Monday, March 23, 2015

TERAPIA AL STEAK TARTAR

Teresa Iturriaga Osa




 
        Cuando no le venía la inspiración, Beatriz no podía escribir y eso le ponía de tan mal humor que descargaba su agresividad preparándose un Steak Tartar. De manera que se iba directa a la carnicería y compraba el mejor solomillo. Al llegar a casa, entraba como un tifón en la cocina, se vestía de kamikaze, sacaba el cuchillo y empezaba a picar como una posesa. Cebolla, perejil y carne se sometían bajo su filo. Añadía una yema de huevo, sazonaba con pimienta y sal, un poco de aceite, un poco de mostaza et… voilà! Lo servía frío en pan tostado y se lo comía de un tirón, botada en el sofá, una película tras otra, como un plato de palomitas. Nada más y nada menos que doce kilos había engordado con aquella terapia japonesa de descargue. Ya no le ataba ni un pantalón, así que decidió ponerse en manos de un psicólogo antes de pasarse a la talla 48 y la situación se hiciera irremediable. Se había puesto como una foca.
     
       En lo personal, le confesaba al terapeuta que estaba atravesando una temporada con muchos cambios internos debido a la situación de incertidumbre laboral en la que se encontraba. Reconocía que estaba muy alterada. Esperaba que se le pasara pronto el desasosiego, tenía unas ganas terribles de hacer las maletas y salir por la puerta a ver el mundo. En fin, tenía que tomar aire y avanzar con tiento, sopesando el qué y el cómo.

       A veces, pensaba que la decisión de irse de casa tan joven, tan soñadora, a sus dieciocho años, le estaba pasando factura. Se había ido a vivir a la India guiada por los nobles ideales de la no-violencia gandhiana. Allí estuvo cinco años hasta que una crisis de fe la derrumbó y, finalmente, volvió a España para estudiar una carrera universitaria. Porque lo suyo siempre habían sido las Humanidades, Beatriz tenía facilidad para los idiomas y el teatro.

        Desde pequeña, ya en el colegio salía a la pizarra a cantar aquella canción de Georges Brassens que hablaba de un valiente caballito blanco que corría sin temor en medio de la tormenta hasta que un día lo fulminó un rayo. Era un pobre paisaje sin luz ni primavera, pero siempre estaba contento, llevando a los chavales del pueblo de aquí para allá, a través de la lluvia negra de los campos, todos detrás y él delante. Así que el animal se murió con los deberes hechos, sí, todos le recordarían como una flecha en medio de la adversidad, pero el pobrecito, nunca, nunca disfrutó del buen tiempo. Beatriz se sentía del mismo modo.

        Una vida tan llena de experiencias, objetora, luchadora, compañera y madre diez, académica brillante… Un historial que a cualquiera podría parecerle un dechado de virtudes, a ella le parecía una simpleza y se sentía como si no hubiera hecho nada real, como si todo hubiera sido un sueño a su medida. ¿Pero y la vida? ¿Acaso la había seguido? Ella se interponía y, simplemente, ordenaba: o le seguía o se plantaba. Era la hora del coraje. Y en eso estaba Beatriz, abriéndole las puertas al valor. Todos detrás y ella delante.

        Escribía poemas desde los quince años, sus interiores danzaban libres en el verso, y esa lírica que empezó decorándole la vida se había convertido en una necesidad. Todo comenzó un día de agosto, cuando alguien le envió un link de la web de la revista literaria digital labolsaolavida.com. A partir de ese momento, empezó a intercambiar poemas con internautas de todo el planeta y la bandeja de entrada de su Outlook se llenaría de mensajes con respuestas en prosa y en verso.

