Tuesday, June 10, 2014


 





EL COSMOS GRAZIANI

Por Teresa Iturriaga Osa

          Álvaro Cunqueiro lo dijo una vez en uno de sus cuentos: “El buscador de tesoros tiene que ser muy cuidadoso en todo lo que hace, y también ir lavado y limpio. Hay que estar muy bien preparado para tener paciencia. Paciencia, tiempo y dedicación son algunas de las características del buen buscador. No son los más listos los que encuentran tesoros, y algunas veces son niños, o tontos, y también encuentran tesoros los ciegos. El tesoro hay que querer encontrarlo y soñar durante mucho tiempo con él”.

          En efecto, rodearse de multitud no es un estado donde puedan encontrarse los tesoros con facilidad. Todo lo contrario. Si eso ocurre, constituye una excepción que suele darse con muy poca frecuencia. Así descubrí las pinturas de Yolanda Graziani un día de primavera en una sala de exposiciones local. Entré allí por azar, con la paciencia de una tortuga milenaria, sin mencionar la ceguera que me caracteriza; y quizá, por eso, encontré el tesoro que andaba buscando.


          Sus cuadros son puertas a otra dimensión porque, al entrar en el Cosmos Graziani, ya formamos parte de sus experimentos artísticos. Desde un microcosmos de corales hasta un recorrido astral de planetas, cometas y galaxias en formación o destrucción, las visiones se van dando cita en su laboratorio. Ella nos arrastra, llena todo el espacio a través de su luz, transparente y volátil como su mirada. En el país de las maravillas, su pincel onírico sazona el universo con la frescura italiana de su nombre de albahaca... Con sus insinuaciones selváticas, nos lanza sin contemplaciones hacia una jungla de ocres y verdes, cuando no nos sumerge en el paisaje submarino de Las Canteras que ve desde su ventana.


          En su mensaje pictórico, hay arrecifes plagados de peces y algas, hay espacios intergalácticos que su pintura atraviesa en cuestión de segundos, hay entradas a un mundo biológico, casi intrauterino, que descubre los colores más vaporosos y sanguíneos del ser humano, hay elevadas temperaturas volcánicas, mezcla de fluidos y otras formas de energía, hay estallidos de luz que derriten los cristales. El Cosmos Graziani es un espacio mágico donde los elementos químicos se abrazan de tal manera que no pueden separarse. Agua, fuego, tierra, éter, bailan el vals de las esferas aparentes alrededor de su pintura. Ese movimiento sutil en su obra se percibe desde lejos como una vibración invisible que la dirige en su creación. Ella pinta la resurrección inflamable de la materia allí donde la mirada encuentra un remanso de aguas, una esperanza en el tiempo que no agota los relieves geográficos del ser humano.

          Yolanda Graziani es una gema que deslumbra con su pintura porque su mente exhibe con orgullo que nada de la niñez se ha perdido. Merece la pena experimentar ese rayo de esperanza a través de sus cuadros. La fantasía es un reconstituyente que se administra sin receta médica en tiempos de hastío.

 
 
 

Wednesday, February 19, 2014


 
 
 
 
 
 
                          Peregrinación al Abismo



     Tras el impacto del beso,

vibran todas las cuerdas del tiempo,

     ecos de irrintziak,

remotas paganías del ser.



     Recoges la cinta de la fuente

en sentido contrario

     a las agujas del reloj

y te hago recorrer el círculo.



     Allí reflejado permaneces ahora

reservado al ritual de las imágenes

     en medio de las gentes

devotas del milagro.



     Te prolongo la vida,

una lluvia de perlas,

     toda la savia del roble

después del primer rezo.



     Inútil explicarte mi advocación,

fruslerías de un nivel de madrugada

     sumergido en las aguas

de la Virgen de los Abismos.

 

                                                                      Teresa Iturriaga Osa
 
 

Sunday, January 19, 2014


 
<<Leonora, la divina loca>>

Teresa Iturriaga Osa / Relato
 

 
 



<<De repente te ves en el espejo y como que se muestran muchos rostros; sólo tenemos dos ojos, una nariz y una boca, y miles y miles de rostros...>>
 
(Leonora Carrington)


(...)


        Leonora pide como siempre dos tés de manzanilla con polvitos de arroz y cristales de sueño. Deja su piedra en el montículo sagrado, esparce paja y flores a la izquierda, y allí se sienta tranquilamente a sentir la vida al sol. Un ritual de agradecimiento que abre la puerta y espera, espera el milagro.
 
        Siente que comienzan a acercarse los seres mitológicos del vaho. Una gran U rodeada de bruma y acequia entra en escena. Los búhos observan el movimiento de las hadas, por las rendijas se vierten los hocicos de los lirones amigos, bajan los camaleones de sus árboles, altos son los cuellos de las jirafas que ventilan con su aliento la brisa... Son, sí, son la fauna y la flora del espacio alquímico de la niña ardilla.

