para relegar al olvido a tantos genios en nombre de la cordura oficial?
  • Ya ves.
  • Y piensa en esto… ¿Qué es la ausencia, sino presencia?
  • ¿Quieres decir que parece que están ausentes, pero que, en realidad, están más vivos que nosotros?
  • En efecto. Por cierto, llevo días pensando en lo que me dijiste del mapache, es curioso… ¿Tú sabías que los mapaches se hacen los muertos cuando se ven amenazados? Medita en eso, quizá por ahí encuentres la solución a tus problemas.
  • Sabes que mi problema tiene un nombre: se llama Héctor.
  • Las adicciones también son desórdenes mentales, querida. A veces, sucede que nos hacemos adictos del alma.
  • Eso no es así. No me compares a un hombre con una comida o una droga…
  • No te engañes. A pesar de sus efectos secundarios, ese alimento tóxico nos mantiene vivos durante tanto tiempo que sólo la idea de cambiar de dieta nos puede costar la identidad. Los pilares donde hemos apoyado nuestro edificio vital se caen como naipes ante el temblor de la soledad.
  • Puede que tengas razón. No nos gusta pensar en lo que nos acecha en la sombra, sea bueno o malo, no estamos preparados para las sorpresas.
  • Todos tenemos miedo al cambio, a lo desconocido, al riesgo de jugarnos la vida por algo que puede decepcionarnos, por ese poco de humo que se desprende de la pasión… ¡Oh, miedo, poderoso verdugo!
  • Pues yo no pienso seguir así. Estoy hasta los mismísimos ovarios de vivir muerta de miedo. Esto no es plan.
  • Lo sé, estás harta, por eso me encontraste, pero yo no puedo hacer por ti lo que tú debes hacer. En ti está la solución.
  • Sí, ya lo sé, amigo mío. ¡Uy, qué tarde se me ha hecho hoy! ¡Tengo que irme! ¡Y gracias por tus consejos! Hasta mañana, cuídate.
 
 
 
 




        Anna durmió de un tirón aquella noche, sin pesadillas. Por eso, se levantó muy temprano, como una rosa, más animada que nunca. Héctor acababa de llegar de su juerga nocturna y yacía borracho en el sofá. El salón apestaba a alcohol. El panorama era desolador, pero, por primera vez, su mujer lo miró con una distancia infinita. Abrió la ventana para que entrara aire en la estancia y lo tapó con una sábana. Por supuesto, él ni se enteró. Después, como quien acude a la cita del amado, Anna se duchó y se arregló con más estilo que nunca, preparó su bolso de mano con cuatro prendas bonitas, el neceser, la cartera y un frasco de perfume Eau d’Orange Verte; bebió un vaso de agua, se puso las gafas de sol en el escote, apagó todas las luces, se dio la media vuelta y salió sigilosamente de su casa. Bajó caminando por las escaleras, lejos del ascensor maldito que había golpeado su cerebro hasta machacarle la razón. Necesitaba sentir el sol y el viento a toda vela. Las corrientes que agitaban los trinos de los pájaros. Quería conocer el camino hacia las fuentes que sólo ellos conocen.

         Era un día luminoso y la gente caminaba por la acera con la prisa de la vida, todo se fundía en un abrazo de latidos cromáticos intensos, el gran momento de saltar al ruedo sin memoria, sin culpa, sin miedo. Fue la última vez que la vieron en aquella pequeña ciudad de estricto secano que se balanceaba sobre los rascacielos. Durante meses, la buscaron sin éxito. La dieron por muerta. Pero, al cabo de un tiempo, Héctor recibió una carta de Anna en la que le decía que era muy feliz. Se había ido a vivir cerca del mar, a un lugar donde se oía el galope del viento desde el amanecer.
 
 
 
 

Thursday, July 31, 2014


La valenciana Cecilia Rodríguez Bové gana la

 segunda edición

del concurso Purorrelato de CASA ÁFRICA



En esta segunda edición de Purorrelato se han recibido 374 textos de diecisiete países.