        Eran una maravilla y media, todos y cada uno, sin embargo, el poema más bello lo recibió el día de Todos los Santos. Fue un día de esos extraños, la noche anterior rugió un viento loco que parecía querer llevarse de cuajo las persianas. No les faltaban los motivos a los muertos para estar descontentos con los vivos. El poema hablaba de un árbol agitado por el príncipe de las lágrimas. Ni el mismo Huidobro habría sido capaz de escribir algo tan hermoso. ¿Acaso importaba que las palabras no llevaran tildes? Traspasaban las formas. Y las letras, lejos de ser simples garabatos, se alzaban en vuelo sobre el papel como aves migratorias. Beatriz se pasó la noche en vela sin poder resolver el enigma de aquellos versos. Llegó el amanecer con olor a cambios. Tras el impacto del texto en su mejilla, vibraron todas las cuerdas del tiempo, ecos de vivencias, remotas paganías de su ser. Sintió que alguien la arrastraba hacia la calle, tenía que salir de su casa, correr hacia la playa.



  

         La avenida estaba desierta. A lo lejos se veía a un transeúnte con su perro y varios indigentes dormían bajo las barcas. Acababa de pasar el camión de la limpieza y sobre la arena se dibujaban los trazos de las ruedas. Parecía una escritura jeroglífica dedicada a los dioses del cielo para darles los buenos días y agradecerles el nacimiento del Sol. Beatriz fue caminando hasta Playa Chica y allí recogió su pelo con una cinta roja que encontró en un charco. Alguna niña la habría perdido al bañarse el día anterior. Era la primera señal del príncipe de las lágrimas, así que metió sus dedos en el agua y, en sentido contrario a las agujas del reloj, empezó a recorrer el círculo. Allí sentada se quedó, reservada al ritual de las imágenes, en medio de las gentes devotas del milagro. Pasó las horas en estado de meditación. Aquella magia le prolongó la vida, una lluvia de perlas, toda la savia del roble después del primer rezo. Sería inútil explicar su advocación al terapeuta. Ante los ojos del mundo, sus oraciones no eran más que fruslerías de un nivel de madrugada sumergida en las aguas de la Virgen de los Abismos.

         Se le hizo de noche observando el horizonte, los colores del ocaso ardieron como una gran queimada y el púrpura se instaló en sus retinas para no abandonarla jamás. Volvió a su casa más serena que tras diez sesiones de cromoterapia. La cinta en el pelo seguía tan erguida como los tajinastes rojos del Teide. Su mirada era ya transparente. Aquella tarde, decidió cenar en la terraza, frente al mar. Nada de Steak Tartar. Mejor un cóctel de manga y maracuyá. Entonces, pasó volando un halcón: la segunda señal.

         Siguió su vuelo con la mirada. Pensó que el viento allá arriba sería sereno y que, desde el aire, se vería a la humanidad de otra manera, menos agitada por los caminos. ¡Oh, sí, a partir de ese instante volvería a escribir con una clara intuición y deseo! Porque aquel día Beatriz había oído muy de cerca los tambores de su guerra interior, cuyos sonidos describen las verdaderas historias. La playa la había vuelto en sí y confiaba en que la rapaz sería la mensajera del señor de los sueños, y que éste le escucharía siempre.

         Sonó el móvil, acababan de dejarle un mensaje en el buzón de voz. ¿La tercera y última señal? Quizás… Vaya usted a saber cuáles son los ingredientes de las recetas de la cocina real… Esta vez su hija le recordaba la hora de la fiesta de cumpleaños de su nieta al día siguiente. ¡Casi lo había olvidado! Además, sabía que la niña esperaba un cuento de su abuela porque para ella no había mejor regalo.

         No podía fallarle. Beatriz se soltó el pelo y acarició la cinta roja que aún olía a salitre. Después escribió un cuento que tituló: “La niña halcón”.