        De los tejados verdes y azules se desprende una música de jazz, la fantasía ablanda el humo de los coches, hechiza las grúas que se oyen a lo lejos. De entre las mantas del césped húmedo de sus pestañas empiezan a desperezarse los animales microscópicos, en la grava debajo de sus pies los insectos se acicalan sus antenas y patas estilizadas, van subiendo a las carrozas de los escarabajos de la suerte, ignorando el ruido de las moscas. Todo lo inaudible sucede en el laberinto. Los farolillos se encienden a deshora, alguien se olvidó del despertar de la ciudad y malgasta con un chiste de luces el erario público. Nada es grave. Nada es trágico. Nada es un asunto de vida o muerte, qué más da... Un estado de abismamiento le invade el pelo, desenmaraña sus monstruos, abre las madrigueras de los conejos blancos, vuelca sus pupilas hacia el centro de su universo y entra directamente en el palacio de las estatuas parlanchinas. Allí sentada, paladea su umeboshi mientras observa a los caballos del rey, escudriña ese arte que tienen de mover un trocito de piel para espantar a las moscas e intenta imitar su vaivén. Las aves despiertan a sus hijos para bañar sus plumas en la fuente y ella se confunde de cuerpo, su camisa de dormir de franela se lava con un fluido de aguas tropicales. Bello despertar. El placer del vuelo de una lechuza la transporta más allá de la materia, más allá de la tos seca del blanco y negro, a dos mil quinientos años del color sepia.

(...)
 
 
Fragmento del relato
 
(Ediciones Irreverentes, Antología próx. public. 2014)


Foto de la autora
 
 

Wednesday, January 15, 2014

 
Ava Gardner en Las Palmas

 
Entrevista  a Andrés Padrón
 
Coleccionista de fotografías cinematográficas
 

Por Teresa Iturriaga Osa

 

Archivo fotográfico de Andrés Padrón
 
*
 
“Exactamente, yo tendría unos quince años cuando ella vino a Las Palmas y se hospedó en el Hotel Santa Catalina. Mira, yo una mañana, salgo de casa y me subo a la guagua como para ir a clase. Entonces, veo un señor que tiene el periódico y en la portada veo a Ava Gardner con un titular que dice: Ava Gardner en Las Palmas.
 
*


T.I.- Hola Andrés, hoy me gustaría que me contaras algo de la visita de Ava Gardner a Las Palmas de Gran Canaria hace ya unos cuantos años, cuando tú aún eras un estudiante.

 
A.P.- Exactamente, yo tendría unos quince años cuando ella vino a Las Palmas y se hospedó en el Hotel Santa Catalina. Mira, yo una mañana, salgo de casa y me subo a la guagua como para ir a clase. Entonces, veo un señor que tiene el periódico y en la portada veo a Ava Gadner con un titular que dice: "Ava Gardner en Las Palmas". Pues nada, de inmediato, cuando llego a clase, busco un periódico y lo comento con mis amigos también aficionados a coleccionar fotos de actrices y actores, y les digo: “Oye, Ava Gardner está en Las Palmas”. Cogemos el periódico y dentro había, efectivamente, un reportaje que comunicaba que había llegado a Las Palmas y se hospedaba en el Hotel Santa Catalina. Pues nada, optamos por marcharnos durante la hora de recreo camino del Hotel Santa Catalina. No recuerdo bien si éramos seis, siete, ocho chiquillos...


 
T.- ¿En qué colegio estabas?


A.- Estaba en ese momento en el Viera y Clavijo. Y, entonces, nada, salimos los siete u ocho chicos y nos vamos al Santa Catalina. Eso era hacia las once de la mañana, quizá las doce... no recuerdo ahora exactamente. Llegamos al Hotel y preguntamos allí al portero, pero claro, él lo negaba todo: “No, no, no... ustedes están equivocados, aquí no está Ava Gardner”. Sin embargo, nosotros habíamos leído el periódico y yo, que era el más atrevido, dije: “Vamos a esperar aquí, que ella tendrá que bajar forzosamente”.


 
T.- Tú estabas convencido de que la ibas a ver...



A.- Por supuesto. Entonces, no sé, debe de ser que almorzó en el Hotel Santa Catalina que no salió a la hora del almuerzo, pero aun así, ninguno de nosotros fuimos a comer a nuestras casas. Nos quedamos allí. Fíjate tú, cuando yo llego por la noche a casa aquel día, casi me matan, ¿no? Claro, porque en aquella época estaban preocupados por esas cosas, imagínate... Entonces, yo recuerdo que serían aproximadamente las siete de la tarde cuando veo que del ala derecha del Hotel Santa Catalina -porque estábamos pendientes de todas las habitaciones que daban para la calle- se abre una ventana y veo de inmediato a Ava Gardner. Yo soy el que doy la voz de alarma y digo: “¡Miren, miren! ¡Allí! ¡Ava Gardner está asomada a la ventana!”; y entonces, ella se percata de la presencia de los chicos que estábamos abajo y que habíamos empezado a llamarla ¡Ava! ¡Ava! A mí me parece que entonces ella pensó lo siguiente: “Si bajo, me van a abordar estos chicos, me van a marear”. Por tanto, de una forma muy inteligente, vino uno de los porteros o conserjes del Hotel y nos dice: “Bueno, miren, la señora Ava Gardner les va a recibir a ustedes uno por uno”.