 
 
Casa África acaba de hacer público el fallo del jurado de la segunda edición de su concurso de microrrelatos, Purorrelato, que da por vencedora a la valenciana Cecilia Rodríguez Bové, autora del texto titulado Cazadores. El jurado valoró que este microrrelato transportara al lector a un paisaje casi onírico, la sensibilización medioambiental, el ritmo pausado y el lirismo. Cecilia Rodríguez Bové recibirá un premio de 500 euros y verá su texto publicado a la cabeza de una selección de las obras presentadas al concurso que Casa África editará, en formato libro electrónico gratuito, antes del final de este año.
El segundo premio de este certamen corresponde al salmantino residente en Madrid Isidro Catela Marcos, con el microrrelato Goliat, y el tercero, a la argentino-alemana residente en el País Vasco Greta Frankenfeld, que firma Meditación. En el caso del segundo premio, el jurado basó su decisión en el imaginario evocador y poético, el humor soterrado, la defensa de la diferencia y un sutil homenaje a la literatura hecha en África. En el tercero, resaltó su estructura circular, su contenido sugerente, el simbolismo y la plasticidad. Segundo y tercer premio recibirán un bono regalo de 100 euros para comprar en la tienda online de la librería Canaima. Isidro Catela Marcos recibe el segundo premio de este concurso por segundo año consecutivo.
La segunda edición de Purorrelato se ha saldado con la recepción de 374 textos de diecisiete países, escritos en francés, portugués y castellano. Los microrrelatos han llegado hasta Casa África desde diferentes puntos del territorio español y desde países como Perú, Ecuador, Colombia o Argentina, en el continente americano; Portugal, Alemania o Francia, en Europa, y Camerún, Burkina Faso, Uganda, Mozambique o República Democrática del Congo, en África.
Purorrelato nació con el objetivo de incentivar la creación literaria que nos anime a sentir y pensar sobre África y que muestre sus distintas realidades, siempre desde la perspectiva del acercamiento al continente y el alejamiento de estereotipos y clichés. La convocatoria arrancó el 1 de abril y finalizó el pasado 1 de julio. En el jurado participaron escritores y académicos como Felisa Rodríguez Prado, María Jesús Alvarado Benítez, Teresa Iturriaga Osa, Francisco Javier González García Mamely y Oswaldo Guerra Sánchez. El certamen se celebró por primera vez el año pasado, ocasión en la que el primer premio fue a parar a otra escritora, María del Mar Horno García.
 
 
 
 
CASA ÁFRICA
Las Palmas de Gran Canaria 
 

Foto/ T. Iturriaga
 

Thursday, July 24, 2014


CUENTOS AFRICANOS

Los niños de cera


Traducido por Teresa Iturriaga Osa





     Cerca de las colinas del Matopos vivía una familia cuyos hijos estaban hechos de cera. La madre y el padre eran exactamente iguales que el resto de la tribu, pero por alguna razón, su prole resultó ser de cera. Ahora bien, aquello que en principio fue motivo de gran tristeza para la pareja –¿quién habría puesto tal marca en su descendencia?-, se fue convirtiendo en una situación normal a medida que iba creciendo un profundo amor hacia sus hijos.


 
     En verdad, a los padres no les costaba ningún esfuerzo amar a sus pequeños. Otros podrían estar peleando hasta llegar a olvidar sus deberes, pero los niños de cera eran siempre responsables y nunca luchaban entre sí. Además, eran tan buenos trabajadores que un niño de cera era capaz de realizar el trabajo de dos o más niños corrientes.

 

     El único problema que daban en el poblado es que no se podía hacer fuego cerca de ellos. No les quedaba más remedio que trabajar de noche, porque de día se derretirían por el calor.
 
     De modo que su padre les construyó una cabaña oscura sin ventanas para resguardarlos del sol. Durante el día, ningún rayo podía penetrar en la oscuridad de aquella choza y así los niños de cera estaban a salvo. Y una vez que el sol se ocultaba, salían de su vivienda y comenzaban a trabajar, atendiendo los cultivos y vigilando el ganado de igual forma que lo hacían los otros niños a plena luz.
 
     Uno de los niños de cera, Ngwabi, siempre imaginaba las cosas que ocurrían durante el día. “Nosotros nunca sabremos cuál es la apariencia del mundo”, les decía a sus hermanos y hermanas. “Cuando salimos de nuestra cabaña, todo está tan oscuro que casi no se ve nada”.
 