   Había una vez una niña que iba tarareando una canción, tontos boleros de un aire de lino perdido y, entre cestas de junco trenzado, se le llenaron los brazos de cintas y de flores, una lluvia de plumas veló su cara. Coqueta y curiosa entró en el bosque de laurisilva prohibido y se asustó mucho en medio de la oscuridad. Y he aquí que la tierna niña oyó los pasos airados del dueño de aquellos lares, y sintió el azote del olfato de sus perros reclamando la presencia del intruso. Ella se escondió tras un gran árbol, era la entrada de la gruta del silencio, entre los mimbres y los pargos de una laguna perdida. Y al mirarse en el espejo de las aguas, la niña se dio cuenta de que había perdido su forma humana y se había convertido en un halcón.
   Pasaron los días y se encontraba tan aburrida en su guarida que decidió salir a buscar amigos, alguien con quien charlar. A lo lejos vio sentado en el río a un hombre mayor corpulento, algo rudo, pero le pareció buena gente. En la sombra, un gesto pardo estaba despidiéndose a carcajadas de su cuerpo de guerrero, pero la esperanza acariciaba sus sienes, le buscaba el gris azulado de las conchas, vio unas perlas, le sonreían en el vértice del pelo. Estaba tan solo como ella. Se confió y se acercó a él, voló sin recelo, no falló en su hombro. Con el tiempo, se hicieron inseparables. Mientras se reía de sus danzas, la acarició, enmudeció con su temblor, y ella asintió con la mirada, porque era él, y ya hacía mucho tiempo, el que la había llamado en sueños por su nombre, un nombre que no conseguía recordar. Saboreó el manjar de las frutas que el claro del bosque ofrecía. Era una rara manga de azúcar, exótica y lejana entonces. La probó y comprendió el gran combate. Debía superar su altura de vuelo. Eso le dijo el príncipe de las lágrimas, príncipe pescador, príncipe de las mareas… su instructor de vuelo. Un valiente rey sin guantes que no fingía las erratas de sus dedos. Ésa fue y será siempre su grandeza.
 
   Y cuando estuvo preparada, viajó entera a las simas del señor del vértigo, rescató su guijarro blanco de entre los ladrones del abismo y acudió al alcor donde sabía que él estaba. Le dijo que el guijarro era suyo y que brillaba más que nunca. Le confesó que sin él nunca se habría atrevido a bajar. Ahora sabía que la montaña había robado su altura a la sima más cercana y ahora comprendía su añoranza y su vacío.
    Por eso, su nombre en adelante sería "Mil y una plumas de gratitud".
 
 

Relato de la colección REVUELTO DE ISLEÑAS
 
 

Friday, March 13, 2015

RELATO

 Teresa Iturriaga Osa



 
 

<<Aroma de petunias>>

        Mira. Esa mujer lleva una herida. La he visto en las estrías de su pupila azul. Una vaguada de desamor le inunda la cara, doce balandros grises surcan el gesto de una boca sin sonrisa. Amenaza con bajarle la sangre en riadas discretas, en un haz de golpes sordos, resbalando agravios por los hombros hasta hacerse un nudo en las rodillas, piernas cruzadas de espasmos sin otro suspiro que el flujo del aire marino. Ella, en un silencio apretado, respira a mi lado rozándome el aura, subida a un tacón de media altura, barre polvo, rencor y soledad, sus dedos apuntando culpables, a lo lejos recorren un nombre, lo rodean sobre un círculo de piel, ahora vacío de presencia y brisa.

        La veo, la huelo al pasar del llanto al sueño, el crujido de su alma inerte con los brazos huecos de avenidas antes enamoradas de luz. Un aroma de petunias me embriaga el mediodía, un sol aparente de dicha. Todo explota y se abre, todo concluye su viaje por la tierra en ferragosto. Sin embargo, un estío de aves migratorias cruza el cielo hacia el otoño. Lucen en su pico un pronóstico de clima suave, un vaho de lluvias.

        Y ya no veo a la mujer, pero no la olvido. Porque he visto la herida en sus ojos. Esa herida en el azul, sus estrías de verdad. La muerte y la vida sobre un banco con rachas de abandono...