 
T.- Bueno, ¡Qué miedo!, ¿no?


A.- Oh... imagínate tú... un crío con...


T.- ¿Y quién fue el primer torero?


A.- Yo fui el tercero, me parece, el tercer torero, exactamente. Y nada, mi amigo bajó con una foto, el otro bajó con otra foto, y luego me tocó a mí el turno. Subo y, cuando llego a la habitación, me veo a una Ava Gardner mucho más bella que en el cine, sin lugar a dudas, sin lugar a dudas...

 
T.- ¿Pero ella estaba sin maquillar?

 
A.- Sí, sí, sí. Simplemente llevaba un pelo corto un poco así como en aquella época se usaba en Hollywood, llevaba una bata blanca con un escote bastante pronunciado y, luego, me sorprendió ver a Walter Chiari sentado en un rinconcito allí en una silla, es decir que estaba presente durante la reunión.

 
T.- Por si acaso...

 
A.- ¡Por si acaso! ¡Exactamente! Ja, ja, ja... y entonces, pues nada, yo le dije que yo sentía por ella una gran admiración y que había visto sus películas...

 
T.- ¿Y tú dominabas el inglés?

 
A.- No, no, en español, ¡ella hablaba en español!

 
T.- Ah, en español...

 
A.- Sí, claro, ella hablaba español. Hombre, no tan fluido, pero para entenderte perfectamente.

 
T.- Eso facilitaba las cosas...

 
A.- Efectivamente, claro, claro. A veces te soltaba algo en inglés, lo cual yo no entendía, naturalmente. Yo le dije la intención mía, que yo tenía una colección de fotografías en aquella época que eran cuatro fotografías contadas, y ella se fue un momentito y me da una foto firmada que es justo la que se publicaba en la portada del periódico, y es ésa que actualmente aparece en la revista de la compañía Binter Canarias de este mes de julio. Entonces, me da la fotografía y me atrevo a decirle que si tiene alguna diferente, cosa que mis amigos no se atrevieron a hacer, y me da otra foto de la misma toma de ésa, pero de cuerpo entero. La cosa termina ahí, me marcho y sigo con mi vida, pero cuando me entero que ya ella se afinca en España, en La Moraleja, me hago con su dirección, le escribo y le recuerdo su encuentro conmigo en el Hotel Santa Catalina. Entonces, ella con mucha frecuencia, me mandaba fotografías sin yo pedírselas.

 
T.- Mira... qué detalle, ¿no?

 
A.- Sí, un detalle impresionante, ¿no? Y, luego, un año, me llama un amigo y me dice: “Oye, cómprate el suplemento del ABC porque le entrevistan a Ava Gardner en Londres y te nombra a ti”. Justo fue el hijo de Carmen Zumbado, junior, que en aquella época estudiaba cine en Madrid. Nada, me compro el ABC, en la portada estaba Ava Gardner –lo tengo en casa guardado- y el periodista empieza a entrevistarla y le pregunta algo relacionado con sus admiradores y ella contesta más o menos así: “Bueno, yo tengo un admirador en Canarias que se llama Andrés Padrón y que creo que se dedica al mundo de la distribución de películas. Me visitó cuando yo estuve en el Hotel Santa Catalina en Las Palmas de Gran Canaria, y, por cierto, me envía fotos con mucha frecuencia, pero no sé de dónde las saca porque son fotos que yo nunca había visto”. Hombre... eso fue para mí muy importante. Por cierto, la foto que te he traído aquí es una foto que Ava Gardner me envió yo diría que cuatro o cinco meses antes de morir. Es una foto de la Metro Goldwyn Mayer de promoción y a mí me impactó mucho, independientemente de que es una buena fotografía y está muy guapa, porque como verás, me la dedica con tinta de oro y me pone una firma muy larga. Además, lo de Ava Gardner es extrañísimo, porque ella tenía dos firmas, y la gente dirá que cuál es la firma... pues las dos firmas son de ella. Ella, a veces, solía firmar como se ve en las fotos de la revista de Binter Canarias, pero si coges la foto mía, la letra es igual, pero firma distinto.

 
T.- ¿Y sabes algo de sus últimos años?, ¿cómo los vivió?, ¿en soledad?

 
A.- Muy mal, muy mal, ella vivió al final muy enferma en Londres. Además, tengo un amigo que era muy amigo de ella que se llama Paco Miranda, que era un pianista muy famoso que tocaba el piano en el Hotel Ritz de Madrid, y él me contaba las cosas de ella, porque hubo una época en que ella se incorporaba al Hotel Ritz para tomar unas copas y oír a Paco tocar el piano y así se hicieron grandes amigos. De hecho, Paco la acompañaba en sus grandes viajes y en sus juergas nocturnas. Empezaban en el Perico Chicote tomando unos combinados, de allí se iban a un tablao flamenco, esperaban a que cerraran el tablao flamenco y, entonces, ella cogía a todos los cantaores y a los bailaores y se los llevaba a su casa de la Avenida Doctor Arce en Madrid.