     Sus hermanos sabían que era muy cierto lo que decía, pero asumían que nunca podrían saber cómo era el mundo en realidad. Se contentaban con tener otras cosas que el resto de los niños no tenían. Sabían, por ejemplo, que los otros niños tenían miedo, mientras que ellos nunca habían experimentado el dolor, y, por ello, se sentían muy afortunados.
 
     Sin embargo, el pobre Ngwabi seguía suspirando por ver el mundo. En sus sueños, divisaba las colinas en la lejanía y observaba las nubes que venían cargadas de lluvia. Vio los senderos que conducían hasta allí a través de la maleza y deseó seguirlos con toda su alma. Caminar de noche por aquellos caminos era algo que un niño de cera nunca podría hacer... Era demasiado peligroso.

 
     Pasó el tiempo y, a medida que crecía, el deseo de Ngwabi de ver el mundo iba en aumento desde el mismo instante en que el sol hacía su aparición. Finalmente, su deseo se hizo irrefrenable. El chico no podía más. Hasta que un día salió corriendo de la cabaña cuando el sol lucía en lo más alto del cielo y todo brillaba a su alrededor. Mientras, sus hermanos le chillaban e intentaban agarrarlo para que no saliera de casa, pero no pudieron detenerlo. Y Ngwabi se marchó.
 
 
***
 
 
[Alexander McCall Smith, “Children Of Wax”, del libro The Girl Who Married A Lion, una recopilación de cuentos tradicionales africanos de Zimbabwe y Botswana. Canongate Books, Ltd, Edinburgh, 2004, pp. 49-51.]

 

Saturday, July 19, 2014


RESEÑA
 
El cielo es azul, la tierra blanca, novela de Hiromi Kawakami.
 

 

Por Teresa Iturriaga Osa


En la lectura de la novela El cielo es azul, la tierra blanca, de Hiromi kawakami, constatamos que el tema de fondo es la revisión de la vida y la muerte; la diagnosis de la existencia con una mirada distante y serena, sobre un observatorio privilegiado, el amor entre dos personas de edad y trayectoria vital muy diferente, desde donde la autora divisa las constelaciones humanas. Este acercamiento entre dos seres que se atraen nos obliga a la inmersión en el vasto océano de la incertidumbre que siempre acompaña al ser humano en su crecimiento.

Puede afirmarse que la novela es muy zen, porque se establece un viaje de regreso hacia ese centro de uno mismo que quizá conocimos en la niñez, esa intensa estación de nuestra vida que termina por olvidarse en el cansancio de los años, en ese ir y venir por los laberintos del mundo. Por ello, la novela nos habla de la memoria de lo genuino, en la recreación de un mundo más bello y más sincero. La autora incide especialmente en ese punto, allí donde la punta de flecha toca de lleno el corazón y el plexo del ser humano. En ese sentido, la literatura de la autora se hace intensamente femenina y nos lanza preguntas sin respuesta para que vayamos ordenando nuestro mundo de creencias.


El tiempo en la novela


No deja de ser extraño el tratamiento que hace la autora del tiempo. No es lineal, parece una nebulosa intemporal, como si el reloj se hubiera detenido y los lectores estuviéramos sentados al lado de los protagonistas, observándolos desde una mesa de la taberna donde coinciden al azar, bebiendo sake y comiendo con ellos. Y allí, en silencio, nos deja sin aliento, como voyeurs, observando sus torpezas en el acercamiento amoroso, los pasos a ciegas que uno y otro dan hacia la confianza mutua. No en vano, Tsukiko significa “Confianza”. Al fin y al cabo, la cronología de los hechos es lo que menos importa cuando nos visita la intensidad, es decir, el amor. Entonces, el otro se convierte en nuestro espejo, en la puerta que a través de un amor verdadero nos ayuda a abrir nuestro propio umbral interior. El otro es la llave que nos hace pasar de una prisión de “ausencia” a un bellísimo paisaje de “presencia”.