Fotos/ T. Iturriaga

BREVE RESEÑA Teresa Iturriaga Osa
 
 
 

(Palma de Mallorca, España, 1961) / Reside en Gran Canaria desde 1985.
Doctora en Traducción e Interpretación por la ULPGC. Ha colaborado en proyectos de investigación europeos de la ULPGC, el CSIC y el Instituto Cervantes de Rabat y París. Es autora de entrevistas de interés etnográfico compiladas en el libro Mi playa de las Canteras. Es traductora deModou Modou, un ensayo sobre el drama de la inmigración africana, del senegalés Seydi Ababacar Mbaye. Ha publicado en las antologías Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, El ojo Narrativo, Ecos (2), El mandala de Malick, Doble o nada y Madrid en los Poetas Canarios. Ganadora del III Certamen Internacional de Poesía El verso digital, 2008 con el poemario Sobre el andén. Sus relatos se incluyen en las antologías París y Mujeres en la historia (I y II) de M.A.R. Editor. Ha publicado Juego astral, Dos segundos de compasión, Yedra en vuelo, Revuelto de isleñas, Desvelos y Gata en tránsito, editado por Alhulia y prologado por el Premio Nacional de Poesía J. M. Caballero Bonald. Recientemente, ha publicado en e-book el poemario Campos Elíseos en la editorial danesa Aurora Boreal. 

Tuesday, February 24, 2015


Baila el color


Teresa Iturriaga Osa


 
 
 

        Traduzco las sílabas del viento,
su vibración apacigua la exuberancia del agua.
Cruza el cielo un niño feliz con su hilera de juegos.


        Mira: las nubes con agujas de reloj
llevan el paso cambiado.
Dos delfines cosen espumas de faltas con virtud.


        Las olas braman albórbolas al oído...
Sal de ahí y arruga las camisas de lavar y poner.
Desgasta ojos de mujer, suela, tacón.


        Sacúdete el barniz de marea
tranquilamente desesperada
y ponle a cada calle un color.


       Es esa miel de exceso y hambre
la que alimenta el acuerdo de las vísceras,
las adereza con especias y recobra su sabor.


       Nada está decidido.
No te acostumbres a tu cima de rabia.
Baila... y el mundo cantará contigo.


Wednesday, January 14, 2015

 
LA ATALAYA EMISORA DE RADIO
 
GORLIZ 21.00-23.00 h. 14/1/2015 BILBAO
 
 
 
Magazine cultural donde tú eres el protagonista.
Literatura, música, cine, moda, noticias, debates y agenda cultural.
 
Buenas tardes a todos: hoy vuelve a emitirse LA ATALAYA después de las fiestas navideñas. Contaremos como siempre con la colaboración de Jon Casamayor y su sección de Cine al Día, donde nos dará a conocer las últimas noticias del Séptimo Arte y la Taquilla. También el escritor Jose Luis Urrutia con la sección Guiños Curiosos que tan "embelesados" tiene a nuestros oyentes -por lo que nos hacen llegar, dicho sea de paso- y música, Recomendaciones Literarias,Noticas y Agenda. Pero EL PLATO FUERTE LITERARIO de hoy son las dos entrevistas que he preparado: Estarán con nosotros las escritoras TERESA ITURRIAGA OSA y BLANCA LANGA. Ambas escritoras de relatos, poesía y activistas culturales. Nos hablarán de sus obras, de sus viajes, de sus experiencias culturales e interculturales. Dos "pesos pesados" de las letras, en Canarias y en Aragón respectivamente. Felicidades a ambas por sus obras y ¡sube a La Atalaya -tu atalaya- para otear el horizonte poético y literario que te ofrecemos hoy! Os espero. 
 
 
 
 
 
 
URIBE fm 107.8
 
 
 
 

Tuesday, January 13, 2015



ENTRE JARAS, SABINAS Y RETAMA


I

Antenas abiertas

Doce árboles crecen sin cesar en un bancal,
mi oído escucha el crujido de las yemas.
Allí el sabor de la salvia y del romero marino,
bajo el bosque elbano las jaras
tejen su seda, un crisol de perfumes,
abejas y luciérnagas
llenan las despensas de miel y luz
en su orden frenético.