 
T.- ¿A ella le gustaba bailar?

 
A.- Le encantaba, sí. Me decía Paco que ella llegaba, subía, se quitaba la ropa y bajaba sin maquillar con un pantalón y una camisa suelta y, la verdad que era una mujer... y me estaba hablando de una época muy posterior a la que yo la conocí. Dice: “La verdad, Andrés, que seguía siendo una mujer bellísima... aunque hay una cosa, es verdad, estaba destrozada por dentro de todo lo que bebía, pero era algo milagroso cuando ella trabajaba. Por ejemplo, concretamente, cuando rodó en España “55 días en Pekín”, que ya fue la última película en la que Ava Gardner fotografió muy bien, salíamos por la noche del tablao flamenco y nos íbamos a los Estudios Bronston, se lavaba la cara, la maquillaban y parecía que había estado durmiendo toda la noche en vez de estar de juerga”. Era impresionante. Él me contaba sus vivencias con ella y era una mujer extraordinaria, era una mujer muy cariñosa, posiblemente, con falta de afecto, de amor, porque era una mujer a la que los hombres acudían deslumbrados por su físico, ¿me entiendes? Y ella, pues... aprovechaba realmente eso. Paco me comentaba que Ava, sin una copa, se comportaba de una forma, digamos, más decente, entre comillas, ¿no? Pero cuando bebía, perdía el control por completo y no sabía ni con quién se acostaba. De hecho, cuando tenía algún romance con algún torero, bailaor o lo que sea, y se lo llevaba a su casa, al día siguiente no quería ver a nadie en su casa y le decía al servicio que lo despachara.

 
T.- ¿Nunca consiguió tener una relación estable?
 
 
A.- No, no. Por que, incluso, el amor de ella fue Sinatra, sin lugar a dudas. Paco también conoció a Sinatra y me contó un día una anécdota muy simpática. Dice que actuaba Sinatra en España en los años sesenta y pico y en aquellos momentos creo que estaban enfadados -Paco estaba presente en toda esa historia- y Sinatra llama a Ava y empieza a cantarle por teléfono una canción. Claro, creo que Ava... cuando Sinatra le cantaba...
 
 
T.- Se deshacía...

 
A.- Sí, se deshacía. Dice Paco: “Andrés, no tardó ni media hora en aparecer Ava Gardner en el local con un visón blanco, desnuda, no llevaba nada encima”. Iba vestida con el visón simplemente. Dice: “Sinatra coge un cabreo impresionante y se marcha de dónde estaba cantando”. Porque, desde que entra Ava Gardner, el foco se lo quita a Sinatra y le enfoca a ella.

 
T.- O sea que era una lucha entre titanes. Ahí tendrían seguramente un duelo...

 
A.- Sí. Además que peleaban como fieras, pero realmente lo que pasaba ahí es que eran iguales. Eran iguales.

 
T.- Bueno, ella me pareció siempre una pantera. 


A.- Era una pantera, sí, efectivamente, era una pantera. Pero yo creo, Teresa, que... para mí, de las actrices que yo he visto en mi vida, para mí, Ava se llevaba la palma. Era una de las mujeres más impresionantes... por algo le llamaban “el animal más bello del mundo” y realmente ese eslogan correspondía perfectamente al canon de belleza que tenía Ava Gadner. Porque, claro, no era solamente una mujer de un rostro bonito, como era el caso de Liz Taylor, que era una mujer guapa de un rostro fantástico. En el caso de Ava, sin embargo, vemos a una mujer completa, alta, delgada, de gesto seductor, toda ella, sus movimientos, mirada... sin lugar a dudas. Por ejemplo, yo te puedo decir que he visto a Gina Lollobrigida, a Sofía Loren, a Jacqueline Bisset... y te digo, sí, efectivamente, pero como ella ninguna.


 
T.- Por último, me gustaría que comentáramos un poco la colección fotográfica que tú tienes, si no me equivoco, una de las mayores de Europa, ¿no? ¿Qué proyectos tienes para exhibir en un futuro esa colección?

 
A.- Bueno, te puedo decir que en este momento, exhibirla en un museo no me interesa nada. Eso que en un momento llegué a pensar, ya no me interesa, sin embargo, si algún coleccionista está interesado en comprar mis archivos fotográficos en Las Palmas de Gran Canaria, no tengo ningún inconveniente en vendérselos. Hay ya una propuesta de una empresa privada de Tenerife y estoy pendiente de ello, incluso, también hay un proyecto de llevar la colección a Marbella.

 
T.- ¿Y tus contactos en París? Quizá haya alguna filmoteca francesa interesada, ¿o te gustaría más que se quedara en España?


A.- Sí, claro, en España, y, concretamente, me gustaría que se quedara en Canarias, porque pienso que son unos archivos que se hicieron aquí y me ilusiona pensar que reposarán aquí, pero lo veo tan difícil, tan difícil, tan lejano... que ya no creo en eso.