La peculiar narrativa de Hiromi Kawakami -a veces muy cercana a una prosa poética sublime-, nos retrotrae transportándonos a la voz de nuestras experiencias primeras. Tsukiko es una mujer que no quiere dar el paso a la madurez y sus reacciones son de una adolescencia enfermiza y conmovedora. No encaja en ninguna parte porque, a pesar de su edad -treinta y ocho años-, sigue siendo una niña extrovertida, pero muy imprudente e indecisa... No obstante, ella misma reconoce que esas características ya no son una virtud natural, sino todo lo contrario, porque no tiene edad para mantener ese comportamiento y debe dar un paso hacia delante hacia la madurez de la responsabilidad sin perder la identidad y la frescura. También es evidente que la relación con su madre lleva consigo una sombra de elementos hostiles, por la misma de fuerza de la relación de amor-odio que les une. De alguna manera, en la novela hay gestos de reparación de esa latente hostilidad de Tsukiko -y eso se aprecia perfectamente en el capítulo en el que le ayuda a preparar su comida favorita- hacia una madre que está, en cualquier caso, antes de todo, y es amada por encima de todo. Da la impresión de que ese monólogo interior a modo de confesión de Tsukiko hacia su madre le ayuda a convivir con los elementos contrastados que le atraviesan el alma. Así, la autora nos enfrenta, a través de todos sus personajes, con esos aspectos de nuestra personalidad -dignos de mención- que hemos tenido que desarrollar en la corriente del mundo como sombras necesarias en nuestra identidad madura. No obstante, insiste en esa aceptación de la sombra como habilidad consciente del ser humano. Kawakami nos muestra que el dolor compartido se supera mejor, por ello, el profesor Matsumoto no esconde sus fracasos, su pasado de soledad y abandono. De ahí la metáfora de la colección de teteras que conserva en casa. La memoria consciente, esa gran paradoja, es el mejor antídoto contra el dolor que despierta a sus larvas en medio de la noche.

Y si nos detenemos en Matsumoto, es porque él representa el símbolo de la coherencia personal, él es el testigo de una carrera de obstáculos que se prolonga a través de la lealtad a sus ideas. Es un referente de maduración personal, como también lo son quienes han llevado adelante el compromiso de su literatura con su propia ética individual y social, entre otros, los poetas japoneses, presentes en la novela a través de las alusiones de la compleja red intertextual (Basho, Seihaku Iraku, poetas de haikus). El mundo narrativo de la autora está constituido por transformaciones, sorpresas, silencios, aromas y sabores, alucinaciones... Pura poesía.

Por otro lado, la figura de Tsukiko extiende sus implicaciones a un nivel que sobrepasa el personaje literario y estético, porque nos presenta la imagen de la mujer japonesa a caballo entre la tradición y la modernidad en plena lucha por encontrarse a sí misma. Analicemos un poco por encima el perfil de Tsukiko: casi cercana a los cuarenta años, en una edad crucial. Se trata de un salto en el proceso de su personalidad de la adolescencia a la madurez psicológica. No quiere ser domesticada ni castrada. Precisamente, los personajes de esta novela nos lanzan a la búsqueda del centro personal a través de la autenticidad. Los amantes quieren mostrarse como son, sin dobleces, todo lo contrario a la obediencia ciega y el sometimiento de una pasión que los anule y los haga dependientes. Normalmente, no se nos educa para las relaciones amorosas y nos pasamos la vida buscando una media naranja, buscando en el otro lo que nos falta, pero nos equivocamos demasiadas veces de esquina y de abrazo, porque el otro nos arroja fuera de nuestro propio eje. Por tanto, en esta novela no encontraremos el amor apasionado de un flechazo, la autora nos quiere hablar de otra cosa. Es un estado de compañía en el que intervienen el azar, el juego, la libertad, el respeto, el recuerdo, el aprendizaje compartido. Un estado en el que a veces ni siquiera es necesario hablar y contagiarse los temores o las dudas, es un andar, andar y andar. Mientras tanto, en el camino sucederán muchas peripecias, sensaciones, obstáculos necesarios para avivar los colores del bosque, pero lo importante de ese viaje es no forzar, no buscar el provecho personal, sino estar presentes. Un yo junto a otro yo oyéndose la respiración como en una sala de meditación zen, sentados en cojines separados, suspendida la mirada sobre el ikebana en un silencio compartido. En El cielo es azul, la tierra blanca -título de una canción japonesa-, se pueden leer hasta los silencios. Y diría más: se pueden llegar a sentir y tocar. Por eso, esta novela nos enseña a buscar el amor que nos permita desarrollar el ser que somos. Es un grito de independencia y libertad.