El otro extiende su antena de larga frecuencia
y entran, entran los sonidos, flautas de pan,
colores de la cordillera andina.
Me lavan la cara los dioses
con agua de manantial y nieve de siglos.
Suave es el balido de las llamas del Sajama.
Allá una madre reúne a su ganado
mientras besa los tatuajes de su hijo.

Uno y otro se abren dentro
hechos de arena y corazón...
¿Ves cómo se abrazan en mi pecho?
¿Cuándo regresarán las aves del lenguaje
con noticias de feliz sobresalto?
Ya vienen lloviendo agua,
siento su palpitar acurrucado en las nubes,
pronto su espacio será día.


Un aquí y ahora se balancea sobre mí,
abre mi espalda, la sonrisa
se me escapa hacia el horizonte.
Este tintineo de pulseras tal vez llegará
hasta el lecho dónde duermen las orquídeas.
Espero y sueño. Sueño y vivo. Me basta.
Y nadie, escúchame bien,
nadie podrá robarme esa belleza.



II

Tecla a tecla


Sonaba el piano
bajo la lluvia de marzo,
un ahogo sin cesar de viento húmedo
en la cumbre canaria.

El bosque de laurisilva,
eco de hazañas,
verbo de luces.
Sus cenizas, lecho, pinocha,
ayer olor, crujido de abrazos, tul.
Dedos ciegos
me inyectaron el vino
y el inminente descanso.

No gimió la misma melodía
en mis ojos y en los tuyos...
las teclas me grabaron un limbo
con gotas de uva, cosecha del reproche.

Abeto negro me querías,
pero no me encontraste.
Corrí y corrí, huí de la espesa niebla,
esa que recorre el cuerpo
en busca de inocentes.
Jamás los ejércitos de la culpa
arrojaron un vertido
en mi corazón.

Y así te hincó la noche su diente
como hinojo solitario.
A nadie le duelen los pasos
entre la retama en flor.



III


Sabinal de arena


Sombras de arena y hojas
cubren el cuerpo del silencio.
Es recuerdo y es presencia.
Espacio.
Sube las horas un vendaval de apretado riesgo.


Tú, en disfraz de algodón púrpura,
enrocas los confines del instante...
yo, apaciguo el latido de la espalda
y recojo tu cintura
en mi abrazo de sabina.

 

Silban los vientos frente al mar,
testigo su velero estático
ancla el tiempo.
Un horizonte de grises y azules,
se reflejan mil espejos.


Sobre el banco meces la vida,
das saltos hacia delante,
te espero, duermo.
Tu mano cabal de distancia
esboza una gaviota en mi línea del porvenir.


Una bandera de sigilo te tapa, nos tapa,
nos recoge del suelo.
En ese muro de susurros...
bajo el ala de tu sombrero,
dos piedras tatúan el beso.

 

***

 

Teresa Iturriaga Osa
 
 
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Friday, January 9, 2015


NUEVA COLECCIÓN 2015 de Elen&Co.
 
 
 





Por debajo de las nubes, por encima del zarzal... 
 


¿Cuánto y cómo l@ quieres?



Díselo con los objetos que hago.



Un taller nacido de mí misma, en mi casa, en mi sitio, para ti. Aquí lo hago todo con cariño, todo diferente entre sí, como somos las personas.





"Laino guztien azpitik, sasi guztien gainetik"... zenbat eta nola maite duzu? Esan iezaiozu egiten ditudan gauza bitxiekin.


Elen&Co, nire izatetik sortutako taillerra, nire etxean, nire lekuan, zuretzat.


Maitasunez egiten ditut bertan gauza guztiak, bata bestearengandik desberdinak, pertsonak izan oi garan bezala.