 
T.- Bueno, pues ahí queda. Muchísimas gracias, Andrés.
 
 
A.- Ahí queda, y gracias a ti, Teresa.
 
***

Monday, December 2, 2013



AMANTES



Vivo en esta dimensión,

donde nadie ha podido ver

ni escuchar

ni tan siquiera imaginar...

nunca...

jamás...

el lino de tu onda sonora

precioso collar de perlas, de lluvia y sueño,

ese quásar de miel con que tú explotas,


sonrisa divina,

al ritmo del tumulto sin freno, latido a latido,

tatuaje de la piel

inmortal de tus amantes.



Teresa Iturriaga Osa


(
Via Nerici, 2013)


Fotografía: María Del Río Iturriaga



 
 

Saturday, October 5, 2013


Ali y la gran ballena azul
 
Cuento de Teresa Iturriaga Osa


 

 


 
 
Ilustraciones de Cheres Espinosa


Friday, November 30, 2012

YEDRA EN VUELO


Teresa Iturriaga Osa


(A José Manuel Caballero Bonald)




El tren caminaba lentamente hacia el sur, como una oruga silenciosa se sumergía en un vasto océano de olivos, por fin dejaba la muralla de la meseta, una línea recta insoportable para mí aquellos días en espiral.


(...) y no puedo hacer otra cosa. Mira... yo no tengo la culpa de ser hiedra. Tú tampoco, de ser árbol. Mira... el viento me ha arrancado de tus brazos y ya me lleva por el aire a ser corona de los esposos que tantas veces conocimos en los rincones de nuestra cobardía. Mira... dulces paisajes trajinan entre lo que pudimos ser y no fuimos. Lo sabes muy bien. Sólo las esquinas de un gran páramo recogen las palabras no dichas mientras mi mano de hojas me evita el falso sueño. (...) fuiste un ángel, un demonio lúcido bajado del cielo para abismarme y, ahora, mi bien de bienes, miro hacia atrás y te veo como alejándote en el ladrillo rojo de la estación; tengo hambre de ti, abro mi diario y me lo como a dentelladas de impotencia, lo masco y lo vomito. Es la triste realidad de la hiedra solitaria en un adiós hacia ellos y hacia ti deshabitado...



Atrás quedaba Chamartín, delante me esperaba una estación de Andalucía entre sueños de alegres colinas y ratoncitos coloraos. Tenía que marcharme o terminaría por volverme cuerda del todo y eso sería mi muerte, yo había leído ese epitafio en algún libro: Vive como piensas o terminarás pensando como vives. Y nada más lejos de mi voluntad, pero, en fin, estaba claro que los primeros signos de alarma habían llegado y era más que una certeza, mi intuición se rebelaba definitivamente. Agitados los días, las noches plenas de sueños y vigilias... sus lindes lógicas habían comenzado a unirse a mis casi cuarenta años, justo cuando en una mujer se asoman con descaro las primeras canas y le gritan un aviso de retirada. Hacía tiempo que vivía mi locura entre cuentos y fantasías sufíes sin nombre... un río de esquizofrenia donde era muy difícil nadar, cada vez más, yo en un esfuerzo de titanes. Tan loco, tan loco se volvió todo, que los versos árabes me atacaban a cualquier hora del día: Música, mujer desnuda corriendo por la noche pura... Quiero ser la ceniza de tu fuego... Rumi y su música de laúd me invadían en la ciudad de cemento mientras mis caderas y yo bailábamos raks sharki al caminar por la acera, al escribir en la silla, en el baño, en la cocina... De repente, allí estaban, seis mujeres con un pañuelo en la cabeza me ofrecían el sabor de lo irreal mientras yo abría la boca muy despacio y me comía una fruta negra madura que me colocaba en el lugar más insólito. Entraba en un profundo trance, en evasión hacia las montañas sirias. Veía luces de farolillos en un templo de fuentes de plata y mármol. Óleos y jabones, agua de azahar me cubría el cuerpo. Afuera se leía un calendario con fechas que no iban conmigo: yo vivía en la ciudad medieval de Aleppo en pleno siglo XXI y me sentía como la mismísima Fátima de Samarcanda. Dios... ¡en la gloria!

Lo triste, sin embargo, fueron los otros, cuando mis pensamientos empezaron a encallar en un arrecife de incomprensión por parte de mis seres queridos -tan sensatos como yo les enseñé a ser-, mis hijos no comprendían nada de mis reacciones fronterizas y yo iba dándome cuenta de lo que pensaban de su madre. Que la pobre estaba medio loca. Tanto como la escritora argelina que ella siempre nombraba en las discusiones feministas del día de Navidad, en esas fechas memorables en las que los miembros de la familia se reunían para decirse lo mucho que no compartían -comilonas que me han parecido siempre una buena excusa para arreglar cuentas pendientes-, a mí me daba grima el nivel de intolerancia que se respiraba en cualquier aniversario. Eran mesas de juego en las que los del equipo contrario, vacíos de argumentos sólidos, tildaban siempre a la mujer moderna de sufragista con la rabieta del gran macho de Las Cañadas.