Hiromi Kawakami filtra en la novela los datos más objetivos de la realidad y mezcla los elementos de ficción sin alejarse de la verosimilitud de la vida cotidiana. Como decía Galdós en La sociedad presente como materia novelable (Discurso de entrada en la R.A.E. 1897): “Imagen de la vida es la Novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción". Kawakami es una escritora que cuida el detalle, retrata minuciosamente las cosas sencillas que suceden dentro y fuera de los personajes principales de esta historia de amor tan especial y diferente. Todo lo que percibe, de algún modo lo escribe. Puede apreciarse en los capítulos donde armoniosamente va dibujando los trazos de la casa del profesor, el jardín de cerezos, la elaboración de las comidas, el bosque de las setas, el paisaje.... Se recrea así la autora en el detalle y la descripción de una forma natural, pero a la vez, subyugante, porque a su manera, nos lleva de la mano hacia donde ella quiere, anudando cada instante a un final metafórico pleno de enseñanza y sentido vital. Véase, por ejemplo, la narración de la excursión y las manías de la recogida de setas, el accidente de la seta de la risa, cualquier cosa le sirve para llegar a una conclusión reflexiva sobre esa vida cotidiana donde prosperan las relaciones humanas.


Los símbolos como recurso estilístico


No podemos pasar por alto la utilización que la autora hace de los símbolos. Es importante que el lector despliegue su mundo sensorial e imaginario a través de los personajes de esta novela como un lento camino de introspección. La vía simbólica es el cortejo de las imágenes del yo. La radiografía de los estados anímicos que provocan las historias personales de El cielo es azul, la tierra blanca se acompaña del poder irrefutable de los símbolos. Entre ellos, podemos destacar las setas, las teteras, el sake, las flores del cerezo, las lágrimas al pelar las manzanas, el karma –ligado a la cultura japonesa, budismo y filosofía del Tao-, el maletín vacío, la isla, el tren, etc. Los objetos del profesor son como reliquias que él conserva con celo porque arrastran la intensidad de los momentos vividos. De este modo, el símbolo va transportando al lector hacia espacios interiores, ayudándolo a extrapolar el escenario de una novela japonesa a cualquier otro como un cristal donde mirarse. El enfrentamiento con la búsqueda de la identidad personal no necesita del auxilio de las coordenadas de espacio y tiempo, porque el lector, en su lento camino de reflexión, va trazando sus propias fechas y ante su memoria desfilan los nombres, los rostros y los lugares que identifica sin dificultad consigo mismo. Por ello, no se añora la descripción excesiva de paisajes externos, porque una vez sumergidos en ese estado de abismamiento psicológico, no queremos ser molestados, para penetrar en el silencio y la soledad, que es el estanque donde se lavan nuestras tristezas y decepciones, para digerir lo que somos y lo que no somos, mirándonos de frente y a la cara. Ahí sobran las palabras y los adornos.


El núcleo duro... la relación


Ciertamente, esta novela es reflejo de la mutación que se está produciendo en las relaciones de pareja como consecuencia de un nuevo modo de ver el mundo. Matsumoto, introvertido, prudente, discreto en su virilidad, atrae a Tzukiko sin muchas estrategias de seducción amorosa, él vive a su manera, conserva los patrones educacionales del tiempo antiguo. Su alumna Tsukiko es su enlace con la modernidad. Ella exhibe su falta de madurez desde lo espontáneo, es decir, desde el presente, abiertos los sentidos, en plena fase de cambio, en una especie de rito de pasaje de la niñez a la edad adulta y su profesor Matsumoto es quien le da la iniciación. Se observa que en sus diálogos hay una pared que el Maestro no quiere hacer desaparecer, como un hielo que le protege de su miedo a dejarse llevar por la corriente de la vida, pero también se aprecia un interés por su parte en comprender esa magia adolescente de Tsukiko (es curiosa la anécdota de la camiseta I love NY, o de su pasión por las maquinitas de juego en la sala de pachinko, por citar varios ejemplos de contraste). En realidad, la relación de los protagonistas es una lucha entre el amor apasionado añorado de la juventud -ese que nos lanza fuera de nosotros mismos y donde tanto nos gustó un día bañarnos y perdernos- y el amor maduro que busca la difícil comunión de dos seres que se abrazan, pero que no quieren disolverse en la nada después de tantos años de experiencias difíciles y dolorosas.