 
 

 



Todos los objetos los hago en mi taller, en casa, y surgen de la idea de "hacer regalos" u objetos personalizados. Todos están hechos con madera reciclada (pales), con cariño y con ilusión, porque la persona que los reciba se llevará una sorpresa al sentirse querido por quien se lo entrega.






 
Cada objeto es una manifestación de amor.

No son perfectos, porque la verdadera belleza está en dar todo lo que somos y, en ese abrazo, se desnuda y se muestra la transparencia de la imperfección.




 
 
 
Elene Lizarralde
 
Multifacética creadora, ha recibido numerosos premios como reconocimiento a su extensa labor en el ámbito periodístico y cinematográfico. Ha sido directora, redactora, guionista y presentadora de programas de televisión en los grandes canales de difusión nacional ("Megatrix", "La merienda", "Tras, tres, tris" en A3 TV; "Terminus", "Denbora pasa", "Hitz eta pitz", "Gaur egun", "Plaza berri" en ETB, etc.)
 

 
 


Autora del blog: www.hablemosdoctor.com/


Para encargos contactar con Elene en:

 elenelizarralde@gmail.com



 



Monday, January 5, 2015


CUENTOS AFRICANOS

“Más grande que el león”


Traducción de Teresa Iturriaga Osa







 

A la liebre no le gustaba el león. Cada día, el león solía rugir mientras merodeaba por la maleza y eso asustaba a todos los animales más pequeños que él, porque tenían miedo de que el león se los fuera a comer. El león rugía incluso en los momentos en que no tenía hambre, como si dijera:

-No existe ningún animal más grande que yo. Todos los animales deberían inclinarse ante mí.

Ciertamente, no existía ningún animal más fuerte que el león, aunque puede que la excepción fuera el elefante. Pero el elefante era una criatura de carácter tímido que no molestaba a nadie y que nunca solía desplazarse por ahí echando rugidos. Además, en el caso de que fuera atacado por un león, no hay duda de que el elefante retrocedería antes que quedarse y luchar contra él.

Al final, la liebre decidió que debía hacer algo para terminar con la constante chulería del león. Pensó y pensó durante varios días hasta que le llegó una idea, justo cuando ya estaba a punto de reconocer que no había nada que hacer. En ese momento, brincó de júbilo como suelen hacerlo las liebres en las primeras horas del día y se dijo a sí misma:

-Ay, león, te vas a arrepentir de tus faroles.

Cuando el león vio que la liebre se dirigía hacia él, éste se incorporó levantándose de sus patas y soltó un rugido tremendo. La liebre sintió que la tierra temblaba bajo ella y, por unos instantes, se planteó si no sería mejor echar a correr hacia su casa. Sin embargo, la liebre fue acercándose al león mientras los rugidos seguían retumbando como truenos en sus oídos.

-¿Pero cómo te atreves a acercarte a mí de esta manera? -gritó el león al ver aproximarse a la liebre- ¿Pero es que no sabes quién soy? ¿No sabes que soy la más poderosa de las bestias?

La liebre se levantó y dirigió estas palabras al león:

-Oh, león, yo sé que eres una bestia con mucho poder y, por eso, te temen todos los animales que habitan en la maleza.

El león parecía estar encantado de escuchar aquellas palabras, así que bajó un poco la voz y le dijo:

-Bien, veo que tú al menos me muestras el respeto que me merezco; pero, dime, ¿qué te ha traído hasta aquí?

La liebre observó al león con mucho cuidado, sabiendo que sus palabras, a continuación, iban a ponerla en peligro.

-He venido a decirte... –prosiguió- que existe una criatura más grande que tú.

Al escuchar estas palabras, el león rugió de nuevo –fue el rugido más grande de todos los que había escuchado la liebre hasta ese momento. Le pareció como si el ruido le hubiera derribado al suelo, así que la liebre se encogió de miedo hasta que el león se quedó sin aliento.

-Entiéndeme... yo no he venido a insultarte –le dijo respetuosamente-, yo sólo quería que lo supieras.