Pero era otoño y poco me importaba a mí la siguiente reunión familiar, sus cafés y sus postres, yo viajaba hacia Jaén con la visión de los olivos, interminables como un rosario de aceitunas desgranado en el bolsillo de un agnóstico. Cierto, sólo huesos, pipas de árbol viejo, restos -se cree o no, se siente o no, no es cuestión de carácter, dice el alma que escribió estas líneas-, pero yo creía en la blanca paloma que siembra de rocío los deseos, y, sentada en aquel tren de esperanza, soñaba con una vida después de tantas muertes. Y pensaba que tampoco se escoge ser saduceo, eso dependía del número de cuentas que al nacer uno llevara en su collar. Esperaría en mi extravío interior.

El tren y yo. Yo y el tren. El pulso mortecino del Talgo era un monólogo hipnótico y susurrante. El tren y yo. Yo y el tren. Nada más. Otra vez. Yo miraba el reloj al vaivén de mi cabeza y los olivos mesetarios seguían interminables... No cruzaba el mar en Argo, la nave de los héroes, rápida en todos los sentidos, sino todo lo contrario, mis pupilas rodeaban despacio los verdes encajes, esperaban divisar la frontera natural, ese sobresalto geológico del que me había hablado el poeta gaditano: Despeñaperros. Confiaba en ello, en que mi vértigo empezaría a vivir -sombra dormida en este cuerpo, tú eres lo único que conozco por dentro y por fuera, nunca lejos-. Despeñaperros, ¿existiría realmente? Lo cierto es que para mí ya era el enclave del mito, la puerta de un cancerbero que, por los siglos de los siglos, esperaba al tren que viajaba a la Tierra de Hic et Nunc. Y yo iba en él. Entonces, aquí y ahora. Presente.

Unos kilómetros antes, leí un cartel de aviso: Peligrosos, intrusos del Hades, escuchad: muchos entran, pero pocos salen. Los riscos que guardaban el Jardín de las Delicias se levantaban erguidos en sus aristas para desánimo de los prudentes. Inmenso el territorio pétreo, como flechas del suelo se levantaban en olas las caprichosas formas de arabescos; se leía en el suelo un gran libro de piedra que hablaba de una leyenda, de una ventana abierta. Estaba entrando. Entraba. Otrora se sabía que, una vez dentro, sólo accederían a sus puertas de salida los valientes, los que se enfrentaran a las fauces del perro maldito –el muy egoísta, pensó el alma-, tan seguro de sí. Calculé el peligro, imaginándome las tres cabezas, encajada entre sus lenguas de veneno letal, y me tembló todo el cuerpo. Pero estaba segura de que las vencería. Utilizaría sin contemplaciones mis armas árabes de nacimiento: primero, me ayudaría mi arma de proyección, protectora del libre albedrío -dicen los manuales de astrología árabe que los nacidos en 1961 vivimos bajo la protección de un arma de tiro-, y su misión sería la de atenuar mis defectos y magnificar mis cualidades. Fue en la estación de los cerezos cuando me zambullí en el lago transparente -aún te oigo, rumor precioso, vientre de madre, cuando tú vivías en Málaga-, allí el agua era fresca. Ese origen marcaría mi serranía, salpicada de torres y molinos para siempre, como un arma de valoración para ir hacia delante.

Caminaba como el tren que no puede plantearse la marcha atrás, como un arco en tensión donde la flecha avanzaba con la fuerza de unos ojos -con arte, niña- entrelazados. Pero necesitaba más: una segunda arma, tajante. Menos mal que mi arma de instinto era la espada, un buen remedio para las flaquezas de mi carne malagueña. Tú, el gladiolo, el gladiolo blanco, rojo; ardiente como la llama, pero recta como la espada -me bautizó el sabio-, y sí, en verdad, se puede ser sufí y jurista a la vez.

Me palpé el cuerpo. Bien. Estaba segura de que esos tres demonios lamerían mi piel de osa. Un aroma de observación, sabiduría y autenticidad sería el narcótico que me permitiría entrar y salir de la gruta secreta. Además, por si fuera necesario, llevaba una tercera arma, mi arma de destino: la navaja. Ella viajaba conmigo a todas partes. Escondida en mi liguero, dormía entre la blonda marfil de mis medias y un as de tréboles tatuado en mi muslo izquierdo, el que me ayudaba a triunfar en las partidas gitanas. En cuanto a mi estrategia de defensa, estaba clara, no sería árabe, sino más desconcertante, sería muy asiática, oriental. En efecto, mis lecturas adolescentes sobre el célebre tratadista chino Sun Tzu me habían dejado una enseñanza cotidiana para ejercer El Arte de la Guerra durante toda mi vida; de manera que, al principio, debería ser tímida como una virgen y, al primer fallo del enemigo, rápida como una liebre. Tres demonios: pronto tres tristes testuces y sus viudas perras negras, incapaces de resistirse a mis encantos. Así que la suerte estaba de mi parte, entonces, aquí y ahora, por primera vez sabía lo que quería encontrar... y, por eso, podía permitírmelo todo. Todo.