En ese sentido, es especialmente bella la disertación del profesor Matsumoto sobre el matrimonio a propósito de su anécdota sobre la seta de la risa que su mujer se empeñó en digerir como acto de rebeldía, como afirmación de su yo, ya que él mismo reconoce que en el pasado era demasiado rígido ante sus caprichos o manías, cuando afirma: “los sermones eran mi especialidad”. Hiromo Kawakami utiliza este recurso estilístico en varias ocasiones, llevándonos a través de la metáfora a la enseñanza, de la excursión al campo y comer una seta de la risa al fracaso de los detalles de su matrimonio. La autora no nos abruma con largos monólogos filosóficos o morales, sino que a través del diálogo coloquial entre los personajes, nos muestra la experiencia de la vida. Y nos explica que el tsunami de la ruptura conyugal no llega de improviso, sino que la ola va cogiendo altura durante años a fuerza de cansarse mutuamente por falta de flexibilidad y dedicación. Así, poco tiempo después del incidente de la seta de la risa, su mujer lo abandonó. Tenía cincuenta años. En mi opinión, una época de cambios importantes en la vida de un individuo.

Esta didáctica afectiva es una reflexión crucial en la actualidad, cuando muchas parejas siguen encadenándose, intercambiándose la libertad personal de un modo recíproco, para excluir de su vida las relaciones con el resto del mundo mientras se levanta una red de celos y espionaje alrededor del campo de prisioneros donde conviven.

En conclusión, nos encontramos ante una novela excepcional, que contiene todos los elementos necesarios para navegar entre la ficción y la realidad: reflexión, crítica, fantasía, cotidianidad y simbolismo, belleza, poesía, amor. En una época marcada por la frivolidad, Kawakami defiende que hoy más que nunca es necesaria la recuperación del ser humano. Ser fiel a sí mismo desde un compromiso escogido en libertad. Concluye así una novela de enseñanza paciente, que incluye un mundo de valores que va desapareciendo con el ruido y la distracción. Su fin es instruir al lector en el compromiso de una prosa poética cotidiana, libre y espontánea como la joven Tsukiko, profunda y silenciosa como el profesor Matsumoto.


Friday, July 4, 2014

 

Los Campos Elíseos de Teresa Iturriaga


Por Emilio González Déniz, blog Bardinia Canarias7


zzzzteresaiturriaga.JPGTeresa Iturriaga Osa es una escritora en varios géneros, aunque la veo más cómoda en la poesía. En realidad solo escribe poesía, porque cuando se interna con apariencia de narradora en el drama Rosas rojas para María Walewska Leonora, la divina loca es la poeta la que cuenta. Eso no quiere decir que no pueda ser narradora a secas, que lo es en sus cuentos de Revuelto de isleñas (a cuatro manos con la desaparecida María Dolores de la Fe), y tiene esa exquisita habilidad de dar un aire distinto a las muchas traducciones que ha publicado. Si en 2011 nos dio en formato tradicional de libro Gata en Tránsito, un poemario mayor que la define, ahora nos regala en eBook Campos Elíseos, otro poemario que resume la vida en "Dos días de rasguños / y alguna sombra púrpura / del golpe./ Nada más. / Y vuelta a empezar." En esta entrega se manifiesta una mujer singular, vasca-malloquina de Las Canteras, ahí es nada, que no es inmune a la luz de una Italia en la que hasta las tumbas son obras de arte, y aguanta "cualquier sortilegio / que quiera hundirme / en el Rubicón /con los hijos del fracaso." Un poemario que no cuenta el mundo, sino que lo recrea a imagen y semejanza de quien lo proyecta: "Salto y caigo fuera de la sangre, / me aferro al algodón /de las estelas."


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Para conseguir el poemario, basta pinchar en este enlace de la editorial Aurora Boreal: Teresa Iturriaga-Aurora Boreal.pdf
o bien en la web de Aurora Boreal http://www.auroraboreal.net/