El león se quedó mirando muy fijamente a aquella diminuta criatura que tenía ante él y le dijo:

-Muéstrame a ese animal. Déjame ver quién es.

La liebre respiró aliviada y le respondió:

-Puedo mostrártelo, sí, pero sólo podrás verlo en una casa.

El león, furioso, soltó un rugido amenazador:

-Pues iré a esa casa, ¡llévame allí inmediatamente!

La liebre condujo al león por un sendero hasta la casa que había preparado expresamente para él. Al llegar allí, le señaló la puerta principal por donde debía entrar, diciéndole que después vería a la criatura que era más grande que él.

El león dio un salto decidido en dirección a la casa y, entonces, la liebre lo siguió rápidamente hasta la puerta. Una vez dentro y, al ver que estaba a salvo, la liebre cerró de golpe la puerta de la entrada y se quedó esperando fuera. Al instante, resonó un puñetazo desde el interior de la casa; era el león que aporreaba la puerta al darse cuenta de que lo habían encerrado. Entonces, gritó:

-¿Dónde está esa criatura? ¡Tráemela ya de una vez!

-Tranquilo, la verás pronto. Sólo tienes que esperar –le gritó la liebre desde fuera.

El león volvió a entrar en la habitación trasera de la casa y allí se echó sobre el frío suelo de piedra. Esperó todo el día y toda la noche. A la mañana siguiente, la liebre llegó a la casa y gritó al león desde la puerta:

-¿Ya has visto a la criatura?

Desde el interior de la vivienda, le llegó el sonido del rugido del león. Éste le respondió:

-No, yo soy la única criatura de este lugar.

-Te prometo que vendrá. Tú sólo espera -dijo la liebre.

Un día más tarde, a la misma hora de la mañana, la liebre volvió a la casa y gritó de nuevo al león desde fuera:

-¿Ya ha venido?

Esta vez, el león parecía estar muy enfadado y, con un rugido, le dijo que no, que allí no había ido nadie y que le dejara salir, porque ya estaba más que harto de aquella historia. Pero la liebre no hizo ningún caso de su griterío, al contrario, aquella situación le daba risa. Y le replicó:

-Sólo tienes que esperar, tu visitante llegará a tiempo.

Pasaron unos cuantos días y la liebre no volvió a aparecer, hasta que, finalmente, regresó. Al principio, cuando la liebre llamó al león, no salió ningún sonido del interior de la casa, de manera que la liebre gritó:

-¡León! ¿Estás ahí?

Al cabo de unos minutos, la liebre percibió un sonido que provenía de la habitación del fondo de la casa. Esta vez no se trataba de un gran rugido, más bien se diría que era la voz de un pequeño roedor, un sonido similar al de los habitantes que se resguardan entre las hojas y ramitas de la maleza. Entonces, la liebre abrió la puerta con mucha precaución y entró en la vivienda.

Allí encontró al león que yacía sobre el suelo de la habitación trasera. Tenía la lengua fuera, estaba muerto de sed, y se le marcaban las costillas a ambos lados del cuerpo. Estaba tan débil a causa de los días que había pasado allí sin comer ni beber que se sentía incapaz de levantar la cabeza para mirar a la liebre. Sólo movió sus ojos cuando la liebre se le plantó delante y ésta le habló mirándole a la cara.

-Ya, ya veo que tu visitante ha venido –le dijo la liebre-, por fin ha venido esa criatura que es más grande que tú.

Los ojos del león se abrieron ligeramente.

-Dime quién es él –preguntó a la liebre con un débil hilillo de voz.

Entonces, la liebre se echó a reír y le respondió:

-Es el hambre.


[Alexander McCall Smith, “Greater Than Lion”, del libro The Girl Who Married A Lion, una recopilación de cuentos tradicionales africanos de Zimbabwe y Botswana. Canongate Books, Ltd, Edinburgh, 2004, pp. 145-149. Traducción y fotografía de Teresa Iturriaga Osa]