Mientras tanto, en el ciego túnel del desfiladero, aquel vagón de fumadores se reía a carcajadas de los chistes de una comedia americana, una historia exagerada de bodas y cuernos con denominación de origen universal.

Un grupo de chicas hablaba sin cesar a mi espalda. Eran cuatro chicas jóvenes, no pasarían de los veinte años. Hablaban de entrenamientos, barracones, órdenes de sus superiores... Eran soldados profesionales del ejército español. De repente, se hundieron los primeros collados de Despeñaperros y las palabras de una de ellas me golpearon en la oscuridad. Se confesaba en voz alta.

-Mi padre no me habla. Desde los catorce años.

Se hizo un silencio, pasaba un ángel.

-El día que suspendí cinco asignaturas escondí las notas y me fui a celebrar el fin de curso. Aquella noche bebimos tanto que... acabé en coma etílico. Debí de caerme en la discoteca y me llevaron al hospital. Al despertar, me dijeron que habían avisado a mis padres y, bueno, mi madre no apareció, pero mi padre sí, él entró en la habitación de muy mala leche y sólo preguntó lo inevitable.

-Doctora, ¿cuántos se han follado a esta puta?

-Discutimos y hasta hoy. Me fui de casa. Sólo tenía catorce años, catorce años... y, desde entonces, he hecho de todo, dormir en los parques, barra americana, pedir en la calle... Drogas, todas. Para comer, yo he pasado por... Un día alguien me habló del ejército y, ya veis, ahora se lo debo todo. Me ordenó la vida. Luego, una amiga me dijo que mi padre le pegaba a mi madre. Sé que ella le tiene pánico y no le queda más remedio que vivir con él. Y yo le odio, pero también le quiero, hasta me siento culpable y me gustaría volver a casa, no sé... cambiar las cosas. Estoy hecha un lío... fatal... mmm... sé que él no quiere verme... nunca más... ya... ya lo sé. Eso fue lo último que me dijo.

-Ni verte.

Los altavoces anunciaron la siguiente estación: Linares-Baeza. Era mi destino. En el vagón todo me olía a poro abierto, entre sudor y miel. Arreglé mi maquillaje y mi abrigo. Me levanté y me acerqué a las chicas. No tuve tiempo de pensar en lo que hacía, pero mi emoción, un puro instinto de hembra fértil, me llevaba a entregarle a aquella niña algo de mí, busqué en el bolso y saqué un precioso foulard de seda.

-Niña, perdona que haya escuchado tu historia, es que estaba justo aquí, en el asiento de atrás... Ahora tengo que irme... pero quiero darte las gracias, mi hija es casi de tu edad y no te imaginas cuánto me has ayudado. Toma, toma, para ti. Cógelo. Bueno, adiós, y no lo olvides: tienes un alma preciosa. Mucha suerte, te la mereces.

Ante su mirada asombrada, la besé. Sus ojos balbucearon lágrimas con palabras de emoción.

-Gracias, señora.

Bajé del tren tocada, envuelta en un halo de silencio. En la estación, una desconocida con un sombrero blanco de safari tenía que llevarme a Úbeda y a su carmen de Granada, pero no la vi en el andén y me senté en un banco sin mirar atrás. Sólo el silbato. Sólo el murmullo de las ruedas del tren en el recuerdo. Dejaba allí el pañuelo que me había comprado en Chamartín para secarme las lágrimas de té verde, el que tomaba para no dormirme, para volverte a ver... Hasta aquel día. No más víctimas. Se acabó. El satén de mis manos se quedaba en el destino de otras manos que necesitaban mi amor a manos llenas. Un cruce de vidas nos unía con otras voces en la estación de Linares donde el cielo me prometía un paisaje brillante como cristales de cuarzo. El aire era seco y frío. ¡Cómo se respiraba la paz en aquel andén de Andalucía! Paz... Por fin, paz. Y todo gracias al poeta del misterio en la mirada. Y no, no cuadraba tampoco el firmamento con las fechas matemáticas, no era aún el 7 de mayo de 2003, pero aquel día me volví loca total y me senté a horcajadas sobre Mercurio en su tránsito a través del Sol. Yo se lo gemí al Señor del viaje y de la alquimia, yo le rasgué su alma malagueña anonadada y me hizo caso. Cambió de firmamento y de fechas, vaya que sí.

En aquellos momentos, la razón me preguntaba cómo nos habíamos conocido... más atrás... ¿Sería el azar el que nos reunió en un banco de palomas? Sí, un día me encontré sus poemas tirados entre los troncos cortados de los árboles y, desde entonces, las musas reunidas en concilio me ordenaron tejer guirnaldas con pétalos de amanecer de un tiempo casi perdido sobre el nivel del mar. Y lloré cuando se decidió bordar su olvido como si fuera fácil volver a creer en los milagros. Y volver a jugar. Pero qué importaba ya, cruzaba el firmamento sobre un corcel alado en el viento sin memoria. Toda mi casa estaba hilada de velas blancas, encendidas como corazones de devotos que le anacaraban el alma que le resonaba en el cuerpo, trenzado de letras como olas del mar. Y las flores me olían en los puertos a paraíso de naves amarradas. Le dije entonces al oído que ya no había ninguna prisa, que habíamos llegado.

De verdad. El poeta no me había mentido: en aquel vagón de fumadores, me había sucedido lo imposible. A mí me dolía tanto el dolor de esa niña que no paraba de llorar al observar la belleza del desfiladero, pero, al salir de Despeñaperros, vi a unos guerreros vestidos de piel tatuada que me esperaban al borde del abismo. Como en un cuenco tibetano, los antiguos habitantes de la Sierra de Yedra me saludaron con sus manos mientras lanzaban sus yeguadas relinchos en círculos blancos de humo que subían al cielo entre nubes de designio. Vibraba el espacio. Yo no dije nada a nadie, pero los vi -eran verdad, amigo mío- sin mentir.

Sobre el tren llovía lirio azul con lenguas de fuego purpúreo mientras los guerreros recitaban tu nombre, mientras recitaban tu nombre, mientras recitaban nuestros nombres, los nombres de todos los poetas. Uno a uno. Jóvenes o envejecidos, en el nombre reunidos: el lactante, el niño, el joven, el adulto, el anciano, la mujer y el hombre. Otra vez niña y niño. Pasó otro ángel por el silencio... hay que tener amigos hasta en el cielo. Afiné el oído y escuché a Rumi con atención: De arriba somos y hacia arriba iremos. / Del océano somos y hacia el océano iremos. / No somos de este sitio o de aquel sitio. / Somos del no-lugar y al no-lugar iremos. / Mientras busques la perla de la mina, mina eres. / Mientras el pan desees, pan eres.

Amnésica de lo probable, nacía en mí la esperanza de lo posible. Por fin cruzaba esa frontera con los dos pies, con las mil ruedas de una oruga que soñaba en mariposas y me daba cuenta de que la cita era en cualquier estación de la ruta del tren del aquí y ahora, en medio de una tierra sudada de dolores y silencios, parturienta de almas que se esfuerzan en un duelo de metáforas por elevar a la vida los garabatos de un texto. Brindaba por la palabra que nos rapta -suceden los milagros, y, por eso, a ti, para siempre, un respeto de estrellas en el apretón cálido de muchas manos manchadas de tinta inútil-, porque cuando comprendes esta sutileza, verás que cualquier cosa que busques, eso eres.

Cogí de nuevo la pluma -a ti, mi agradecimiento- y abrí mi diario por la página 8. Empecé a bajar los escalones muy despacio, acariciaba verbalmente las crines del abismo mientras escribía mi Descenso:

 

Hija,


a través de ti viajo


a los fondos de mi dolor no extinguido,


olvidado de todos,


de mí misma.


No voy buscando tus restos,


sólo busco mi nombre de niña masacrada,


violada de sus sueños,


asustada,


contigo,


bajo las sábanas del terror.


Tengo el pecho lleno de saetas,


escudos petrificados


sin retorno,


y no quiero tu salvación


ni tu perdón,


estoy sola.




me servirás de excusa,


de pasaje de vuelo


gratuito a los abismos,


paraísos descuidados


donde habitan


mis inquilinos del fracaso.


Hija,


no podré entonces


más que reírme


del desorden,


excrementos prensados,


polvo calcinado


de deseos insaciables...


Recogeré entonces


con mi pala


de escarlata cenicienta


todo aquello,


junto a tu cinturón


de perlas y rubíes.


Ayer princesa de la Nada,


hoy reina del Hades,


conmigo.




Al primer chasquido de mis dedos, las aves del Guadalquivir despegaron. El espíritu de las aguas se elevó con esas niñas marismeñas de linaje inmaculado al dibujar su vuelo sobre el solar aceitunero. Vi con claridad sus picos de plata, lloviendo caía sobre la Tierra el nombre del poeta, gotas de agua azul iban besando en las sienes de mi parte a los ancianos erguidos en sus troncos milenarios. Besaron también a sus mujeres... una a una. Al segundo, sus hermanos marismeños cantaron. Vi que sobre el tren ondulaba una saeta con sus versos altaneros, ceñidos a su cintura de andaluz errante. Al tercero, vi partir de Cádiz una comitiva de talabarteros a caballo. Y al cuarto, mi amigo cabalgaba sobre una yegua cartujana. Conmigo. El Señor de las Marismas a mi lado. Era la hora en que la lentitud cruzaba los montes que afloraban amantes de un rubor violeta...

Era el crepúsculo, desaparecía todo rastro. Vinieron a mí entonces aquellos versos árabes que un ángel me tatuó en el alma: En la mañana del juicio, cuando levante la cabeza del polvo, te buscaré para conversar contigo.

Sí, amigo mío, es aún la vida, ¿y no es un sueño?



***

(Relato de la Colección Acordes armoniosos, Fundación Mapfre Guanarteme, 2009)